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Isaiah Berlin, filósofo británico: “La libertad para los lobos a menudo ha significado la muerte para las ovejas”

Este pensador, que trabajó como diplomático durante la Segunda Guerra Mundial, advirtió de que una libertad sin límites puede terminar imponiéndose sobre los más vulnerables

Isaiah Berlin, filósofo británico. (Grosby Group)
Isaiah Berlin, filósofo británico. (Grosby Group)
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Es una de las figuras intelectuales más influyentes del siglo XX y, sin embargo, muchos no lo conocen. Isaiah Berlin nació en Riga (ciudad por aquel entonces perteneciente al Imperio ruso) en 1909, pero tras la Revolución Rusa se trasladó a Reino Unido con sus padres. Sería allí donde, tras una brillante trayectoria académica en la Universidad de Oxford, serviría como diplomático del Reino Unido tanto en Washington como en Moscú durante la Segunda Guerra Mundial, una vivencia que fortaleció su aguda comprensión de las realidades geopolíticas y de los peligros inherentes al autoritarismo.

El pensamiento de Berlin se articuló en torno al liberalismo político y a una lúcida defensa del pluralismo de valores. De hecho, una de sus mayores aportaciones a la filosofía es la diferencia entre la libertad negativa y la libertad positiva. La primera se refiere al ámbito en el que un individuo puede actuar sin la interferencia o coacción de otros, mientras que la segunda es la capacidad autónoma del individuo para ser su propio dueño y realizar sus aspiraciones.

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Es con este marco que llegamos a una de sus frases más famosas: “La libertad para los lobos a menudo ha significado la muerte para las ovejas”. Con este aforismo, el pensador ilustró la necesidad crítica de establecer límites a las libertades individuales dentro de cualquier comunidad. Si la libertad negativa se concibe de forma absoluta e irrestricta, aquellos sectores más poderosos terminarán ejerciendo su dominio desmedido a expensas del bienestar y la propia supervivencia de los más vulnerables.

'Sobre la libertad', de Isaiah Berlin.
'Sobre la libertad', de Isaiah Berlin. (Alianza Editorial)

La importancia de llamar a las cosas por su nombre

Para Isaiah Berlin, ningún derecho ni valor político puede ejercerse de manera ilimitada sin generar costes para otros valores igualmente deseables. El filósofo recalcaba así que la moderación y el compromiso recíproco son imperativos para preservar el tejido social; de lo contrario, la desregulación absoluta deriva inevitablemente en la tiranía del más fuerte. “No podemos ser absolutamente libres y debemos ceder algo de nuestra libertad para preservar el resto de ella”.

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La defensa del equilibrio institucional no convertía a Berlin en un partidario de la coacción estatal desmedida. Al contrario, era alguien que advertía con insistencia sobre los riesgos de los dogmatismos totalitarios que pretenden imponer utopías uniformes a la sociedad. Con todo, también tenía claro que “la libertad es la libertad, no la igualdad, la justicia, la cultura, la felicidad humana o una conciencia tranquila”.

Esta perspectiva ética exige a las sociedades democráticas aceptar la complejidad y el conflicto inherentes a la condición humana. La frase hace referencia al siglo XX, pero sigue igual de vigente a día de hoy: las soluciones utópicas simplistas que prometen una armonía perfecta proliferan, aunque resulten inútiles a largo plazo. “Estamos condenados a elegir, y cada elección puede entrañar una pérdida irreparable”, escribía Berlin, advirtiendo sobre las tensiones ineludibles que debemos aceptar cuanto antes para tomar las mejores decisiones posibles.

El filósofo y ensayista alemán de origen surcoreano Byung-Chul Han, galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025. (Fundación Princesa de Asturias/UIMP/MOME)

La libertad no es la ausencia de límites

La idea de los peligros de la libertad ha sido un asunto ampliamente tratado a lo largo de la historia de la filosofía política. En el siglo XVII, Thomas Hobbes ya señalaba que, en un estado de naturaleza carente de leyes y de autoridad central, el ser humano se encuentra en una situación de constante conflicto y vulnerabilidad. La frase que más recordamos de esa postura es la de que “el hombre es un lobo para el hombre”, pero la idea importante es que, si quieren convivir en paz, los individuos deben ceder parte de su libertad natural a un poder soberano.

Incluso uno de los padres del liberalismo clásico, John Locke, hablaría sobre la necesidad de un marco en el que situar la verdadera libertad política. Este filósofo desestimó la idea de que la libertad fuera la ausencia total de restricciones, señalando que, de hecho, “donde no hay ley, no hay libertad”. Para Locke, el propósito de la ley no es abolir o restringir la libertad de los ciudadanos, sino preservarla y ampliarla frente a la arbitrariedad de terceros, anticipando en cierto sentido la lógica que siglos más tarde desarrollaría Isaiah Berlin.

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