
La forma de descansar en la actualidad es muy diferente a cómo lo hacían nuestros antepasados. La clave no se encuentra en el número de horas que se duerme, sino en el momento en que se hace y en la regularidad con la que se repite este patrón. La debilitación del ajuste a la luz natural se debe a la industrialización, que retrasó el sueño y lo desreguló.
Según estudios antropológicos, históricos y genómicos de la revista Brain Medicine, concluyen que las personas que no tenían luz eléctrica en tres sociedades cazadoras-recolectoras de distintos continentes dormían entre 6,4 y 7,1 horas por la noche, una cifra por debajo o en línea con la media de los países industrializados.
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Tal y como explica el investigador Pandi Perumal, la pregunta sobre si hoy se duerme menos que antes está mal planteada porque al comparar trabajo de campo, archivos históricos y datos genómicos el rasgo que realmente separa ambos mundos es la fiabilidad del horario de sueño y no su duración.
Qué cambió en el sueño antes y después de la industrialización
El sueño segmentado es uno de los debates que se plantean dentro de este tipo de estudios, ya que, durante años, se extendió la idea de que en la Europa preindustrial era habitual dormir en dos bloques separados por una o dos horas de vigilia dedicadas a la oración, la contemplación, las relaciones y las tareas domésticas.
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Los autores sostienen que esa fórmula podía aludir al primer periodo ininterrumpido de la noche, al tramo más profundo del sueño o al descanso correspondiente a la primera mitad de un turno nocturno. La conclusión es que el sueño preindustrial no estaba segmentado de manera uniforme y que sus patrones dependían de la ecología local.
La genética también juega un papel fundamental en este asunto. Uno de los estudios incluidos identificó el gen DEC2 en una familia que dormía unas seis horas cada noche sin síntomas de privación de sueño. Al trasladar esta observación a los ratones, los investigadores comprobaron que los animales dormían menos sin mostrar deterioro conductual, motor ni cognitivo.
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La conclusión de este trabajo fue que el sueño corto causado por una variante genómica validada debe considerarse un fenotipo no patológico, para evitar pruebas médicas innecesarias o correcciones conductuales en personas sanas.
La genética y el entorno social explican por qué no todo el mundo duermen igual
La pieza fisiológica que destaca la investigación es la hipocretina, o también llamada orexina. Las neuronas que la producen en el hipotálamo lateral se proyectan hacia núcleos monoaminérgicos y colinérgicos que mantienen el estado de vigilia.
La variante DEC2 eleva la expresión de orexina en ratones transgénicos. Algunas poblaciones del pez Astylanax mexicanus han perdido la capacidad de dormir en cuevas de forma independiente y presentan una señalización de hipocretina reforzada frente a sus parientes de la superficie. Este conocimiento tiene una aplicación clínica y hoy en día se emplea en forma de antagonistas duales de los receptores de orexina prescritos para tratar el insomnio.
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Esta investigación conecta la calidad del sueño con las desigualdades materiales. Las desventajas socioeconómicas de los barrios predicen una menor eficiencia del sueño y más vigilia nocturna incluso después de controlar los factores individuales.
Finalmente, el efecto del cambio climático también tiene que ver con la diferencia entre generaciones en el desarrollo del sueño. El calor podría provocar entre 6 y 14 noches de sueño insuficiente por cada cien personas al año entre 2050 y 2099, con un impacto mayor en las personas de ingresos más bajo y regiones más cálidas.
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