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La pareja de trabajadores sexuales que cuenta su vida sin filtro: sexo sin besos, regalos millonarios y cuánto ganan por hora

Francis y Mile tienen una cuenta de Instagram en la que se graban con anteojos inteligentes la llegada y la salida de sus encuentros con clientes. Sus planes para el futuro y la relación con sus familias

Francis y Mile trabajadores sexuales pareja
Francis y Mile se conocieron hace 4 años y nunca más se separaron
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Mile llegó a la despedida de soltero en Pilar sin haber publicado todavía una sola foto. Era su primera noche. “Ese día cobré lo que yo cobraba en un mes en la heladería”, dice en diálogo con Infobae.

Mile tenía trabajo en una heladería cuando la echaron. Una amiga ya estaba en el rubro y le dijo que había departamento, fotógrafa y página lista. El nombre de esa plataforma era Platinum. Antes de que subieran siquiera sus fotos, la misma amiga la llevó a hacer “los primeros manguitos” a una despedida de soltero en Pilar. Esa noche podían pasar varios clientes. Dependía de los que estuvieran y de los que quisieran pagar.

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Al salir de su primer encuentro como trabajadora sexual, Mile dice que sintio “paz mental. La certeza de que iba a poder progresar. Que no todo estaba perdido.”

Hace cuatro años de eso. Hoy Mile vive en un departamento con Francis y el hijo de ella, un adolescente de 17 años. Los fines de semana llegan los dos hijos de él, de dos exparejas distintas.

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Se trata de una familia ensamblada de dos trabajadores sexuales que se conocieron cuando él fue a sacarle fotos. Mile y Francis recibieron a Infobae en un departamento alquilado en una aplicación. El objetivo de esa noche era filmar contenido de stream con una amiga bailarina. En el pequeño espacio había un par de sillones, una cama, luces y el trípode para el celular que servía de cámara de transmisión.

Francis y Mile trabajadores sexuales pareja
Mile y Francis recibieron a Infobae en un departamento alquilado en una aplicación

Francis tiene ojos claros y gran parte del cuerpo tatuado. Le gusta correr, pero no tiene los músculos marcados. “Yo me vendo por mi cara”, afirma seguro. Mile es morocha y siempre parece a punto de reírse de algo. Cuenta su historia casi sin dejarse interrumpir. Y tiene mucho para contar.

Cómo se conocieron

Francis era fotógrafo. Tomaba imágenes de comida, de negocios, de lo que surgiera. Cuando se separó de su mujer, decidió que quería fotografiar mujeres. Su ex le dijo que no contara con ella. Él buscó en Google cómo hacerlo y encontró que había fotógrafos especializados en retratos para páginas de escort. Empezó a mandar mensajes, chica por chica. Uno de esos mensajes llegó a Mile. Ella lo contrató. “Ese mismo día me dijo: ‘Quiero tomar un café con vos’ - cuenta Mile-. Yo dije: ‘Me quiere coger’. Pero bueno, acepté.”

A los dos días se sentaron a tomar un café de verdad. Francis le dijo todo lo que quería desde el primer momento. Una relación abierta, trabajar de taxiboy y experimentar. Mile lo escuchó y aceptó. Desde ese día empezaron a salir.

Cuatro años después, Francis sigue diciendo que no la cambiaría por nada. “El amor de mi vida”, dice Mile.

El primer mes de Francis: mensajes de hombres y una decisión

Francis publicó primero en una página de escorts. Su lógica era que publicando como escort iba a atraer mujeres. No funcionó así.

El primer mes recibió mensajes de hombres todos los días. Los rechazó. Decía que que quería mujeres, que prefería esperar. Llegó al final del mes sin un solo cliente y decidió probar una vez, solo para ver. El cliente era un chico de su edad. Solo pedía darle sexo oral a Francis. La plata cerraba, la persona le generó confianza. “Fue una buena experiencia”, dice Francis.

Estuvo dos o tres meses sin publicar. Cuando Mile le sugirió que publicaran juntos, aceptó. Desde ese día no pararon.

Francis y Mile trabajadores sexuales pareja
Hay clientes que los contratan para charlar, no para tener sexo

Hoy la gran mayoría de los clientes de Francis son gays o héteros curiosos. Cobra $180.000 pesos la hora más $20.000 pesos de seña para asegurarse de que el cliente no falle. Para las noches largas con matrimonios que consumen cocaína, que invitan a la pareja a quedarse hasta el amanecer, el precio sube a entre dos millones y medio y tres millones de pesos.

Por qué los gays contratan escorts

En el mundo gay, la seducción es rápida. Las aplicaciones y los espacios de encuentro funcionan con una lógica de acceso casi inmediato. ¿Por qué, entonces, pagar? “Porque puede elegir - dice Francis-. Son más sexuales y están mucho tiempo en los sitios de escort masculino.”

El cliente gay que contrata a Francis no está buscando lo que no puede conseguir gratis. Está eligiendo exactamente lo que quiere, a la hora que quiere, sin negociar. “Es como capaz verme a mí es como ver a su profesor de gimnasia o un chico que no le da bola”, explica.

Francis no se define como bisexual. Se considera activo. Con los clientes hombres rara vez hay besos, no porque haya una regla explícita sino porque no le nace. Con Mile, todo lo contrario.

Lo que cambió su manera de ver el sexo no fue el trabajo con mujeres sino el contacto con clientes hombres. “Pensé que el sexo solamente era con mujeres y lo disfrutaba así. Con el hombre me pasa distinto. El hombre es más sexual por naturaleza, entonces le sale natural. A la mujer, si no está queriendo, cuesta más.”

Francis y Mile trabajadores sexuales pareja
Además del Instagram con las gafas, Mile y Francis venden contenido de forma directa

Lo que muestran las gafas inteligentes

El Instagram de Mile y Francis tiene una lógica específica. Él se compró unas gafas inteligentes y filmó, sin que el cliente lo viera, la entrada al edificio, el ascensor, la charla previa. El inicio y el final de cada trabajo. Lo que ganan en cada salida.

La primera vez que le mostró el material a Mile, ella dudó. “Está buena la idea, pero no sé si me animo a subirlo, porque es un montón”, le dijo. Él propuso tapar las caras de los clientes. Ella aceptó.

Lo que muestran esos videos no es lo que la gente espera ver. Es una charla en un ascensor. Un saludo en la puerta de un hotel. La despedida. El monto que figura en pantalla al final.

“La gente piensa que es todo turbio, que es todo malo - dice Mile -. Nosotros queremos mostrar que no.”

En uno de esos videos aparece el Hotel Faena. Un hombre los llamó, dijo que su mujer estaba en el cuarto y que no quería hacer nada. Se quedaron seis horas en el bar de la habitación escuchando su vida. El hombre les mostró quién era, qué tenía y cuánto valía. La mujer estaba del otro lado de la puerta. No pasó nada más esa noche.

Francis y Mile trabajadores sexuales pareja
Hay clientes que los contratan para charlar, no para tener sexo

Los videos efímeros y la videollamada de cinco minutos

Además del Instagram con las gafas, Mile y Francis venden contenido de forma directa. Son videos de ellos dos, de él con clientes hombres, de ella en sesiones de dominación. No lo suben a ninguna plataforma pública. Se lo mandan a quien lo compra y ese comprador puede verlo una sola vez. “Los vendemos efímeros”, explica Francis.

El precio varía. Un video puede costar desde $80.000 hasta $200.000 pesos, dependiendo de la persona y del contenido. Intentaron con OnlyFans pero no funcionó. “En Only tenés que venderlo a veinte dólares, treinta dólares”, dice Mile. Vendiendo directo, el precio lo ponen ellos.

El episodio más extraño en ese rubro fue una videollamada. Un hombre los contactó, les pagó $200.000 pesos y abrió la llamada mientras estaba teniendo sexo con su mujer. Los vio unos minutos. Cuando Mile y Francis miraron la pantalla, él ya había colgado. “Doscientos mil por cinco minutos - cuenta Mile con una sonrisa-. Y no vio nada.”

Hay clientes que los contratan para charlar, no para tener sexo. Sobre todo los que consumen cocaína. No pueden sostener la erección pero sí pueden hablar durante horas. Les cuentan cosas, les preguntan cosas, les piden que les digan algo para excitarse. Francis los escucha sin consumir nada, sobrio en medio de una noche que para el cliente no tiene fin.

Francis y Mile trabajadores sexuales pareja
“Una vez que cobrás, el gusto se pierde. A menos que te enamores”, sostiene Mile

La separación entre trabajo y placer

Al principio, la pareja abierta funcionaba sin fricciones. Él sabía desde el día de las fotos que Mile atendía hombres. Ella sabía que él quería experimentar con mujeres fuera del trabajo. Los primeros dos años no hubo celos por el trabajo.

Los celos llegaron por otro lado. “Era algo fuera del trabajo y ahí te vienen los miedos - explica Mile-. La inseguridad de que te van a dejar, te van a cambiar por otro mejor. Todo cosa de mina, que también le puede pasar al hombre.”

Él quería estar libremente con mujeres fuera del trabajo. Ella lo había aceptado desde el principio, pero después de dos años ya no aguantó más. Le dijo que o encontraban otra forma o ella también tendría que empezar a ver a otras personas fuera del trabajo, algo para lo que ya no tenía energía.

“Una vez que cobrás, el gusto se pierde. A menos que te enamores”, sostiene la joven.

Cerraron la parte abierta de la relación. Hoy conviven. Él la lleva a los trabajos, la espera, la trae de vuelta.

El punto de quiebre: llorar en silencio después del trabajo

Hace apenas tres o cuatro meses, Mile tomó una decisión que venía arrastrando desde mucho antes. Dejó de recibir sexo en sus encuentros.

Trabajaba sola, trabajaba con Francis, después hacían tríos. Cuando quería estar con su pareja, llegaba sin energía. Empezó a temer que un día no quisiera tener sexo con Francis, no porque él no le gustara, sino porque algo en ella se estaba apagando.

“Llegué al punto de decirme a mí misma: ‘No podés ser prostituta si no vas a hacer lo que tenés que hacer. Si no, andate, dedicate a otra cosa. Pero si querés serlo, ponele bien, ponele onda, porque la persona te está pagando lo que vos le pedís’”, sostiene sin pudor Mile.

Hoy trabaja en BDSM. Dominación, cambio de roles y penetración con objetos. Ella no recibe sexo, no da besos, no hace sexo oral. Va vestida. A veces graba videos personalizados donde tiene que sostener un personaje frente a la cámara. “Me miro al espejo y me río de lo que estoy haciendo. Porque mi mentalidad es otra.”

El sugar de 60 años, un año de visitas semanales y el viaje a Río que nadie esperaba

Antes del BDSM, cuando Mile todavía atendía de forma convencional, tuvo un cliente que duró más que todos los demás.

Un hombre de 60 años que empezó a verla una vez por semana. Siempre una hora. Le mandaba regalos entre visita y visita. Recibió perfumes, ropa y gift cards. Sabía que ella tenía pareja, sabía que Francis existía, sabía todo. Aun así, con el tiempo, se enamoró.

El mejor regalo llegó cuando Mile le contó que iban a ir a Brasil los cinco en un Peugeot 207. El hombre escuchó, pidió un rato para pensar y a los días le pidió los documentos de todos. Compró los pasajes. Alquiló un lugar en Río durante una semana para los cinco. “¿Cómo se van a ir a Río en el auto los cinco?”, le dijo.

La relación duró un año y pico. Terminó porque Mile no le daba besos. Él se lo dijo: “Te quiero mucho, chiquita”, pero no alcanzaba. Hablaba de ella en terapia. Le pidió besos en cada visita durante meses. “Me dejó por eso”, dice Mile sin dramatismo.

Lo que el trabajo le hizo al cuerpo de Francis

Francis no usa viagra ni cocaína. Durante casi diez años fumó marihuana. La usaba para relajarse antes de entrar al trabajo, una o dos pitadas antes de cada encuentro, y eso le alcanzaba.

Hubo épocas en que trabajaba tres veces en un día. Al día siguiente tenía sexo con Mile. Corría diez kilómetros. Intentaba rendir en todos los frentes al mismo tiempo.

El cuerpo cobró la deuda de otra manera. Le salió un forúnculo en el perineo. Lo reventó solo. El pus migró a la bolsa escrotal. Los testículos se inflamaron. Terminó internado.

“Me vi ahí en el hospital y dije: si no me relajo, no voy a poder seguir”, cuenta. En ese momento pensó también que quizás era adicto al sexo. Fue a terapia para averiguarlo. Con el tiempo concluyó que no era adicción sino una etapa que tenía que atravesar.

A los 21 años perdió la virginidad. Todo lo que no vivió en la adolescencia lo fue acumulando. Cuando conoció a Mile y empezaron a trabajar juntos, el sexo dejó de ser algo convencional y empezó a ser, también, un trabajo con reglas propias.

Los clientes de Mile y Francis

La gran mayoría de los clientes héteros de Francis son casados o tienen pareja. Los de Mile también. Los encuentros duran una hora. Si el cliente quiere más y paga, se quedan. Si no paga, no.

“Hay veces que dicen: ‘Conozco otra chica que se queda más tiempo’”, cuenta Mile. “Bueno, llamá a la otra chica.”

Tienen entre diez y quince clientes por mes cada uno, entre fijos y nuevos. Enero es el mes muerto, como en casi todos los rubros. Diciembre y abril son los picos. Anotan fechas y montos, no nombres.

Hay un cliente en Chascomús que los llama una vez por mes. Desde San Fernando son casi dos horas de viaje. Cada vez que los llama arma en su cabeza un plan enorme. Les pide que se queden hasta las diez de la noche, que venga otra chica, que sigan hasta la mañana. Cada vez que llegan, el cliente está solo, hacen lo que se puede hacer y en menos de una hora se duerme o le baja el efecto de lo que consumió. Los echa. Les paga un millón de pesos a cada uno por el viaje.

La noche en el Faena, la pareja que peleó y el cliente que se fue sin pagar

Una vez los llamó una pareja a las ocho de la mañana un domingo. Subieron tres pisos. La mujer estaba muy suelta, el marido muy quieto. En un momento Mile le acomodó el brazo al hombre para que se relajara. La mujer los vio, agarró sus cosas y se encerró en otra habitación. Se escuchaban golpes.

Mile subió a buscarlos. Abrió la puerta. La mujer le estaba pegando al marido. Nunca más los llamaron.

Otra vez, un marido contrató a Francis para que fuera a un boliche y sedujera a su mujer, con el plan de terminar los tres juntos. La mujer no sabía que Francis era parte del plan. La mujer terminó mirando a otro chico del boliche. “Era el gusto del marido, no el de ella”, dice Francis, entre sonrisas.

El episodio que más le dolió a Mile fue uno sin violencia ni drama visible. Un cliente que la trató bien durante toda la hora, que al final dijo que había dejado la billetera en el auto, que bajó a buscarla y no volvió. Le había dejado una mochila como garantía. Adentro había un cargador que no le iba a ningún enchufe, una manzana y una toalla. “Bajé llorando”, dice.

Lo que viene: un gimnasio, una cámara y seguir

Mile es personal trainer. Da clases funcional y de musculación en su casa, con su propio equipo. Tiene pocos alumnos por ahora, pero quiere vivir de eso algún día. Poner un gimnasio. Retirarse del trabajo sexual antes de los cincuenta.

Francis quiere seguir. Dice que mientras le funcione el cuerpo, sigue. También quiere crecer en fotografía y en streaming, aunque todavía no tiene claro si ligado al sexo o a otra cosa.

Los dos entienden que el gancho que los trajo seguidores fue mostrar este trabajo sin ocultarlo. La charla en el ascensor filmada con las gafas. los billetes al final del video. La normalidad de dos personas que se despiden de un cliente y vuelven a casa.

Ninguno de los dos fue juzgado por sus familias. Sus exparejas tampoco los juzgaron. Se muestran como familia, como padres, y eso, dicen, es lo que la gente ve.

Mile tenía 13 años cuando tuvo su primera experiencia sexual. A los 16 tuvo a su hijo. Vivió con su madre hasta los 29, pensando todos los días cómo salir si un alquiler costaba lo mismo que su sueldo mensual.

Francis fue fotógrafo de comida, se separó, buscó en Google cómo sacarle fotos a mujeres y terminó sentado frente a Mile en un café, diciéndole todo lo que quería desde el primer día. Ella lo aceptó. Y desde hace cuatro años son una pareja de trabajadores sexuales.

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