Isaiah Berlin
Isaiah Berlin

Isaiah Berlin, nacido en Letonia el 6 de junio 1909, nacionalizado en la década del 20 como ciudadano británico y graduado en la Universidad de Oxford, fue junto al austríaco Karl Popper el intelectual que con mayor fundamento y vehemencia defendió la importancia del pluralismo y la libertad como valores imprescindibles del sistema de gobierno democrático durante el siglo pasado.

Su abanico de intereses intelectuales oscilaba entre el pensamiento ruso del siglo XIX (a los 30 años publicó un ensayo clásico sobre Karl Marx), el nacionalismo, el sionismo y los orígenes y el desarrollo del movimiento romántico. Sobre el autor de El Capital opinaba que en su importante obra no había generado ideas propias, pero le reconoció ser poseedor de una gran capacidad de síntesis de ideas ya existentes.

Berlin forjó estrechas amistades literarias en Oxford, destacándose la que mantuvo durante décadas con los poetas Stephen Spender y W. H. Auden, y posteriormente con Virginia Wolf, autores que contribuyeron a pulir su escritura, volcada en decenas de ensayos y papers académicos, compilados hasta hoy por su gran discípulo y editor, Henry Hardy.

El sociólogo británico (nacido en Alemania) Ralf Dahrendorf, ex rector de la London School of Economics, afirmó que Isaiah Berlin, Karl Popper y el francés Raymond Aron fueron tres de los principales teóricos sociales del siglo XX que jamás cayeron en lo que otro notable pensador como Jean-François Revel tipificó como "la tentación totalitaria".

A pesar de ser descendiente de una tradicional familia de judíos jasídicos (movimiento ortodoxo fundado en el siglo XVIII por el rabino Israel ben Eliezer en Europa oriental), Berlin asistió el colegio cristiano Saint-Paul de Londres y llegó a dominar a la perfección los idiomas ruso, alemán, francés, italiano, hebreo y latín antiguo.

Compañero y estrecho amigo en Oxford del filósofo Alfred Jules Ayer, quien popularizó las tesis del positivismo lógico de la Escuela de Viena en Inglaterra a mediados de la década del 30, Berlin era un gran apasionado de los debates académicos que hicieron eclosión en los ambientes culturales ingleses posteriores a la Primera Guerra Mundial.

A lo largo de su extensa carrera académica Berlin no abandonó el estudio de la filosofía, sino que incorporó el análisis de historia a la tradición analítica de la filosofía, corriente que estaba en pleno auge en las universidades inglesas durante la primera mitad del siglo pasado. Sentenciaba sin titubear que los intelectuales y académicos deben: "Estudiar las ideas a través de la historia y no la historia a través de las ideas".

Su pensamiento central derivó hacia una simbiosis entre la filosofía con la historia, pero siempre a partir de una esencia plural y liberal, anclada a kilómetros de distancia del determinismo marxista. "Si la humanidad marchara en línea recta hacia un resultado, no habría historia, tan solo lógica. La historia es toda improvisación, toda voluntad", expresó en una de las centenares cartas que intercambió con colegas académicos y dirigentes políticos a lo largo de toda su vida.

"Lo interesante es leer al enemigo, porque este atraviesa las defensas, encuentra los puntos débiles. Me interesa saber qué es lo que falla en las ideas en las que creo, saber por qué estaría bien modificarlas o incluso abandonarlas", sostenía Berlin, fundador en 1967 del prestigioso e influyente Wolfson College de Oxford y director de la Academia Británica entre los años 1974 y 1978.

Destinado por el Foreign Office como diplomático a Washington a partir de 1942, el intelectual oxoniense desarrolló actividades de inteligencia sobre el establishment político y cultural norteamericano, volcando sus apreciaciones en agudos y muy valorados informes dirigidos a la cúpula del gobierno británico liderado por Winston Churchill, a quien llegó a conocer personalmente, tal como lo hiciera con la ex premier Margaret Thatcher.

Su vasta red de amistades, muchas de ellas acercadas por el entonces embajador británico ante la Casa Blanca Lord Halifax, incluía a los principales columnistas de la prensa como Walter Lippmann, Joseph Alsop y Arthur Crock. También intimó con George Kennan y Chip Bohlen, dos de los más importantes y analistas internacionales de esos días, y posteriores teóricos y doctrinarios anticomunistas durante los inicios de la Guerra Fría.

A poco de finalizar la Segunda Guerra Mundial, Berlin describió con precisión y objetividad a Franklin Roosevelt y a Winston Churchill. En un excelente ensayo titulado Impresiones personales, señala: "Las declaraciones públicas de Roosevelt difieren enormemente de las dramáticas obras maestras de Churchill, pero no son incompatibles con su espíritu ni con su esencia. Ambos tenían plena conciencia de su posición predominante en la historia del mundo moderno".

Durante la convulsionada década del 60 Berlin apoyó la política del mandatario Lyndon Johnson en relación con la guerra de Vietnam, y además fue muy crítico del régimen socialista cubano liderado por Fidel Castro, a quien acusaba de "importarle muy poco las libertades civiles tanto como a Lenin y Trotsky".

Gran admirador del programa económico y social implementado por Roosevelt a través del New Deal, Berlin sostuvo sin fisuras su liberalismo político a lo largo de toda su vida, pero enfatizaba en la necesidad de forjar "una combinación del capitalismo con una fuerte política social de parte del Estado, quien tiene una obligación de cuidar a los desnudos y los hambrientos, ya que el mercado no se ocupa de ellos".

Durante su infancia Berlin había sido testigo directo de las injusticias del régimen ruso, tanto en Riga, su ciudad natal, como en San Petersburgo, adonde se trasladara con su familia durante la revolución bolchevique. Consideraba: "La revolución soviética triunfó, fundamentalmente, debido al genio de Lenin como hombre de acción. Si Lenin hubiese perdido aquel célebre tren y no se hubiera hallado allí en 1917, dudo que Trotsky, Stalin, Kámenev o Zinoviev hubieran logrado la victoria".

El zorro y el erizo

En el año 1953, en pleno auge de la Guerra Fría, Berlin publica un breve ensayo titulado El zorro y el erizo. Tolstoi y su visión de la historia. El texto, que cuenta con un excelente prólogo de Mario Vargas Llosa para su versión en español, se convirtió al poco tiempo en una lectura obligada para el análisis de la teoría política.

El Premio Nobel peruano sostiene: "Entre los fragmentos conservados del griego Arquíloco, uno dice: 'Muchas cosas sabe la zorra, pero el erizo sabe una sola y grande'. La fórmula, según Isaiah Berlin, puede servir para diferenciar a dos clases de pensadores, de artistas, de seres humanos en general: aquellos que poseen una visión central, sistematizada, de la vida, un principio ordenador en función del cual tienen sentido y se ensamblan los acontecimientos históricos y los menudos sucesos individuales, la persona y la sociedad, y aquellos que tienen una visión dispersa y múltiple de la realidad y de los hombres, que no integran lo que existe en una explicación u orden coherente pues perciben el mundo como una compleja diversidad en la que, aunque los hechos o fenómenos particulares gocen de sentido y coherencia, el todo es tumultuoso, contradictorio, inapresable".

A principios de la década del 90, en pleno auge del Consenso de Washington y el desarrollo de la globalización, Berlin afirmó: "El principal peligro hoy en día es el nacionalismo, el racismo. Nadie en el siglo XIX llegó a pronosticar esto. Si consideráramos a los grandes profetas del siglo pasado, resulta que de lo que dijeron gran parte se ha hecho realidad".

Su opinión sobre la situación política del Viejo Continente, sostenida pocos días después de la firma del Tratado de Maastricht que diera nacimiento a la Unión Europea en 1992, demuestra la agudeza de su análisis teniendo en cuenta el crecimiento y la radicalización de los sectores populistas que lograron millones de votos en las recientes elecciones para el Parlamento Europeo.

Así lo expresó el filósofo oxoniense con profética claridad: "La idea de una Europa unida es una idea muy valiosa. La unión me parece un concepto positivo, pero creo que los Estados nacionales seguirán desempeñando un papel muy importante. Me parece bien la tendencia hacia la colaboración, y la consulta, cada vez más estrecha. Pero no creo que las fronteras vayan a desaparecer. Los franceses seguirán siendo galos, y los alemanes, germánicos. Siempre que permanezca la lengua, siempre que permanezca la memoria y la experiencia colectiva que constituyen la identidad nacional, la humanidad seguirá estando dividida en comunidades separadas".

Quienes compartieron sus días en la ciudad de Washington relatan que uno de los momentos de mayor felicidad de Berlin ocurrió durante la celebración de su cumpleaños número 35 en la capital norteamericana. No era para menos. A lo largo de esas interminables horas de 1944 el ejército aliado desembarcaba en las costas de Normandía sellando el principio del fin del nazismo.