
Entre la maleza y los escombros, Ana vio la oportunidad de renacer. Con la llegada de Máximo, esa visión se convirtió en la fuerza para reconstruir un pueblo desde cero. A 400 metros sobre el nivel del mar, en la braña de Teixidiello (Cudillero) y con vistas privilegiadas que alcanzan hasta la Concha de Artedo y el faro Vidio, el tiempo parecía haberse detenido tras el éxodo de sus antiguos habitantes. “Vine enamorada de este lugar y a echar aquí los restos de mi vida”, confiesa Ana al recordar el flechazo al llegar por primera vez a esta montaña.
El origen de esta aventura se remonta a cuando Ana, tras cerrar su etapa en la minería asturiana, decidió invertir la indemnización en el entorno rural. Una amiga le avisó de que vendían las ruinas del pueblo y, aunque Ana reconoce que por aquel entonces ni siquiera sabía lo que era una braña, la curiosidad pudo más. Al llegar al lugar en un coche que sufría por la pendiente, vio la luz: “Vi un trocito de mar y dije yo: ‘Uy, esto tengo que cogerlo’”, tal como recoge el creador de contenido Álvaro en su canal hilux_aventura.
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El asentamiento, con vestigios que se remontan al siglo XIV y edificaciones históricas como “La Bouza”, fechada en 1807, pertenecía a una única heredera cuyo padre había ido comprando las propiedades a los vecinos a medida que estos emigraban a las industrias de Avilés o Gijón. Poco después de adquirir las ruinas, un cruce de casualidades tras un accidente de tráfico unió a Ana con Máximo, quien se sumó de inmediato al proyecto aportando oficio y mano de obra. “Vine con ella, el sitio me enamoró —aparte de ella— y decidimos emprender una vida nueva”, explica Max.

Fue así como, entre piedras vencidas y muros caídos, vieron algo que nadie más veía: la oportunidad de devolverle la vida a una histórica braña vaqueira. Este asentamiento de alta montaña, levantado siglos atrás por los vaqueiros de alzada —un colectivo de pastores marginado y discriminado durante generaciones—, guardaba una singularidad especial. A diferencia de otros poblados estacionales, en Teixidiello sus habitantes echaron raíces todo el año, viviendo de forma libre y autosuficiente gracias al ganado, la tierra y el carbón vegetal.
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Un refugio autosuficiente amenazado por la eólica
Tras años desbrozando matorrales y vaciando establos, la pareja resucitó el pueblo casa a casa. Hoy disponen de agua de manantial, energía solar, internet y un microclima donde en verano refresca y en invierno no hiela por la inversión térmica. “Si abajo hay veinticinco grados, aquí tenemos veintidós, y en invierno es más caliente porque no hiela”, detalla Max sobre la privilegiada ubicación elegida por los antiguos pobladores.
Sin embargo, la tranquilidad de este entorno se ve seriamente amenazada por la proyección de un parque eólico con aerogeneradores de 224 metros de altura en la Sierra del Pomar. “Quieren colocar ahí unos monstruos tres veces aquellos”, advierte Ana. Max, volcado en la protesta social, añade: “Van a desarmarlo todo. Pretenden cambiar esto a polígono industrial, lo cual me parece una aberración. La gente de abajo no se da cuenta de que el agua viene de la montaña, y como tengan que hacer esas zapatas a quinientos metros de las casas, olvídate”.
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A pesar de las dificultades acumuladas con los años y de la urgente necesidad de que las instituciones hormigonen el tramo final del camino de acceso para garantizar el paso de emergencias, la pareja rechaza la especulación. Su meta actual se centra en alquilar las viviendas a largo plazo a precios módicos para mantener el pueblo lleno de vida. “En la vida, si tienes miedo, no haces nada. A mí el campo, la montaña y la naturaleza siempre me tiraron, y es aquí donde estoy feliz”, sostiene Ana.
“Hacen falta tres cosas indispensables: tiempo, dinero y dedicación. Pero sobre todo, donde fueres, haz lo que vieres. No se trata de llegar y decir ‘ahora soy el más guay’. Los que están en los pueblos de antes saben perfectamente cómo funcionan las cosas. Adáptate tú a ellos, no ellos a ti; pide colaboración y respeta las costumbres, que seguro te la van a dar”, concluye Max. Entre la niebla de la montaña y la vista al mar, Ana y Max continúan demostrando que rescatar un pueblo del olvido no es una utopía, sino una cuestión de trabajo diario.
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