La historia del deporte en general y del baloncesto en particular está marcada por aquellos que llegaron a tocar la gloria, a competir al máximo nivel. No es ya que la historia la escriban los vencedores, es que nadie se acuerda de todos aquellos que estuvieron “a punto de” y nunca llegaron a tocar, ni siquiera de refilón, el sueño de jugar al máximo nivel. El sueño americano, al menos en baloncesto, es la NBA, lo máximo a lo que puede aspirar un jugador. Pero igual que se dice que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer, detrás de un gran jugador hay siempre un gran agente. Pues bien, esta es la historia de ellos.
El sueño americano acaba de llegar a cines y lo hace para contar la historia real de dos agentes franceses que empezaron desde lo más bajo —sin ni siquiera hablar inglés— y que hoy día son dos nombres clave en la NBA, representando a jugadores de la talla de Victor Wembenyama. Inspirada en las vidas de los agentes reales Bouna Ndiaye y Jérémy Medjana, la película mezcla deportes y amistad al estilo de referentes como Jerry Maguire o Garra, pero con una aproximación a la historia y un humor mucho más europeo, lejos de la épica idealizada que estamos acostumbrados a ver en las películas de Hollywood hasta que llegó otra película sobre deportes que “desromantizó” a los jugadores y marcó época, como fue Moneyball. Rompiendo las reglas del juego.
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Como el Billy Beane de Brad Pitt en aquella película, Bouna Ndiaye y Jérémy Medjana (interpretados por Jean-Pascal Zadi y Raphaël Quenard) parten de un sueño común, llegar a la NBA, pero con el firme convencimiento de que tienen un talento y una forma de trabajar como nadie más. Una idea que los lleva a darse en más de una ocasión contra el muro, pero que a la larga los hace diferenciarse, como le sucedía al Jerry Maguire de Tom Cruise, del resto de agentes. “Son personas que no aceptan un ‘no’ por respuesta y siempre insisten un poco más hasta conseguir que les digan que sí”, resume Anthony Marciano, encargado de dirigir la película y cuya historia personal también tiene mucho que ver con la de los propios agentes que ha narrado.

De la vida real a la pantalla
“Me identifiqué también con la relación que los protagonistas entablan con los jugadores, porque yo tuve una primera vida profesional en la música, donde produje artistas y me asocié con mis dos mejores amigos para crear un sello discográfico. Durante años no funcionó nada, hasta que finalmente alcanzamos un número uno en Francia”, revela el propio Marciano. “Lo más importante de esa etapa era levantarme cada mañana y saber que iba a encontrarme en la oficina con mis mejores amigos. Eso hacía que la vida me pareciera maravillosa, y es lo que vivieron también los protagonistas de la película. Por eso la historia me resultó tan personal”, explicaba el director.
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Marciano llevaba más de seis años sin firmar una película desde que sorprendiese a más de uno con Play, otra película de lo más personal en su relato de vida a través de los años y que fue un pequeño gran fenómeno en su paso por aquella edición de 2020 del Festival de San Sebastián. “Play narraba la vida de alguien que graba toda su vida y el espectador ve los brutos de su cámara. Todo está hecho para que parezcan imágenes reales, lo que representó una gran complejidad técnica. Recuerdo que en San Sebastián me preguntaron si no había molestado a las personas que aparecían en las imágenes por usarlas en la película. Para mí, ese fue el mejor cumplido que pudieron hacerme, porque querían decir que la película funcionaba como un documental verdadero, aunque en realidad era pura ficción”, desarrolla Marciano, quien para hacer igual de real El sueño americano se ha sacado otro truco de la manga: brutos de partidos reales de la NBA.
La vida en cuatro cuartos
“No es una película de deportes, pero en los momentos en que aparece representado el deporte, para mí era fundamental que no parecieran falsos, que los movimientos y las jugadas resultaran creíbles. Cuando tuvimos que recrear partidos de la época con los actores, contamos con la suerte de acceder, gracias a los protagonistas reales, a los brutos de una cámara de la NBA de los años 2000″, explica el cineasta. “Usamos esas imágenes para crear falsos raccord e insertar a nuestros actores, y fue la primera vez que la NBA autorizó algo así. Conseguir esa proeza técnica fue un honor”, confiesa Marciano, quien trabajó, como dice, en estrecha colaboración con los auténticos Bouna Ndiaye y Jérémy Medjana, productores del filme.
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En definitiva, El sueño americano es la mezcla perfecta entre una historia de amistad, algo de road trip, un poco de deportes (y encima lo más verosímil posible) y mucho humor. Como ya hiciera en Play, Marciano logra conmover y hacer reír a partes iguales sin por ello renunciar al realismo de una película que, a pesar de sus orígenes humildes, ya se puede mirar en sus grandes referentes, que ni el propio director oculta. “Quería que la película tuviera el aspecto de un filme estadounidense, porque se titula El sueño americano y me interesaba que evocara las películas que veían los protagonistas en su infancia, tanto en la imagen como en la música y el tono general".
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