Del verano de nuestras vidas a las vacaciones que nunca tendremos: por qué nuestra estación favorita del año ha pasado de ilusionarnos a “convertirse en un negocio”

Enrique Rey firma ‘Melón con jamón’, un ensayo que cruza una crónica íntima de esta estación con un análisis cultural e histórico de una estación mitificada y convertida en símbolo de la sociedad española

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Cubierta de 'Melón con jamón', de Enrique Rey, con la costa de Benidorm de fondo.
Cubierta de 'Melón con jamón', de Enrique Rey, con la costa de Benidorm de fondo. (Montaje realizado por Infobae)

Confiesa Enrique Rey (Madrid, 1992) que uno de sus primeros recuerdos tiene lugar un día de Reyes, en el que un pensamiento se le cruzó por la cabeza: “Qué bonito es el día de Reyes, qué lleno de regalos... Y, sin embargo, es peor que el verano. Ojalá llegue pronto el verano”. Esa ilusión infantil que tenía el hoy periodista, navegante y escritor, en realidad, la comparten muchos: el periodo estival es, para casi la mitad de los españoles, la mejor estación de todas.

Asociamos el verano con el buen tiempo, con las vacaciones y la playa, con todos esos planes aparcados para cuando tengamos un poquito más de tiempo, con el hormigueo de esperanza y ganas de hacer cosas que no parece extinguirse nunca. Incluso en la Antigüedad existía devoción por los meses más cálidos del año, tal y como atestiguan las famosas pinturas de la Tumba del Nadador, encontradas en una necrópolis del siglo V a. C. en la ciudad de Salerno (Italia), en las que un hombre se zambulle en el agua casi con el único propósito de darnos mucha envidia.

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Ahora bien, advierte Enrique Rey que nunca había existido esta especie de “delirio colectivo” que a día de hoy es el verano. En España, ha acabado convirtiéndose, también, “en un negocio, una arquitectura y una serie de productos que han ido convirtiendo una ilusión íntima en algo con lo que comerciar”. Sobre esto escribe en Melón con jamón (Temas de hoy), una “crónica sentimental de un país al sol” en la que, a medio camino entre lo personal, lo cultural y lo político, propone un fresco y nostálgico viaje a los chiringuitos frente al mar y a los amores fugaces, al turismo y al desarrollo económico; a una promesa que, como en esos sueños de los que siempre despertamos, nunca acaba de materializarse.

El escritor, periodista y navegante Enrique Rey.
El escritor, periodista y navegante Enrique Rey. (María Caparrós)

El desarrollo del verano

El verano de Enrique Rey tiene una denominación de origen muy clara: Murcia. “Este es el territorio de todos los veranos mágicos de mi infancia y el sitio durante el que fantaseaba en invierno”. Descubrió esa comunidad autónoma después de que su tía comprara un chalé frente al mar que nunca había visto (“esas cosas que pasaban en los 80″, ríe el autor) y ahora vive en ella dando clases de navegación. Pero, como ocurre con toda la costa, aquel lugar que conoció hace décadas ha cambiado mucho y es, quizá más que nunca, la encarnación misma de esa mezcla entre las ilusiones íntimas que todavía se despiertan con cada solsticio y el producto en el que se ha convertido el estío.

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Resulta difícil precisar cuándo dio comienzo esa transformación, aunque parece que los años de desarrollismo en la dictadura fueron claves. “El verano fue una manera del régimen franquista para conseguir divisas“. La industria del turismo vio enseguida un filón en el verano, de modo que llegó un ”pacto" forzado: “Vacaciones a cambio de inmovilidad política, por un lado, y dinero a cambio de depredación del territorio”. En 1960, España recibía 6 millones de turistas. 13 años después, esa cifra había crecido un 500%, lo que supuso un verdadero terremoto para el urbanismo, la economía y la sociedad.

La mercantilización no se detuvo ahí. Rey detecta cómo, por ejemplo, en la actualidad se da una “fragmentación del verano”, que no es sino una extensión de la fragmentación del tiempo en la que vivimos. “El verano ya no es un movimiento de masas en un momento del calendario concreto, sino que prácticamente puede suceder en cualquier momento del año”. Se ha convertido, aunque suene paradójico, en una estación desestacionalizada, donde la experiencia de lo que asociamos con el verano puede tener lugar en cualquier mes, aunque como siempre, quienes disponen de más recursos suelen llevarse la mejor parte del pastel.

Las playas de La Manga del Mar Menor
Las playas de La Manga del Mar Menor. (Europa Press)

Cuando el verano no es el mismo para todos

Para Enrique Rey, el verano contemporáneo está profundamente ligado al consumo y a la desigualdad social. “Quien compra Prada (marca de ropa que, como tantas otras, saca colecciones a mitad de temporada para aquellos afortunados que piensan irse de crucero), también puede permitirse que sea verano en el otro hemisferio y vivir continuamente en el buen tiempo. Lo que pasa es que esa posibilidad genera otra clase, que es la clase precaria y la de los trabajadores del verano, aquellos para los que nunca va a existir realmente esa estación". Así, del estatus económico y social depende el hecho de tener vacaciones en cualquier momento del año o quedar relegados a mantener ese sistema, sin poder llegar nunca a disfrutarlo.

Sea como sea, parece que el calor trae consigo otras aspiraciones, como ese deseo de que los meses que vienen sean el verano de nuestras vidas y que, invariablemente, termina con la sensación de haber desaprovechado el tiempo. “Creo que hay algo casi de proceso natural en ese ciclo de ilusión y frustración”. Y, en ese ir y venir de emociones que nos provoca el paso del tiempo, lo cierto es que el verano de nuestras vidas al final nunca llega. “Es una promesa que nunca termina de cumplirse”, opina Enrique Rey. “El verano de nuestras vidas siempre es o un verano anterior que recordamos con melancolía o es el verano siguiente. Nunca llegamos a pensar que lo estemos viviendo”.

Entrevistamos a varias personas en el centro de Madrid.

Esas ganas de vivir algo especial, sin embargo, son también responsables de que el verano haya perdido ese “tiempo lento” del que el autor sentía que disponía en su infancia. “Quizás esté desapareciendo el aburrimiento, las siestas, las chicharras, porque el que tiene suerte y puede permitirse un pequeño veraneo lo va a llenar de actividades, de visitas y demás”. El derecho a ese verano lento, o al verano en general, al descanso, es algo que también reivindica Enrique Rey, quien, al ser preguntado por lo que le gustaría que encontraran quienes leen su libro, despide la conversación con una cita de Albert Camus en su ensayo Retorno a Tipasa: “Que aun con todos los inconvenientes que trae, el verano todavía puede seguir siendo una fuerza invencible”.

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