
Que lo que vemos no siempre coincide con la realidad queda bien claro en el nuevo libro de Javier Rioyo, Burdeles, picaderos y lupanares (Almuzara). El periodista, escritor y realizador de documentales ofrece entre sus páginas un viaje afilado y canalla por los 3.000 años de historia de la prostitución en España, erigiendo a Madrid como el gran escenario de esta geografía de lo prohibido.
Más allá de la evolución histórica (de un negocio que empezó con los fenicios, pasó a los romanos y así hasta la bohemia y el franquismo), de los reyes y pícaros señalados, o de los rincones ocultos de una ciudad entregada al alterne, lo que se desprende de este ensayo es la histórica hipocresía que lo ha teñido todo, y que quizá nos explica mejor de lo que creemos.
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Rioyo desmonta los mitos alrededor del “oficio más antiguo del mundo”, en el que una rama en la puerta para indicar lo que había al otro lado popularizó la palabra “ramera”, tan institucionalizado que incluso contaba con aldeas propias. La censura total y el abolicionismo surgirían mucho más tarde, y la prohibición oficial no se produciría hasta 1956. Así, el autor utiliza el deseo y el hampa moral como un espejo de la condición humana, en un análisis histórico que concluye que la prohibición absoluta siempre es estéril, mientras que el verdadero reto social es proteger a las mujeres de la explotación.
Una historia universal
Javier Rioyo nunca ha sido usuario de prostitución, pero eso no impide que, desde muy pronto, se sintiera interesado por un entorno que le generaba, dice, incomodidad. Recuerda su juventud en Alcalá de Henares, donde se atrevió a llegar solo hasta la barra de un prostíbulo famoso, Casa la Chata. “Me parecían primero muy mayores, muy raras y no tenía ninguna intención de pasar ahí, pero era un mundo entre lo oscuro, lo sórdido y también algo inquietante”.
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Más adelante, como periodista, su contacto con el meretricio sería constante, no solo por trabajar al lado de algunos prostíbulos, sino también por varios reportajes que realizó sobre los prostíbulos de carretera por España: “De algunos tuve que salir por piernas porque me perseguían los chulos y los cabrones”.
Cuando se planteó escribir este libro, sin embargo, supo enseguida que no iba a ser solo un libro sobre la prostitución, sino “un ensayo histórico que trata las conductas de doble moral, la fuga de las vidas oficiales y cómo te buscas otra vida: las queridas, las amantes, las cortesanas, los negocios, los que han ido a esa vida y han negado oficialmente que fueran, los que lo han perseguido y luego eran usuarios”. “No es solo la historia española”, nos advierte también, “es una historia universal”.
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Cuándo empezó a prohibirse
La doble moral en torno a la prostitución es un asunto que, para Javier Rioyo, trasciende épocas y culturas. En la Antigüedad, ora en la civilización romana (donde los burdeles estaban regulados), ora en la fenicia o la árabe, era un oficio que estaba muy presente en la vida pública y, en ocasiones, también valorado, como en el caso de las mujeres chinas, de las que existió incluso una antología poética.
El autor destaca que la marginalidad de la prostitución aparece cuando las sociedades, bajo el influjo de religiones como el catolicismo ortodoxo, inician procesos de prohibición y persecución. Hasta entonces, señala, “había sido casi un uso social, un rito de paso y un oficio denigrado, pero aceptado y conocido por todos”.
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En Burdeles, picaderos y lupanares figuran, pues, varios nombres conocidos por “comprar favores” a las cortesanas. Preguntado por cuál considera el mayor putero de la historia de España, Rioyo duda: “Ahí compiten muchos”, pero enseguida va a los reyes por ser “los que más sorprenden”, como Fernando VII y Felipe IV, “gente con dinero y poder que hicieron de eso un arte”.

Más o menos visible, pero siempre presente
Madrid ocupa un lugar central en la historia del meretricio, aunque Javier Rioyo aclara que la capitalidad de la prostitución ha sido compartida en distintas épocas. “En Madrid, como era la corte y era la ciudad donde se reunían más pícaros y buscavidas, pues tenía mucho negocio el prostíbulo”. Aun así, señala que “Barcelona, el barrio chino y el puerto, fue y es todavía, ahora menos, uno de los sitios de ese negocio singular durante mucho tiempo”. Valencia, con su famosa mancebía en el Siglo de Oro, también destaca: “Tuvo el gran prostíbulo de España. Tenía una especie de entorno cerrado, protegido, y una pequeña ciudadela de prostitución”.
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La geografía del comercio sexual ha variado según el desarrollo urbano. Rioyo explica que “las ciudades crecen y los burdeles ocupan zonas centrales, aunque también otros espacios donde la ciudad ha crecido, como la Costa Fleming”, popular zona del norte de Madrid que acogía a muchos militares estadounidenses en los 60 y se volvió una meca de la fiesta madrileña. A pesar de que la tendencia ha sido alejar este tipo de lugares cada vez más, todavía pueden verse en los centros urbanos. “Es famosa la calle central de Ámsterdam, con las ventanas abiertas y las mujeres ofreciéndose”.
El cambio principal en las ciudades, pues, radica en la visibilidad de la que la prostitución ha gozado a lo largo del tiempo. Hoy parece mucho menor, pero no es porque no exista, y ni siquiera porque no esté presente: “Salamanca todavía celebra, en el Lunes de Aguas, cuando pueden volver ya las prostitutas después de la Pascua, porque tradicionalmente durante la Semana Santa las echaban de la ciudad a un sitio cercano”. Hoy en día, la fiesta ha cambiado de tono y es una tradición popular donde familias y amigos se reúnen al aire libre, pero nada de ello borra su origen.
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Iglesia y Estado
Sea o no con prostitución de por medio, el fornicio es pecado, pero lo cierto es que la Iglesia tampoco queda al margen en Burdeles, picaderos y lupanares. No es casualidad que, en el inglés popular de William Shakespeare, la palabra “nun” sirviera tanto para referirse a las monjas como, de modo sarcástico, a las prostitutas, del mismo modo que “nunnery” era el convento que también servía como eufemismo de burdel.
Lo cierto es que la ambivalencia de las instituciones religiosas respecto a estos temas es otra de las constantes del análisis de Rioyo. Antaño existían figuras como las barraganas, “oficiales acompañantes de muchos sacerdotes, que eran como sobrinas, las han llamado luego algunos”. “Hacían los servicios de la casa, a lo mejor también de los colegios”. Además, algunas de las citas se concertaban en el interior de las iglesias, desde donde los amantes decidían a dónde ir.
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Y si ni en la Iglesia se evitaban este tipo de situaciones, ¿por qué iba a ser diferente en la nobleza? “La portada del libro es un palacete de la reina Isabel II, que está pasándoselo bien con un tipo poderoso, Carlos Alfori, pintado por el hermano de Gustavo Adolfo Bécquer”, señala Rioyo, que destaca a la monarca como una “conocida libertina” a la que le gustaba “tener encuentros sexuales con gente distinta”. De ella, se dice que el papa Pío IX diría, precisamente, “es puta, pero pía”.

“No hemos inventado casi nada”
La conclusión a la que llega Javier Rioyo con su libro es la siguiente: “No hemos inventado casi nada. Hemos transformado, hemos cambiado, pero este tipo de prácticas y de historias, de encuentros y de formas de fuga de nuestras vidas se han dado siempre”. El autor detiene su investigación en los años 60 del siglo XX, por lo que no aparecen algunas tendencias recientes como el auge de la prostitución masculina o el uso de otros espacios, como las saunas donde, no hace mucho, se vinculó con la prostitución a la familia de Begoña Gómez, mujer de Pedro Sánchez.
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Aparte, fenómenos como el cruising o plataformas digitales como OnlyFans han ampliado el espectro de las prácticas vinculadas al intercambio sexual, planteando nuevos retos a la interpretación histórica. “Son usos y formas no ortodoxos que han tenido modelos muy distintos a lo largo de la historia”, remarca Javier Rioyo, quien considera que, analizando la historia, la prevención y la prohibición no eliminan la prostitución, sino que solo hacen que “se busquen otros territorios de negocio”.
Cuestionado también por si le preocupa que su libro pueda herir ciertas sensibilidades o generar algún tipo de polémica, Rioyo es claro: “No me preocupa. El que quiera polemizar, que polemice. Yo no acompañé a Moratín a hacer su catálogo de putas, ni acompañé a Quevedo ni a otros muchos, pero sé que existían y no lo he censurado. He hablado igual del clero que de reyes como Alfonso XIII, que fue un destacado aficionado a ver películas porno y tener historias diversas”. Así, si su ensayo se detiene en los años 60, no fue por ahorrarse ningún temor, sino simplemente porque, a partir de entonces, llegó “otro mundo, que ya no era el mundo de la historia”.
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