
El Mundial de 2026 reúne a selecciones de todo el planeta, pero también, de forma indirecta, a tradiciones culturales profundamente distintas. Entre ellas, el cine ofrece una vía privilegiada para entender cómo cada país ha construido su mirada sobre el mundo. Con motivo de la competición de fútbol que paraliza el mundo, desde Infobae nos hemos propuesto un divertido juego con el que seguir los partidos sin perder de vista el cine. Y, con la llegada del partido inaugural, que enfentará a México con Sudáfrica, es hora de hacer una análisis del grupo en clave cinematográfica, con propuestas para las posibles películas a visionar estos días mientras se disputan los encuentros.
El Grupo A del Mundial de 2026 reúne a México, Corea del Sur, Sudáfrica y Chequia, cuatro países cuyas cinematografías permiten leer historias muy distintas de modernidad, conflicto, memoria y renovación. Lejos de ser un simple escaparate de títulos célebres, este grupo dibuja un mapa de cómo el cine puede condensar el carácter de una nación, sus heridas y sus formas de imaginar el mundo. De la densidad simbólica del cine mexicano al gesto experimental checo, pasando por la precisión social surcoreana y la memoria en capas de Sudáfrica, el recorrido ofrece cuatro formas de mirar, narrar y resistir. A continuación te traemos las propuestas para cada uno.
PUBLICIDAD

México: del mito popular a la renovación autoral
El cine mexicano ocupa un lugar central en la historia del cine en lengua española. Su etapa clásica, especialmente entre los años cuarenta y cincuenta, levantó un imaginario nacional poderoso a través del melodrama, la comedia ranchera y la figura de estrellas que se volvieron parte del relato colectivo. En ese universo, Macario (Roberto Gavaldón, 1960) ocupa un lugar singular: con su mezcla de realismo, fábula y reflexión sobre la muerte, la película llevó el cine mexicano hacia un territorio más sombrío y metafísico, sin perder su vínculo con las tradiciones populares. Gavaldón convirtió la historia de un hombre pobre obsesionado con comer solo durante el Día de Muertos en una parábola sobre la desigualdad, la fe y el destino. Buñuel, aunqu español de nacimiento, fue otro de los cineastas más destacados de aquella época, con Los olvidados o Él como títulos destacados.
Esa capacidad para unir lo social y lo simbólico sigue siendo una de las grandes fortalezas del cine mexicano. En décadas posteriores, el país atravesó crisis industriales y también momentos de profunda renovación. La aparición de cineastas como Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu y Guillermo del Toro devolvió a México al centro de la conversación internacional. Sus películas ampliaron el registro temático y formal del cine nacional, desde la intimidad autobiográfica de Roma hasta la violencia fragmentada de Amores Perros o la imaginación fantástica de El laberinto del fauno, en el caso de Del Toro, una obra producida fuera de México pero inseparable de su sensibilidad cultural. Hoy el cine mexicano, con nombres tan dispares como el de Michel Franco o Alonso Ruizpalacios sigue destacando por su capacidad para retratar la desigualdad, la memoria familiar y la violencia estructural sin renunciar a la ambición estética. Es una cinematografía que se mueve entre el realismo y el mito, entre lo terrenal y lo sobrenatural, como si cada historia buscara responder a una pregunta persistente: cómo filmar un país atravesado por tantas capas de historia.
PUBLICIDAD

Corea del Sur: precisión narrativa y crítica social
El cine surcoreano es una de las grandes revoluciones cinematográficas de las últimas décadas. Tras años de restricciones políticas y fuerte control sobre la producción, la industria encontró en los años noventa y dos mil un impulso decisivo que la convirtió en una referencia mundial. Su rasgo más reconocible es la mezcla de géneros: comedia negra, thriller, drama familiar, crítica social y hasta terror conviven con una naturalidad que pocas cinematografías han alcanzado. Parásitos (Bong Joon Ho, 2019) representa de forma ejemplar ese momento de madurez. La película convirtió la desigualdad en una experiencia visual y narrativa de enorme precisión, capaz de moverse entre la sátira, el suspense y la tragedia sin perder coherencia. Bong Joon Ho construyó una obra que es al mismo tiempo local y universal, una radiografía de clase que también funciona como retrato de las tensiones contemporáneas del capitalismo, hasta el punto de que después de ella Hollywood se ha inundado de acento surcoreano.
Pero el cine surcoreano no se reduce a un solo fenómeno. Park Chan-wook, con Oldboy o la reciente No hay otra opción, ha convertido la venganza en una exploración estilizada y brutal de la identidad; Lee Chang-dong, con Burning, llevó la ambigüedad y la contención al centro del relato; y otros autores han seguido ampliando un panorama donde el rigor formal convive con una aguda mirada política. En casi todos ellos aparece una preocupación común: la fragilidad de los vínculos, la presión social, la jerarquía y la imposibilidad de escapar del contexto. La fuerza del cine surcoreano radica precisamente en su capacidad para hacer visibles tensiones que, en otros contextos, quedarían ocultas. Cada película parece construida con exactitud matemática, pero debajo de esa precisión late una gran inestabilidad emocional. Esa combinación explica buena parte de su éxito internacional.
PUBLICIDAD

Sudáfrica: memoria, trauma y formas híbridas
El cine sudafricano está inevitablemente atravesado por la historia del apartheid. Durante décadas, la segregación condicionó no solo la vida política y social del país, sino también su producción cultural. Con el fin de ese régimen, el cine se convirtió en una herramienta esencial para pensar la memoria, representar el trauma y ensayar nuevas formas de comunidad. Tsotsi (Gavin Hood, 2005) es una de las películas más conocidas de este periodo. Su historia de un joven criminal en los márgenes de Johannesburgo funciona como relato de redención, pero también como observación aguda de la desigualdad urbana. Yesterday (Darrell Roodt, 2004) aborda el impacto del VIH desde una perspectiva íntima y humana, mientras que District 9 (Neill Blomkamp, 2009) usa la ciencia ficción para convertir la segregación en metáfora visual de la exclusión.
Dentro de este panorama, la obra de William Kentridge ocupa un lugar fundamental. Aunque su trabajo se mueve entre el dibujo, la animación, el cine, el teatro y la instalación, su aportación al lenguaje audiovisual es decisiva. En sus animaciones, hechas mediante borrados sucesivos sobre carboncillo, Kentridge convierte el movimiento en huella y la imagen en memoria en disputa. Obras como Felix in Exile, Mine o More Sweetly Play the Dance no solo dialogan con la historia política sudafricana, sino que la reinterpretan desde la fragilidad, la repetición y la corrección constante. Kentridge hace visible un país hecho de capas: colonialismo, minería, violencia estructural, desplazamiento, culpa y resistencia. Su obra ilustra la historia de un país que se piensa desde sus cicatrices. Por eso su presencia resulta imprescindible cuando se habla del cine sudafricano en sentido amplio, entendiendo el cine no solo como ficción industrial, sino también como arte de la animación y de la imagen en movimiento.
PUBLICIDAD

Chequia: ironía, lirismo y modernidad
Aunque Checoslovaquia dejó de ser estado en 1993 con el llamado Divorcio de terciopelo que separó Eslovaquia de La República checa -ahora llamada Chequia-, su importancia en la historia del cine es tal que merece ser rescatada esta etapa, especialmente por el impacto de la Nueva Ola Checoslovaca en los años sesenta. Ese movimiento, asociado a nombres como Miloš Forman, Jiří Menzel y Věra Chytilová, renovó el lenguaje cinematográfico con un tono que combinaba humor, crítica social, observación cotidiana y una libertad formal poco habitual en su tiempo. Las margaritas (Věra Chytilová, 1966) es quizá una de las obras más radicales de esa corriente. Con su estructura fragmentada, su espíritu irreverente y su carga crítica, la película rompió con las formas narrativas convencionales y se convirtió en un gesto de desafío tanto estético como político. Frente a ella, Trenes rigurosamente vigilados (Jiří Menzel, 1966) ofrece una mirada más contenida, pero igualmente incisiva, sobre la vida bajo la ocupación y la opresión.
La tradición checa se caracteriza por esa capacidad para convertir lo cotidiano en una forma de resistencia. Incluso en sus etapas posteriores, la cinematografía del país ha mantenido un interés por los personajes modestos, los conflictos íntimos y el humor como vía de conocimiento. Kolya (Jan Svěrák, 1996) mostró que esa sensibilidad seguía viva en tiempos más recientes, mientras que otras obras contemporáneas han explorado la memoria histórica con una sobriedad muy propia de la región. El cine checo no necesita alzar la voz para dejar huella. Su fuerza está en la ironía, en la precisión del gesto y en una forma de mirar que desconfía de los discursos demasiado rotundos.
PUBLICIDAD
México, Corea del Sur, Sudáfrica y Chequia ofrecen cuatro maneras muy distintas de entender el cine. México une mito, dolor y transformación; Corea del Sur convierte la tensión social en una maquinaria narrativa de enorme precisión; Sudáfrica usa el cine y la animación para trabajar la memoria del trauma; y Chequia mantiene viva una tradición de ironía y lucidez crítica. En conjunto, este Grupo A muestra que el cine no es solo una industria o un entretenimiento, sino una forma de pensamiento. Cada país filma desde su historia, pero también desde sus deseos y sus heridas. Y en esa diversidad de voces reside la verdadera riqueza de este recorrido, mientras el Grupo B -con Suiza o Canadá a la cabeza- espera a la vuelta de la esquina.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
¿Es ‘El día de la revelación una secuela de ‘Encuentros en la tercera fase’?: Steven Spielberg lo aclara
La nueva película del director guarda muchas referencias al clásico de 1977, lo que ha desatado la teoría de que podría tratarse de una especie de continuación

Jonah Hill y Channing Tatum planenan volver en una nueva entrega de ‘Infiltrados en clase’: “Una imagen vale más que mil palabras”
El dúo protagonizó dos alocadas comedias sobre dos policías disfrazados de estudiantes

La primera película sobre Hannibal Lecter cumple 40 años: antes del ‘El silencio de los corderos se estrenó este thriller con un asesino que dejaba en ‘shock’
La película, de una gran oscuridad, no fue entendida en su momento y poco a poco se ha convertido en un clásico de culto

Oliver Stone prepara su primera película en diez años sacando a Michael Douglas del retiro: “Es una de las más ambiciosas de mi carrera”
Willem Dafoe o Josh Hartnett también se unen a este proyecto que ha sido rodada entre Roma y Tailandia

Greeicy hace de la tristeza el combustible de ‘Candela’, su cuarto álbum de estudio: “El trabajo también puede salvarte la vida”
La cantante colombiana presenta ‘Candela’, su cuarto álbum de estudio con la vista puesta en la gira mundial que arranca en España el próximo 17 de julio en el CookFest Tenerife




