Cuando en 1958 John D. MacDonald publicó The Executioners, Los verdugos, no sería consciente de que su obra iba a atravesar buena parte de la historia del cine desde el clásico al contemporáneo en todas sus formas y adaptaciones.
La novela contaba la historia de Max Cady, un hombre violento acusado de violación y de maltrato que, al salir de prisión, se dedicará a acosar a la familia de uno de los hombres que testificó en su contra, Sam Bowden, sobre la que verterá todo su odio psicópata.
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En 1962, el británico J. Lee Thompson sentaría las bases cinematográficas en la primera y mítica primera adaptación, con Gregory Peck en la piel de Sam Bowden y Robert Mitchum en la de Max Cady, convirtiéndose en uno de los villanos más perturbadores de la historia del cine, junto con su papel en La noche del cazador.

Martin Scorsese cogió ese material y lo hizo propio para hacer su propio remake en 1991 con El cabo del miedo, un ‘psicothriller’ repleto de imágenes memorables y de una complejidad moral de lo más malsana en la que la tensión entre la violencia y la pulsión sexual se encontraban siempre latentes. Por supuesto, el trabajo de Robert De Niro, como Max Cady, era tan absolutamente demencial como prodigioso.
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Qué novedades plantea la nueva serie ‘Cape Fear’
Ahora, llega a Apple TV Cape Fear, una nueva versión en formato serie auspiciada precisamente por Martin Scorsese y por Steven Spielberg que se encarga de modernizar el relato original y apuntar hacia nuevas perspectivas sin perder su esencia.
La nueva versión sitúa en el centro del relato a Anna Bowden (Amy Adams), una abogada que hace 17 años negoció la declaración de culpabilidad de su cliente, Max Cady (en esta ocasión, no es un violador, se supone que mató a su mujer embarazada). Poco después de eso, se casaría con el fiscal del caso (Patrick Wilson) y formarían una familia privilegiada que partiría de un secreto: ambos ocultaron un dato que podría haber salvado a Cady de la prisión. Y, para más hipocresía, ahora ella se dedica a salvar a convictos que han sido condenados injustamente.
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Una vez libre, Cady queda en posición de emprender una venganza calculada contra Bowden y su familia, aunque la serie juega precisamente con la duda sobre sus intenciones reales. Ese cambio sostiene buena parte de los giros de una narración mucho más extensa que la de sus precedentes cinematográficos.
La serie, creada por Nick Antosca (Nuevo sabor a cereza), conserva la base del relato de venganza, pero utiliza ese punto de partida para abrir otras líneas. Así, la producción no se limita a rehacer el material previo, centrándose en una exploración de la culpa, los secretos familiares y los errores del pasado que regresan. Desde el primer momento, se hace evidente que va por otro camino y las diferencias son múltiples.
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En esa nueva configuración familiar, el papel de los hijos ganará más peso. Antosca traslada una de las tensiones generacionales ya presentes en la película de Scorsese hacia Zack (Joe Anders), el hijo de los Bowden, y vincula ese arco con el modo en que la misoginia, el machismo y la crueldad patriarcal alcanzan a los adolescentes varones.
Por otro lado, Natalie (Lily Collias) es en realidad la hijastra de Tom, un detalle que la serie menciona de forma recurrente. Ambos jóvenes tienen sus propios conflictos: Zack arrastra un episodio ocurrido en el colegio que se revela en los primeros capítulos, mientras Natalie lidia con su lugar dentro de la familia y con su identidad sexual.
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La actualización pasa también por la forma de mirar al villano. Max Cady, en esta nueva versión sería un hombre perseguido por periodistas de televisión, admiradores y hasta figuras del entorno profesional de Anna, atraídos por el rendimiento mediático, el deseo o la gestión de la imagen pública.
Ese enfoque conecta la serie con la obsesión contemporánea por el ‘true crime’. Antosca y su equipo sitúan además al espectador en una posición de voyeur, observando a la familia desde la distancia, una elección visual que cuestiona la ética del consumo de historias criminales.
En ese sentido, hay varios elementos a través de los que la serie construye esa presión visual antes incluso de que estalle la violencia: miradas sostenidas, encuentros extraños, cámaras de seguridad que fallan e invitados no explicados. Una estrategia que convierte la anticipación en el principal motor de la angustia.
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Un totémico Javier Bardem
En el plano argumental, el acoso avanza sin pruebas concluyentes. Desde cuatro mofetas ahogadas en la piscina de los Bowden (que podrían simbolizar los cuatro miembros de la familia) hasta la irrupción de Cady en una gala dedicada a la liberación de un inocente, un acto que puede leerse como intimidación aunque el personaje lo envuelva en un discurso de perdón hacia quienes no evitaron su ingreso en prisión.
Si hay algo que impresiona en Cape Fear es Javier Bardem que, aunque tenía el listón muy alto tras las encarnaciones en el papel de Robert Mitchum y Robert De Niro, compone su propia interpretación del personaje convirtiéndolo en una presencia amenazante, seductora y ambigua, casi totémica. El personaje aparece incluso como posible víctima, lejos de la figura de villano inequívoco que cabría esperar, abriendo una posible diferenciación con la novela de base: ¿es Max Cady víctima del sistema?
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Amy Adams está igualmente estupenda dándole la réplica y aguantando su mirada, algo que no es nada fácil. La decisión de convertir al abogado en una mujer añade una fricción nueva al enfrentamiento central y modifica la relación de fuerzas entre perseguidor y perseguida.
Por el momento (Apple TV emite cada semana un nuevo episodio), Cape Fear se sitúa como una muestra de thriller sureño de lo más incómodo que bascula entre los conceptos de culpa e inocencia, verdad o engaño, salvación o condena como si se tratara de un drama bíblico en la era de la ‘postverdad’.
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