
Eider Rodríguez (Rentería, 1977) confiesa que a veces escribe historias para poder utilizar palabras que le gustan. Le pasó con canícula, término que, según la Real Academia Española, designa el “período del año en que es más fuerte el calor”. “Me encanta esa palabra”, dice antes de pronunciarla despacio: Ca-ní-cu-la. “Así les doy uso. Porque si no, no se utilizan”, apunta.
Canícula no solo hace referencia a la acepción de la RAE, sino también al primero de los seis relatos que conforman Era todo el mismo hueco, publicado en octubre del año pasado en euskera y traducido desde marzo al castellano por Ander Izagirre de la mano de Random House. Tres meses después, la autora presentará y firmará ejemplares de la obra en la Feria del Libro de Madrid el próximo 13 de junio, de 10:30 a 11:45 y de 13:00 a 15:00.
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Con este libro, la escritora vasca deja atrás Material de construcción, la novela en la que literaturizó el declive y la muerte de su padre, alcohólico, para regresar lo que más ha cultivado: el relato -su quinta obra en el género-. No publicaba un volumen de cuentos desde Un corazón demasiado grande, editado originalmente en euskera en 2017 y publicado dos años después en castellano.
Confiesa que tenía ganas de salir “de ese lugar”, siendo este su memoria familiar. “Da igual el tema que trate el material autobiográfico que siempre es muy delicado. No estás tú sola escribiendo, hay más voces reales a pesar de que las conviertas en personajes”, reconoce para Infobae sobre la novela que recoge cómo impactó la ebriedad de su padre en su propia identidad. “Tenía muchas ganas de alejarme de ese lugar e irme a la ficción con la distancia que esta interpone en la escritura”.
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En los seis relatos que componen su nuevo libro, Rodríguez encuentra en el vacío -el hueco, como bien menciona el título-, la columna vertebral de esta ficción. A lo largo de toda ella aparecen un cráter, una cueva, una casa a medio construir, un hueso roto o una pareja empeñada en cavar un agujero en el salón. Vacíos físicos pero también existenciales. “Surgió a posteriori, cuando empecé a buscas repeticiones y patrones”, explica, puesto que en un principio iba a llamarse Era todo el mismo fuego. “Los lectores de la primera versión del libro me dijeron: ‘El fuego no es una imagen que realmente represente a este libro. Uno de ellos me dijo: “¿Por qué no hueco o agujero?”'. Dicho y hecho. La propuesta encajó porque esos huecos terminan funcionando como una metáfora de las incertidumbres que atraviesan sus personajes. “Está la falta de certidumbre y el vacío existencial que eso origina”, señala.
La (no) épica de lo cotidiano
En el primero, Canícula, la autora recupera a Iñaki e Isabel, dos personajes que ya aparecieron en Un corazón demasiado grande, el libro que le valió el Premio Euskadi de Literatura y la situó entre las voces más destacadas de la narrativa española. Todo ellos mientras la cineasta Pilar Palomero adaptaba a la gran pantalla Los destellos, uno de los relatos incluidos en la obra.
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“Me parece interesante ver qué sucede con esos personajes, pero por ver también qué sucede con mi mirada hacia ellos. La verdad es que tengo pensado continuar con ellos, sí”, se sincera, como hace también la escritora irlandesa Sally Rooney con sus novelas, donde entremezcla personajes. En este relato y durante un día de playa, Isabel conoce a Román, un hombre más joven que ella, que le devolverá la pasión que creía que había perdido. “El deseo siempre habla de nosotras”, sostiene. “Hay veces que da miedo conectar con él, pero es interesante hacerlo para saber realmente qué deseamos. A veces la vida te desborda y no recuerdas qué es lo que quieres”.

Del deseo la autora pasa a la amistad en Mares y ruinas, el relato que sigue a dos adolescentes que afrontan su último verano juntas antes de que una de ellas se marche a estudiar a Burdeos... y ahí comience su ruptura. La amistad es ese tema que Rodríguez tiene pendiente indagar. “Ya hemos deconstruido el amor romántico y pareciera que ya somos libres de toda atadura, pero también persiste en las relaciones de amistad. Ahí también hay celos, envidias, también hay relaciones de poder, clase social...”, apunta. “La amistad cumple una función súper importante y no lo hemos hablado lo suficiente ni a nivel literario, ni cinematográfico, ni en el mundo musical. Hay un montón de cosas y me ha dado ganas de seguir investigando”. ¿La amistad masculina también? Sí, pero reconoce que “cuando hablamos de amigos ya es otro cantar”.
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Uno de los relatos más asfixiantes e inquietantes del libro es El agujero, donde una pareja empieza a cavar un hoyo en el salón de su casa para ganar espacio, aunque sea bajo tierra. La premisa sirve a Rodríguez para reflexionar sobre una de las preocupaciones más presentes en la España contemporánea: el acceso a la vivienda. “Hay muchas casas en estos relatos y el problema de la vivienda está presente igual que está presente en el día a día”, explica. “Cuando escribo intento tener bien presente todo lo que nos pasa. Por eso vamos a trabajar, ¿no? Por eso nos levantamos todas las mañanas y vamos con dolor de cabeza, para poder tener un sueldo con el que pagar una mierda de casa o una mierda de alquiler. O incluso reparar una gotera. Es muy importante el tema de la casa y no poder tener acceso a una vivienda digna“.
La clases social y la “desconfianza”
Ya sea en estos tres relatos o en el resto que componen el volumen, todos ellos están atravesados por la clase social. Eider Rodríguez odia a los pijos. “Mi cuerpo lo rechaza. Supongo que tiene también que ver con mi origen, que vengo de Rentería, que es un lugar bastante working class y muy industrial. Epidérmicamente tenemos un rechazo hacia ello“, reconoce. Y como ejemplo menciona a los donostiarras y a San Sebastián -la ciudad más cara de España para adquirir un piso, por ejemplo-, separados por apenas siete kilómetros de diferencia. ”Es algo que repudiábamos y lo sigo llevando en la piel. Me genera desconfianza, aunque luego hay gente pija majísima“, ríe.
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“Parece que somos pijos o no según nuestros méritos o según nuestra cuenta corriente del momento, pero el pijerío es algo que se hereda, que se transmite con mucha rabia y con mucha fuerza de generación en generación”, sostiene. También rechaza la meritocracia. “Es algo que aborrezco”, afirma. “Me gusta desvelar de dónde viene la riqueza de mucha gente. No es algo natural ni biológico. Normalmente conlleva muchos actos crueles y poco tiene que ver con la imagen de limpieza y pureza que quieren dar a conocer”.
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La misma incomodidad que usan por ejemplo cineastas como Ion de Sosa en Balearic es la que Rodríguez consigue captar a la perfección, algo en lo que la propia escritora se reconoce por trabajar con “material pertubador”: “Me gusta trabajar con esa parte oscura, con lo no dicho, con lo que se quiere ocultar. Y en los pijos, claro, pues es una cantera muy grande y muy interesante”.
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¿La vida cotidiana tiene algo de thriller? “Me encantan las vidas de las personas normales y corrientes”, explica. Precisamente por eso le parecen literarias. “La épica en estas personas es la falta de épica”, motivo por el que ha intentado narrar lo cotidiano “como si fuese un thriller”, convencida de que la vida diaria también encierra un misterio y esa cierta tensión: “Cómo seguimos levantándonos todos los días, haciendo las mismas cosas aunque no nos gusten”.
También por eso reivindica el relato como un género con entidad propia y no como una simple estación de paso hacia la novela. Son, como explica, diferentes tipos de carreras: el mismo deporte pero con distinta técnica e intensidad. “Cada vez tenemos más costumbre de leer relatos, pero es verdad que en el sistema literario lo considera todavía es el hermano menor de la novela“.
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Más allá de su propia obra, Rodríguez se muestra optimista con el momento que atraviesa la literatura en euskera. Si el cine euskaldun acumula desde hace años reconocimientos dentro y fuera de Euskadi -como 20.000 especies de abejas, Maspalomas, Ane o Handia-, cree que la literatura puede seguir un camino similar. “Todavía no ha eclosionado del todo, pero creo que va por el camino del cine”, afirma. “Hay mucha literatura en euskera interesante, original y diversa. Hay autores que escriben originalmente en lengua vasca y creo que va a dar todavía más que hablar”. Mientras el euskera gana lectores y el relato reclama un reconocimiento propio, ambos siguen buscando —y encontrando— su hueco.
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