
“Habrá quien piense que esta habitación es minúscula y a quien le parezca más que suficiente. Es la habitación en la que vivo”. Con estas palabras empieza La grieta (Sexto Piso), la nueva novela de Rodrigo Gervasi en la que seguimos a Hugo Blanco, un joven de la generación Z en sus primeros años de independencia en Madrid.
Más allá de esa habitación, de esa casa con pomos dorados en las puertas, cocina de gas o un sofá arañado por el gato, el mundo parece haberse evaporado. Hugo permanece siempre dentro de casa, asistiendo (a veces de forma activa, otras de forma pasiva) a cómo todos los cambios que se producen en su interior, desde una ligera modificación en el mobiliario a los constantes cambios de compañeros de piso, acaban por transformar su propia vida.
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“La grieta nació de preguntarme cómo nos relacionamos con el espacio que habitamos y cómo nos relacionamos con las personas en su interior", nos comenta Rodrigo Gervasi, autor al que no le ha temblado el pulso a la hora de elaborar una novela tan breve como compleja. Así pues, no hay que dejarse engañar por la deliberada limitación de la novela, tanto en número de páginas como en espacios. Es en ese asfixiante interior donde vemos a un protagonista habitar (es decir, narrar) la soledad, la fragilidad de los vínculos con quienes le rodean, así como sus propias contradicciones.

Neurosis y escritura
Todos los personajes que aparecen en La grieta rondan los 20 años. Son los habitantes de ese piso en el que Hugo vive, sus amigos y parejas. Miembros de una generación consciente de que, en lo relativo a su presente y su futuro, como se describe en la novela, “las cosas cambian demasiado rápido”. El propio Hugo es un ejemplo de ello: una serie de cambios en la empresa para la que trabaja le llevan a una suspensión de empleo, pero no de sueldo... a la espera de ver si recupera lo primero o pierde lo segundo.
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Es a partir de esa incertidumbre que Hugo decide dedicar todo su tiempo a escribir, y de paso, a observar todo lo que sucede a su alrededor. “Me interesaba muchísimo crear un personaje que no fuera complaciente, con la esperanza de que el lector, al ver a un personaje que no es perfecto, que es neurótico y nada flexible, acabara generando empatía”. Gervasi explica que, en cierto modo, el protagonista no es humano porque falla. Al contrario, es humano a pesar de los fallos, como lo es también a pesar de su otro “lado bonito”.
“Intenté hacerle muy sensible con lo que le rodeaba”, continúa Gervasi. “La forma en la que se relaciona con la casa, con cómo ve los objetos e intenta que la gente esté cómoda, desvela un punto muy bonito de buscar la belleza y crear algo bonito”. Esa fijación por la estética a escala mínima, donde cada detalle importa, es la “otra cara de la moneda” de su neurosis y, también, la génesis de su escritura.
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La importancia de las pequeñas cosas
La neurosis de Hugo se hace palpable en la reiterada descripción de todos esos detalles mínimos que le envuelven. Un detalle que, en un ejercicio de metaescritura, uno de los personajes le plantea cuando lee la novela que el protagonista está escribiendo. “Se hace repetitiva la forma en la que explicas que abres una puerta del portal y a continuación la siguiente”, le dice. “Lo es al hacerlo y debe serlo al leerlo”, responde el otro.
Esa postura nace de uno de los grandes intereses literarios de Rodrigo Gervasi: la cotidianeidad. “A veces, cuando miro mi currículum, veo que he hecho esto y lo otro y tal cosa; parece que es mucho, pero detrás de eso solo soy yo repitiendo una y otra vez la misma cosa: soy yo desayunando, yo lavándome las manos y los dientes, saliendo de casa para ir a un sitio”. Cuantitativamente, todas esas pequeñas cosas son, en realidad, las que más nos construyen, por lo que se asume como algo lógico darles más peso en la novela. “A lo mejor es mi forma de justificar que tengo una vida aburrida”, bromea el escritor.
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En ese plano detalle, el título de La grieta hace referencia a las (también) pequeñas fisuras, físicas y psíquicas, que se producen en el interior del piso, pero también a la propia forma de la novela, en la que, a través de saltos en el tiempo, “todos los eventos arrojan una luz sobre el presente”. Un presente en el que Hugo, cada vez más dañado por el desgaste producido, es rehén de una casa de la que ya no puede salir. “Pienso en la fuerza de un instante, en su permanencia. Pienso en esta casa agrietada en la que habita la pena”, escribe Rodrigo Gervasi en su novela. “No paro de pensar. En los hechos, en lo que nos deparan. En el antes, en el después. Quisiera un presente diferente”.
La precariedad que conlleva compartir un piso
Hugo intenta cambiar ese presente. Lo hace, por ejemplo, alterando el espacio en el que vive; como si, al cambiar de posición u orientación un mueble, la casa o él mismo se transformaran. “Durante mucho tiempo sentí que el cuerpo era algo estático, pero cuando cumplí 25 (ahora tiene 28) empecé a ser consciente de que nos hacemos mayores y envejecemos, que es una cosa obvia, pero a la que realmente ni me había enfrentado ni para la que me había preparado”, razona Gervasi. “Quería que la casa fuera eso: un objeto inerte, sí, pero al que la vida le pasara también, y evolucionara o cambiara a peor, casi siempre a peor, porque en el cuerpo casi todo siempre es decadente”.
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La casa y Hugo cambian al mismo tiempo, pero no en la misma dirección. Un hecho que hace cada vez más explícita la “incomodidad constante”, a nivel físico y vital, que atraviesa al joven. “Creo que todo lo que hay todo el rato es dolor, pero el hecho de que solo haya eso, realmente, le quita hierro al dolor en sí”, explica el autor. “Es algo que veo mucho a mi alrededor, no solo en los escritores y su tristeza crónica. Mis amigos que no escriben están un poco iguales, muy tristes y felices a la vez”.
Así, ese estado de ánimo puede ser tan generacional como el hecho de que muchos jóvenes, como Hugo, comparten la experiencia de compartir un piso, “con lo precario que ello conlleva”. “Porque compartir piso de una forma no precaria es si tú decides vivir en un piso grande con un amigo porque es lo que quieres. Eso es, casi, crear un núcleo familiar”, argumenta Gervasi. “Cuando hablo de compartir piso, entiendo que es por obligación, y por lo tanto, ni siquiera lo estás compartiendo”.
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