
Cuentan las crónicas de hace casi mil años que el zar Samuel, al ver regresar a su ejército de la batalla de Kyluch, no pudo soportar el horror que sus ojos presenciaban y se desmayó, para fallecer de un ataque de corazón a los dos días. Ante él, cerca de 15.000 hombres regresaban a su casa, pero completamente ciegos: tal fue el castigo impuesto por el emperador bizantino Basilio II después de lograr derrotarles en la batalla que supuso el fin de la independencia de Bulgaria.
Cuando David Toscana leyó sobre estos hechos en una enciclopedia, se dio cuenta del potencial de la historia para escribir una novela. Más aún después de investigar y darse cuenta de que nadie lo había hecho antes. “Tardé muchos años en encontrar cómo se cuenta esta novela”, recuerda ahora. “Decidí que no iba a escribir una novela histórica, porque una novela histórica te crea demasiadas páginas con demasiada información. Mis personajes eran ciegos, y yo debía acudir muy poco al ojo para narrar”.
Así es como llegamos a El ejército ciego (Alfaguara), la novela con la que Toscana se ha convertido en el nuevo ganador del Premio Alfaguara de Novela, anunciado el pasado mes de enero. A través de varios personajes, que van desde escribas a maestros sacaojos, pasando por los propios soldados, el escritor teje un relato a medio camino entre el horror y lo cómico, entre lo crudo y lo evocador, sobre el sufrimiento humano, la fragilidad del poder político y la persistencia de la supervivencia, incluso entre quienes deben elegir entre “no ver nada y ver todo negro”.

La crueldad y la despersonalización de las guerras
Explica Toscana que la ceguera es un castigo con una gran tradición cultural. En la Biblia, aparece como metáfora de la falta de comprensión o de valor para enfrentarse a la verdad. “Por eso se dice que ‘no hay más ciego que el que no quiere ver’”, explica el escritor. Sin embargo, en un mundo marcado por las pantallas o las redes sociales, la falta de visión tiene otras connotaciones: “Nuestra vida contemporánea está hecha para el ojo. Acudimos cada vez más a él para la información, pero nos damos cuenta de que la información no nos deja ver”.
El exceso de acontecimientos contrasta con la falta de trasfondo y explicaciones. “Tenemos que leer algunos libros, tenemos que leer historia, a algunos analistas, y entonces sí que las noticias pueden revelarnos algo”. Entre esas posibles revelaciones, está la siguiente: que la crueldad de actos como cegar a miles de personas no es innata, sino que forma parte de una transformación que podría afectar a cualquier persona. “Las novelas, a fin de cuentas, se ocupan de esto”, subraya Toscana. “No porque la novela lo entienda, sino porque a los novelistas nos intriga y queremos cuestionarlo”.
La literatura también se ha encargado de cubrir el lado contrario: el de las víctimas, el de aquellos lisiados que regresan y que, como en el caso de los invidentes de El ejército ciego, suponen una gran carga económica capaz, incluso, de hundir un reino. Eso mismo calculó el emperador Basilio cuando decidió cegar a los soldados y dejarlos volver a casa. “En las guerras hay una identificación clara del que te dispara; esa impersonalización hace que todo se vea como una tragedia y no como una injusticia que debe repararse. Por eso los lisiados piden compensación al propio país y no al enemigo”.

El valor de cada palabra
Uno de los rasgos que el jurado del Premio Alfaguara destacó de El ejército ciego fue el “humor negro” que colma las páginas de la novela de Toscana. El autor considera este elemento como “una forma natural de contar historias” que le permite, en esta y otras obras, “enfrentarse a una realidad distinta de lo esperado”. “Dicen que los mexicanos nos reímos de la muerte. No es así, pero es cierto que sí la personificamos y que hacemos bromas, dialogamos de una manera mucho más ligera. Nos hemos sabido reír de nuestras tragedias”.
Más trabajada fue la parte de oscilar entre los momentos de horror que contiene la novela y los pasajes de una gran impronta estética. “Yo no quiero usar las palabras solo como una herramienta para contarte una historia: quiero que sean portadoras de belleza”, defiende Toscana, quien por otro lado rechaza describir su prosa como “poética”. “Los prosistas que me gustan suelen ser concisos, no exuberantes. Trato de aprender de ellos y concentrar los significados, más que explicar mucho las cosas”.
Esa concentración es la que llena los párrafos de El ejército ciego de posibles significados, y que multiplican las interpretaciones de por qué esa lejana historia del siglo XI apela, de forma tan aguda y directa, a nuestro presente. “En las novelas que no están completamente blindadas, es el lector el que las termina. Siempre se sabe que el libro va más allá de lo que quiso decir el autor”.

“En España veo que los escritores se pelean mucho y se insultan”
Es probable que ese sea uno de los motivos de la expectación del propio Toscana por las impresiones que pueda generar su novela, ya en librerías de España y América Latina. “Siempre he tenido muy pocos lectores, mis novelas difícilmente pasan a una segunda edición y esos pocos que sí me han leído, siempre han sido agradecidos. Pero esa puerta entrecerrada que tenía, donde entraban unos pocos, se abrió y yo no sé cómo me van a tratar. La novela la escribí como siempre he escrito: tratando de complacer a un lector que se parezca a mí. Ahora veremos cuántos lectores parecidos puede haber”.
Del mismo modo, reconoce ser consciente de la poca “proclividad” que tenía El ejército ciego, por ser una novela que habla del pasado. “De un mexicano escribiendo sobre Bulgaria”, ríe. “Me contaron que el jurado no tenía ni idea de que yo fuera mexicano, y que les confundía un poco el asunto”. Con todo, no deja de sentirse agradecido, también entusiasmado ante la posibilidad de viajar y promocionar su novela en ferias y todo tipo de eventos.
“Allí podré encontrarme, y es una cosa muy bonita de la literatura, a amigos muy buenos, a pesar de que te puedes pasar mucho tiempo sin verlos”, celebra el autor. “En España veo que los escritores se pelean mucho y se insultan. Para nosotros esto es inédito: criticar a alguien porque se vista de un modo u otro. Tenemos ciertas cortesías y tenemos cierta solidaridad de gremio. Estamos todos en el mismo equipo, queremos que se lea y promover la literatura. Nos encontramos en festivales, compartimos copas de vino y hacemos un gremio de mucha amistad, más que de rivalidad”.
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