Uno de los momentos más sorprendentes detrás de Marty Supreme no ocurrió en un plató ni en una sala de edición, sino en el entorno corporativo de Toyota. El campeón de tenis de mesa Isao Kawaguchi, pieza clave en la película, trabajaba a tiempo completo para la empresa cuando recibió la propuesta de sumarse al elenco. Lo que parecía un obstáculo terminó convirtiéndose en un ejemplo insólito de cómo la pasión artística puede cruzar fronteras y jerarquías empresariales.
La historia comenzó con una reunión virtual. Josh Safdie, director de la cinta, se conectó con Kawaguchi a través de Zoom. Las primeras palabras del cineasta dejaron claro su interés: “Te quiero, Isao”. Durante quince minutos, Safdie describió su admiración por Kawaguchi, mientras Maiko Endo traducía cada frase. El deportista confesó no haber comprendido todos los detalles sobre el proyecto, pero sí percibió la intensidad y el compromiso del director.
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El verdadero reto llegó al terminar la llamada. Kawaguchi sabía que aceptar el papel significaba pedir un permiso especial en Toyota. “Trabajo para esta empresa y no estaba seguro de poder tomarme tiempo libre. Pensé que tenía que consultar con mucha gente”, explicó. Safdie, lejos de desanimarse, propuso una solución poco convencional. “No hay problema. Iré directamente a tu empresa, hablaré con el director ejecutivo y le explicaré la importancia de esto”, le aseguró.

Persiguiendo la gloria
La determinación de Safdie impresionó a Kawaguchi, que finalmente decidió presentar la propuesta ante los directivos de la compañía. El resultado fue inesperado: “Esta es una oportunidad única. Sin duda, deberías aprovecharla”, le dijeron en Toyota. El propio Kawaguchi reconoció que, en un primer momento, tanto él como sus compañeros pensaron que todo podía ser una estafa. Sin embargo, tras investigar al director, al elenco y al resto del equipo, comprendieron que se trataba de una invitación legítima y de alto nivel.
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Gracias a la luz verde de la empresa, Kawaguchi pudo sumarse al rodaje, compaginando sus responsabilidades laborales con la filmación y el exigente entrenamiento deportivo. El compromiso de la compañía japonesa permitió que la producción contara con un auténtico campeón en la pantalla y que el deportista viviera una etapa vital marcada por el esfuerzo y la superación.
Finalizada la película, la relación entre el director y el actor se fortaleció. Safdie relató cómo la vida y el cine se entrelazaron de forma inesperada. Tras el rodaje, Kawaguchi persiguió la gloria en los Juegos Olímpicos para Sordos, mientras simultáneamente se convertía en padre. El director recordó emocionado el momento en el que recibió una foto de Kawaguchi con su hijo recién nacido en el hospital. “Hacer esta película me ha acercado mucho a él, y fue un momento increíble”, resumió Safdie.
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Un campeón preparando a otro
Kawaguchi, por su parte, describió la coincidencia entre el torneo olímpico, el nacimiento de su hijo y el estreno del filme como una etapa de máxima intensidad emocional. “Mientras entrenaba, pensaba en mi esposa y nuestro bebé. Y esta película requirió muchísimo entrenamiento y concentración. Los tres eventos ocurrieron al mismo tiempo, y ver la escena final fue un momento emotivo para mí”, explicó.
El rodaje no solo supuso un reto para los deportistas. La preparación del elenco principal, en especial la de Timothée Chalamet, añadió un nivel de exigencia poco habitual en una producción de este tipo. Chalamet dedicó más de siete años a perfeccionar su destreza en el tenis de mesa para poder interpretar con fidelidad a Marty Mauser, el protagonista de la historia. Kawaguchi destacó la capacidad de Chalamet para adaptarse a los cambios y resolver imprevistos en el set, así como su memoria y su entrega en cada escena.
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Durante la filmación, el trabajo de Diego Scotto, coreógrafo y consultor de tenis de mesa de la película, fue esencial para diseñar los movimientos de cada punto. El propio Safdie admitió que los momentos más impactantes eran aquellos en los que Chalamet y Kawaguchi alternaban jugadas frente a cientos de extras, tanto en Londres como en Tokio. El esfuerzo, la precisión y el trabajo en equipo quedaron reflejados en la pantalla, testimonio de una producción donde la pasión, el talento y la colaboración entre mundos distintos marcaron la diferencia.
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