La lección del filósofo San Agustín sobre qué es el tiempo: “Si nadie me lo pregunta, lo sé. Pero si quiero explicarlo a quien me pregunta, no lo sé”

Considerado como el primer gran filósofo de la interioridad, su reflexión sobre el misterioso origen del tiempo sigue hablando mucho sobre cómo lo vivimos hoy en día

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San Agustín de Hipona, pintado
San Agustín de Hipona, pintado por Gerard Seghers.

San Agustín de Hipona es uno de esos pensadores que aparecen constantemente cuando se repasa la historia de la filosofía, y no por casualidad. Vivió entre los siglos IV y V, en un momento clave de transición entre el mundo clásico y la Edad Media, y su obra (influida sin duda por este contexto histórico) marcó durante siglos la manera de pensar de Occidente.

Filósofo, teólogo y obispo, se destacó, sobre todo, por ser un observador de la experiencia que supone ser humano. Así, le interesaron cuestiones tan amplias como Dios, el mal, la libertad, la memoria, el deseo, el conocimiento y, como no podía ser de otro modo, el tiempo.

En una de sus obras más conocidas es Las Confesiones, un libro difícil de clasificar, San Agustín relata su vida, sus errores, sus dudas y su conversión, pero también se detiene a reflexionar sobre cuestiones abstractas con una profundidad sorprendente. En uno de sus pasajes más célebres, se pregunta qué es exactamente el tiempo, y responde con una frase que se ha convertido en un clásico: “Si nadie me lo pregunta, lo sé. Pero si quiero explicarlo a quien me pregunta, no lo sé”.

La verdad está en nuestro interior

La razón por la que, siglos después, seguimos recordando esta frase, es su sencillez. San Agustín no dice que el tiempo sea incomprensible, sino que hay una distancia enorme entre vivir algo y definirlo. Todos sabemos qué es el tiempo mientras lo usamos sin pensar: organizamos el día, recordamos el pasado, hacemos planes. Pero cuando intentamos explicar qué es realmente, la seguridad desaparece. De pronto, aquello que parecía evidente se vuelve extraño.

San Agustín de Hipona.
San Agustín de Hipona.

En el Libro XI de Las Confesiones, San Agustín desarrolla esta intuición con más detalle. Se pregunta cómo puede existir el tiempo si el pasado ya no existe, el futuro aún no se ha presentado y el presente es tan fugaz que casi no puede entenderse como “duración”. Su conclusión es que el tiempo no es algo externo que fluya independientemente, sino algo que nace de nuestro interior. “En ti, alma mía, mido yo el tiempo”, escribe al respecto. El tiempo vive en la memoria, en la atención y en la expectativa.

Esta manera de entender el tiempo encaja con el núcleo de su pensamiento filosófico. San Agustín defendía que muchas verdades fundamentales no se descubren observando el mundo exterior, sino mirando hacia dentro. De ahí otra de sus frases más citadas: “No salgas fuera; vuelve a ti mismo. En el interior del hombre habita la verdad”. El tiempo, entonces, no es solo una magnitud física, sino una experiencia humana profundamente ligada a la conciencia.

Otros filósofos como Descartes y Heidegger desarrollaron la idea de San Agustín

Esta reflexión resulta sorprendentemente actual, sobre todo si tenemos en cuenta que vivimos obsesionados con la falta de tiempo, con su velocidad o con su aparente escasez. Lo medimos constantemente (¿cuántas veces miramos la hora al día?), pero rara vez nos detenemos a pensar qué significa realmente “tener tiempo”. La frase de San Agustín sigue funcionando porque señala una paradoja que no ha desaparecido: usamos el concepto a diario, pero seguimos sin poder definirlo con claridad.

El filósofo y ensayista alemán de origen surcoreano Byung-Chul Han, galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025. (Fundación Princesa de Asturias/UIMP/MOME)

Esta es una de las muchas razones por las que este filósofo nacido en el norte de África ha sido capital en la historia de la filosofía. Durante la Edad Media, pensadores como Tomás de Aquino dialogaron constantemente con su obra. En la filosofía moderna, su énfasis en la interioridad influyó en autores como Descartes, que decía: “No hay ninguna razón para pensar que yo, que existo ahora, deba existir un momento después, si una causa no me conserva”. En el siglo XX, reflexiones como las de Martin Heidegger (“el hombre mismo es el tiempo”), no pueden entenderse sin libros como Las Confesiones.