
No hay que mezclar fútbol y política. Eso es lo que decimos cuando Carvajal le niega el saludo a Pedro Sánchez, Mbappé anima a votar contra Marine Le Pen o la FIFA le da un premio a Donald Trump. En la Antigua Grecia, los atletas vencedores en los Juegos Olímpicos contemplaban con orgullo las estatuas erigidas en su honor en las plazas de las ciudades a las que representaban; en España, y pese a ganar un Mundial, Gerard Piqué acabó siendo silbado en todos los estadios tras sus declaraciones sobre el derecho a la autodeterminación en Cataluña.
No hay que mezclar fútbol y política... ¿O sí? Para Ramón Usall, doctor en Historia y exdiputado del Parlament de Cataluña, es inevitable hacerlo. Y es que, en realidad, fútbol y política han ido de la mano “desde sus inicios”. De eso, precisamente, nos habla su libro Futbolítica (Altamarea), un compendio de historias de equipos de todo el mundo donde se demuestra hasta qué punto, la relación entre el deporte rey y los asuntos públicos siempre ha sido muy estrecha.
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“Es bastante poco honesto afirmar lo contrario”, subraya el experto. “Eso nos lo suelen decir las personas que, en realidad, quieren decir que no lo mezclemos cuando son políticas que no les gustan”. Por eso, su objetivo con este libro (reeditado en 2025) es utilizar el fútbol para ver cómo ha evolucionado el mundo y hacer una crónica de su último siglo y medio, “porque creo que el deporte, y en concreto este deporte”, subraya, “es un espejo en el que la humanidad puede mirarse para entenderse un poco mejor”.

De las buenas acciones cristianas a los petrodólares árabes
Érase una vez un equipo creado por la Iglesia. Más concretamente, por una parroquia anglicana que pretendía alejar a los jóvenes de la mala de las pandillas, las drogas y el paro. Un equipo del barrio, lleno de jóvenes ingleses que, “paradójicamente”, señala Ramón Usall, “un siglo y medio después está en manos de los petrodólares emiratís”. Ese equipo, en efecto, es el Manchester City.
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“El Manchester City fue uno de los primeros clubes de la premier en el que no jugaba ni un jugador británico en su once inicial”, subraya el autor de Futbolítica, en relación con un equipo que “ya no busca definirse a través de la identidad de su ciudad ni de su condado, ni tan solo de Inglaterra, sino como un equipo global”. Detrás, queda también la “diplomacia blanda” que países como Catar o Arabia Saudí buscan realizar a través de la inversión en equipos de fútbol.
Por eso, el club propiedad del jeque Mansour biin Zayed Al Nahyan refleja a la perfección cómo la “identidad clásica” de los equipos se ha diluido. Eso también es política: “Porque esto que pasa en el deporte pasa en muchos otros terrenos de la sociedad, no deja de ser una victoria del capitalismo y de la globalización, donde grandes empresas rehúyen el carácter local que las ha hecho grandes y prefieren defender la idea del mundo en su globalidad”. Una globalidad en la que todo, incluso la propia historia, está en venta.
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Futbolistas elegidos en un ‘reality’ para unir un país a través de la televisión
Claro que este tipo de casos serían, en palabras de Usall, más sutiles que otros que hemos visto a lo largo del último siglo. En Futbolítica se nos cuenta cómo, por ejemplo, Mussolini intentó glorificar el fascismo en Italia con la celebración de un mundial. No sería el primero ni el último en querer que la gran cita del fútbol de selecciones a nivel internacional se jugara en su territorio. “¿Quién duda de que esa decisión es algo político?”, pregunta Usall.
Al mismo tiempo, el experto también hace hincapié en el hecho de que, precisamente por su dimensión política, el fútbol es también politizado. “No deja de ser un deporte con mucho éxito, con muchos practicantes”, razona. “Un terreno tentador para aquellos que quieran hacer llegar su mensaje a la juventud, lo que ha hecho que instituciones de todo tipo, desde iglesias a grupos políticos, haya creado sus propios clubes”.
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No hace falta quedarse siempre en España: podemos irnos, de la mano del libro de Usall, a Ecuador. Allí es donde, en 2002, se creó el Mushuc Runa Sporting Club de Ecuador, un equipo que representa a la población indígena quechua de la Sierra Central. Con su creación, este conjunto buscaba combatir la exclusión histórica que han sufrido los indígenas en el fútbol ecuatoriano, donde hasta su ascenso nunca habían tenido un club de referencia en la primera división.
Otro ejemplo que podemos leer en Futbolítica es el del Shaheen Asmayee Fotball Club, esta vez en Afganistán. Creado en 2012 como parte de la nueva Premier League nacional, el equipo fue fundado para representar a la región de la Gran Kabul (el centro político), en un intento de las autoridades de unir al país a través del fútbol tras la invasión internacional y el conflicto con los talibanes. Para ello, buena parte de sus jugadores fueron seleccionados inicialmente a través de un reality show emitido en televisión.
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La diferencia entre Barça y Madrid en su relación con el franquismo
Al final de la entrevista, le preguntamos a Usall por uno de los asuntos que trata en su libro: el eterno debate entre los perjuicios y beneficios del Fútbol Club Barcelona y el Real Madrid durante la dictadura franquista. “Ambos equipos comparten más cosas de las que aparentemente comparte”, empieza, recordando cómo ambos clubes se sometieron a la ideología impuesta durante la dictadura. “Aunque en algunos sentidos tienen posiciones diametralmente opuestas”, matiza.
Es precisamente ahí donde se detiene para dar una respuesta: en “dos historias paralelas” en las que cada uno de los equipos ha mantenido una posición diferente. “Tanto Barça como Madrid tienen dos presidentes ejecutados: Josep Suñol, que también era diputado de Esquerra Republicana y fue fusilado al inicio de la guerra, y Antonio Ortega, que llegó de la mano del ejército republicano durante la Guerra Civil, ejecutado a garrote vil por el franquismo en 1939”.
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Usall destaca que, después de la dictadura, el Barça fue “recuperando la memoria de su presidente fusilado, hasta el punto de que el palco presidencial del Camp Nou lleva su nombre”. En cambio, el Madrid “ha borrado” de su historia a Antonio Ortega, hasta el punto de que pocos seguidores del equipo saben de su existencia. “Es verdad que no era un representante electo, pero lo han convertido en alguien de quien no hay que recuperar la memoria, eso dice mucho de su relación con el franquismo”.
En Futbolítica, Usall relaciona esta postura con el reconocido franquismo de una leyenda del madridismo, su presidente Santiago Bernabéu, quien incluso participó como voluntario en las filas fascistas durante la ocupación de Cataluña. “Bernabéu siempre mantuvo un enfrentamiento con el pasado republicano del Madrid e intentó borrarlo”. De este modo, el trato que uno y otro equipo mantienen con la memoria histórica no deja de ser un reflejo de su identidad nacional y su “simbolismo político”, donde sí existen “sustanciales diferencias”.
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