Se estrenó en 2019 y, además de tener, en general, malas críticas, pasó desapercibida por la cartelera española. Se trata de El asesino de los caprichos, una aproximación al thriller detectivesco que se apoya en dos arquetipos clásicos del género: la inspectora veterana (Maribel Verdú), marcada por el cinismo y la inseguridad, y su contrapunto, la joven agente (Aura Garrido) que encarna la esperanza y la fe en la bondad humana.
Esta dualidad, que ha sido explorada en numerosas ocasiones en el cine policíaco, se convierte aquí en el motor narrativo de una historia que, desde sus primeros minutos, ha optado por una puesta en escena demasiado precipitada y confusa y, por qué no decirlo, un tanto efectista.
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La película, dirigida por Gerardo Herrero (productor y responsable de títulos como Bajo terapia o La playa de los ahogados), se adentra en un Madrid elitista, donde la compra-venta de arte y la corrupción moral se entrelazan con una serie de asesinatos inspirados en los célebres grabados de Goya.
Un asesino fan de Goya
El filme introduce al espectador en la investigación de unos asesinatos que, desde el primer cadáver, se distinguen por una escenografía que remite directamente a los “Caprichos de Goya”. Esta serie de ochenta grabados, en los que el pintor aragonés satirizaba los vicios de la sociedad española de su época, sirve aquí como hilo conductor de una trama en la que el arte y el crimen se entrelazan.
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Herrero impregna la película de un sentimiento de distanciamiento y crítica social, trasladando las tensiones del siglo XVIII al presente y utilizando el punto de partida artístico-macabro como pretexto para explorar la decadencia de las élites y la acumulación de riqueza en manos de unos pocos.

El desarrollo de la investigación policial se convierte así en un recorrido por los ambientes más exclusivos de la capital, donde la ostentación y el poder se manifiestan en la posesión de obras de arte de incalculable valor. La película contrapone el desencanto metódico de la inspectora veterana con la pasión de la agente más joven, y utiliza esta dinámica para abordar cuestiones como el choque de clases y la presencia de mujeres en cargos tradicionalmente masculinos.
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Un thriller ‘caprichoso’
Sin embargo, la cinta tropieza al tratar temas como la conciliación familiar, que se presenta como un reto casi insalvable debido a una visión de la feminidad filtrada por parámetros masculinos. El desenlace sugiere que la salvación reside en la capacidad de priorizar a la pareja y a la descendencia, situando a la familia como último refugio.

El estilo visual y narrativo de El asesino de los caprichos responde a una lógica funcional que sacrifica la profundidad y el cuidado en la escritura y la escenografía en favor de una trama que avanza por inercia. La película no rehúye el uso de clichés ni se detiene en el desarrollo matizado de los personajes, y recurre a recursos visuales como los cromas en las escenas de la azotea de la comisaría, que resultan poco convincentes. El resultado es una historia que se sigue más por su simplicidad que por su capacidad de intriga, y que pierde fuerza en su tramo final, cuando la resolución del misterio deja de importar y el interés por las protagonistas se diluye.
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