Desde que se presentó en el Festival de Cannes, el aura de Sirat. Trance en el desierto no ha parado de crecer, hasta confirmarse como una de las películas del año después de ganar el Premio del Jurado del certamen.
Las críticas hasta el momento resaltaban su capacidad para configurar un espacio único, su potencia visual y sonora, así como la aproximación hacia la subcultura ‘rave’ como forma de reivindicar un posicionamiento antisistema dentro de un mundo marcado por las normas y prejuicios.
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Los adjetivos para definirla, “hipnótica”, “catártica”, “radical”, “una experiencia física y existencial”, “poética y política”.
Sin duda, la película de Oliver Laxe contiene parte de la esencia de esos calificativos, pero casi nadie ha comentado que, para conseguirlos, llega a resultar manipuladora y efectista. Tampoco que, muchos de sus logros, se pueden desmontar con facilidad.
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Laxe ya no quiere a sus personajes
El cine de Oliver Laxe siempre se había movido en un registro entre lo físico y lo metafórico. Al director le interesaban los ‘outsiders’, las personas que están en los márgenes de la sociedad y que, a su manera, intentan sobrevivir en ellos como forma de resistencia.

No está tan lejos la figura demonizada del pirómano de su anterior película, Lo que arde de la comunidad ‘ravera’ a la que ahora intenta acercarse en Sirat. Sin embargo, hay algo que las diferencia de forma dolorosa: la falta de empatía.
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Laxe siempre había querido a sus personajes, los había situado en un contexto concreto, tenían alma, podíamos acercarnos a ellos a través de sus miedos y de sus inseguridades, de sus frustraciones. Todo eso no lo encontramos en el grupo que conforman los ‘raveros’ de Sirat. No sabemos nada de ellos, no nos explica su manera de vivir en el mundo, tampoco tenemos demasiados datos de ese padre (Sergi López) que busca a su hija. Parece que son meras marionetas a su antojo.
Podríamos pensar que el director busca la abstracción, lo que nos llevaría a pensar que, en realidad, al director no le interesan mucho sus criaturas. Y de hecho, las trata con la máxima crueldad, sometiéndolas a un sinfín de dolor y de destrucción, en la mayoría de los casos absolutamente gratuito para alcanzar la supuesta tesis de la película: la decadencia y la destrucción del mundo tal y como lo conocemos.
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La impostura frente a la humanidad
¿Y qué le interesa a Laxe? Además de ser el más listo de la clase, sobre todo, impactar a través de las imágenes, una aspiración que no deja de ser válida, pero que choca con todo el discurso espiritual que supuestamente contienen.
Y sí, Sirat. Trance en el desierto es una película muy contundente a nivel visual, como la de cualquier director esteta que se precie. Pero para llegar a eso, se pierden muchas cosas en el camino, entre ellas la humanidad, que cae en brazos del denominado ‘cine de la crueldad’ por el que muchas veces se ha criticado a directores que nos llevan desde Michael Haneke a Lars Von Trier, pasando por Ruben Östlunt.
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Laxe parece abrazar esta senda a través de decisiones muy discutibles que llevan a generar un tremendo espanto y vacío en el espectador. ¿A qué precio?
No queda claro si este sadismo tiene que ver con su necesidad de poner por encima la experiencia extrema, o si tiene que ver con ese supuesto discurso político que tiene la película y que no llega a resultar contundente en ningún momento, tan solo para subrayar ese plano final que vendría a decir que todos somos extranjeros, inmigrantes en un mundo en el que ya no merece la pena creer en nada porque nada tiene sentido.
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Menos política de lo que parece
Para Laxe la destrucción parece necesaria para el renacimiento. Hay en ese sentido muchas claves en la película que tienen que ver con el elemento religioso, ya desde el mismo título, una palabra árabe que significa el puente que conecta el infierno con el paraíso y por el cual solo los justos podrán cruzar (tremenda argumentación, que no deja de ser de lo más peligrosa a nivel ideológico).
Pero Laxe no se molesta en explicar todo este batiburrillo de influencias, tampoco parece importarle el propio espacio en el que transcurre la película, despojándolo de su idiosincrasia.
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El desierto se convierte en un paisaje vacío del que aprovecharse plásticamente. No hay referencias a los conflictos geopolíticos del Sáhara e incluso utiliza una de las fronteras (creada por Marruecos, un campo minado) como material perverso para recrearse en el sufrimiento en primer plano como si nos encontráramos en una película de terror sensacionalista.
Todo en pos de ese arquetipo del que se nutre que es el cine de aventuras, al wéstern (se le ha llegado a comparar con John Ford, con Robert Aldrich o Sam Peckinpah...), lo que no deja de ser sorprendente para una película que utiliza ese género para fagocitarlo de una manera más intelectual que sincera.
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El director parece haberse erigido como una especie de mesías salvador de nuestro cine. Y Sirat es, en efecto, una obra potente en la forma, pero muy discutible en el fondo.
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