
No suele ser habitual que un escritor español sea reivindicado casi treinta años después de su muerte y que su obra, hasta el momento, fuera (casi) desconocida en nuestro país.
Es lo que ha ocurrido con Agustín Gómez Arcos, dramaturgo y novelista nacido en Enix, Almería y que falleció en París donde se exilió y alcanzó la fama literaria.
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Un creador marcado por la represión
La historia de Gómez Arcos es la de un creador que, tras sufrir la represión por su origen republicano y su orientación sexual, encontró en la literatura un refugio y una vía de expresión. Desde su infancia, marcada por las penurias de la guerra civil y la posguerra, su pasión por la escritura fue alentada por figuras como la autora andaluza Celia Viñas, su profesora en Almería.
Tras completar el bachillerato y trasladarse a Barcelona para estudiar Derecho, abandonó la carrera para dedicarse al teatro en Madrid, donde se integró en el ambiente intelectual y artístico de la época, enfrentándose a la censura y a la marginación impuesta por el régimen.
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Durante su etapa madrileña, Gómez Arcos escribió quince obras teatrales, de las cuales solo tres lograron estrenarse, y siempre bajo versiones censuradas.
La censura franquista no solo prohibió la representación de piezas como Diálogos de la herejía y Queridos míos, sino que llegó a retirarle premios ya concedidos, como el Premio Nacional Lope de Vega, en dos ocasiones. Esta persecución sistemática lo llevó a tomar la decisión de exiliarse, primero en Londres y, poco después, en París, donde su carrera literaria experimentó un giro decisivo.
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Galardonado en Francia
En la capital francesa, Gómez Arcos se integró en los círculos teatrales alternativos del Barrio Latino, colaborando con otros exiliados y estrenando obras en café-teatros. Fue en este contexto donde, animado por un editor tras ver una de sus piezas, comenzó a escribir en francés.
El resultado fue El cordero carnívoro, una novela que, publicada en 1975, le valió el Prix Hermès y lo consagró como una de las voces más singulares de la literatura francesa contemporánea.
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A partir de entonces, su producción novelística se desarrolló íntegramente en francés, con títulos como Maria Republica, Ana no, Escena de caza (furtiva) y Un pájaro quemado vivo, varias de ellas finalistas del Premio Goncourt y traducidas a más de doce idiomas.
Mientras en Francia alcanzaba el reconocimiento y sus obras se incorporaban a los planes de estudio, en España su nombre permanecía relegado al olvido.
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Su recuperación en España
No fue hasta 2006 cuando la editorial Cabaret Voltaire comenzó a rescatar sus títulos hasta completar buena parte de su obra. A partir de ese momento, la figura Agustín Gómez Arcos alcanzó una nueva dimensión en nuestro país y su prosa comenzó a llegar a público más amplio, especialmente, a los lectores más jóvenes.
El año pasado, en el Festival de Sevilla se estrenó el documental Un hombre libre, de Laura Hojman, que nos sumerge en su vida y en su obra. Ahora, el documental llega a Filmin y optará al Goya en esa categoría, en la que la directora ya estuvo nominada por su anterior trabajo, A las mujeres de España: María Lejárraga, en la que se encargaba también de reivindicar a una mujer pionera del feminismo.
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Esta obra, que acaba de llegar a Filmin, se configura a través de testimonios de figuras como Pedro Almodóvar, Paco Bezerra, Marisa Paredes, Alberto Conejero y Bob Pop, así como de imágenes de archivo y documentos personales.
La película, producida por Surtsey Films con la participación de RTVE, explora no solo la dimensión literaria del autor, sino también su condición de “escritor fantasma”, una autodefinición que él mismo utilizó en vida: “Mi nombre, si por casualidad lo has visto en los periódicos, te sonará como el de un fantasma (…) Fantasma en mi propio país. Escritor fantasma”.
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La obra de Gómez Arcos se caracteriza por su radicalidad política, la presencia de personajes homosexuales, la exploración de la sexualidad y la reivindicación de mujeres activas, elementos que chocaban frontalmente con la moral oficial del franquismo.
“La obra de Gómez Arcos representaba todo aquello que el régimen franquista quería ocultar y apartar. Él era la disidencia, sus novelas y obras de teatro estaban cargadas de carácter político, radical y rompedor”, ha explicado Laura Hojman. Esta disidencia no solo le valió la censura, sino también el exilio, una experiencia que, lejos de apagar su creatividad, le permitió desarrollar una voz literaria libre de ataduras.
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El regreso de Gómez Arcos a España tras la Transición estuvo marcado por la decepción. No terminó de encajar y se encontró con un panorama todavía marcado por las reticencias a la hora de abordar temas como la memoria histórica. Así, continuó siendo una figura en la periferia del canon literario nacional.
Murió en 1998 a causa de complicaciones derivadas del sida y fue enterrado en el cementerio de Montmartre en París.
Mientras, la editorial Cabaret Voltaire continúa ampliando su colección y el pasado 15 de octubre incorporó a su catálogo Marruecos, que sigue los pasos de un niño ciego y pobre que vive en Marrakech.
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