El reciente robo de nueve joyas de valor “inestimable” en el emblemático Museo del Louvre ha conmocionado al mundo artístico y cultural. El golpe, ejecutado en la célebre Galería de Apolo, símbolo del fasto monárquico y uno de los espacios más icónicos del museo más visitado del planeta, ha generado un clima de inquietud entre los amantes del arte y ha puesto de relieve la fragilidad de la seguridad en las principales instituciones culturales de París.
El robo se ha producido durante la mañana del domingo, cuando la tranquilidad habitual en el célebre espacio se ha roto tras la infiltración de tres encapuchados, según el recuento hecho por Le Parisien, a través de una entrada en obras cerca de los muelles del Sena. Sin activar alarmas, aprovecharon la falta de vigilancia efectiva para desplazarse mediante un montacargas directamente hasta el punto crítico. Dos miembros de la banda destrozaron las vitrinas de Napoleón y la Emperatriz, mientras el tercero permanecía en guardia fuera de la sala. Dentro de la espectacular colección sustrajeron nueve piezas únicas, entre las que destacan collares, tiaras y broches pertenecientes a los tesoros históricos de la monarquía francesa.
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“Cuesta imaginar que sea tan fácil robar en el Louvre”
El impacto del robo fue inmediato en los pasillos y alrededores de la pirámide de vidrio. “La policía corría cerca de la pirámide e intentaba entrar al Louvre por las puertas laterales de cristal, pero estaban cerradas e imposibles de abrir”, relataba una de las testigos, en declaraciones difundidas por Le Parisien. Por suerte, durante la fuga de los criminales, se pudo recuperar una corona de las múltiples piezas que habían sustraído del museo.
Ariel Weil, alcalde de París Centro, ha expresado su consternación ante el suceso: “Es un shock… Cuesta imaginar que sea tan fácil robar en el Louvre”. Sin embargo, lo cierto es que las autoridades no deberían estar del todo sorprendidas, a tenor de los numerosos avisos que habían llegado en las últimas semanas y que planteaban ya esas “cuestiones de seguridad” a las que ha hecho referencia Weil.
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Robos “profesionales”
Apenas un mes antes del asalto al Louvre, el Museo Nacional de Historia Natural de París sufrió un robo de características igualmente graves. Del interior de la galería de geología y mineralogía, ubicada en el histórico distrito 5, un grupo de ladrones robó muestras de oro nativo con un valor estimado de 600.000 euros, si bien las autoridades tildaron su pérdida como “incalculable” en términos históricos. Según explicó la oficina de prensa del museo, el oro nativo fue sustraido gracias a una estrategia meticulosamente ejecutada: los autores accedieron con varias herramientas para forzar el acceso a una de las salas más protegidas, en pleno corazón de la capital.
Emmanuel Skoulios, director del museo, sostuvo ante los medios franceses que aquel había sido el trabajo de "un equipo extremadamente profesional, que conocía perfectamente a dónde debía ir y que contaba con equipo especializado". Además, pronto emergió la sospecha de un posible ciberataque en julio para desactivar parte de los sistemas de alarma, aunque no se pudo determinar si estaban operativos al momento del crimen. El museo cerró su galería de mineralogía para revisar posibles daños adicionales e identificar otras piezas desaparecidas, pensando en el destino probable de estos objetos: la fundición para facilitar su reventa en el mercado negro.
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Otros atracos y protestas por la falta de personal
La oleada de robos en museos franceses no se limita a estos dos célebres casos. El Museo Nacional Adrien Dubouché, en Limoges, sufrió en septiembre la sustracción de porcelanas catalogadas como tesoros nacionales, con pérdidas estimadas en 6,5 millones de euros. En noviembre anterior, el Museo Cognacq-Jay fue escenario de otro atraco en pleno día, donde cuatro individuos armados con hachas y bates sustrajeron obras del siglo XVIII. También se recuerda el célebre golpe al Museo de Arte Moderno en 2010, donde el principal sospechoso, Vjeran Tomic, apodado Spiderman, robó lienzos valorados en más de 100 millones de euros, ayudado por detectores de movimiento inservibles y una vigilancia pasiva.

Todos estos sucesos han reavivado el debate sobre la suficiencia de los sistemas de protección en los museos y el riesgo asociado a la escasez de personal. Trabajadores del Louvre ya advertían en junio, durante la protesta que cerró temporalmente la institución, que esta precariedad podría tener consecuencias imprevisibles que ahora se han visto cumplidas.
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