
A la hora de calibrar la calidad de una película de ciencia ficción, podemos fijarnos en muchos aspectos. Algunos de ellos son más generales, como si la historia es buena, la música nos gusta o los actores cumplen con su papel. Ahora bien, a la hora de imaginar un futuro, más cercano o lejano, marcado por el avance de la tecnología, también podemos pararnos a pensar en si realmente esa parte de la película está bien trabajada, y en si nos resulta creíble e interesante el mundo que nos están planteando.
En ese sentido, pocas películas han logrado dar en el clavo como Gattaca (1997), o al menos, así lo consideró en su momento la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) cuando la eligió como la cinta ciencia ficción más realista de todos los tiempos después de una votación realizada por sus propios científicos, quienes argumentaron que el largometraje dirigido por Andrew Niccol presentaba “un futuro plausible y mucho más realista que lo visto en otras cintas más fantasiosas”.
El orden de los genes
Lejos de un éxito inmediato en taquilla tras su estreno en 1997, la cinta protagonizada por Ethan Hawke, Uma Thurman y Jude Law ha construido con el tiempo un estatus de película de culto. Su trama sitúa al espectador en un mundo en el que la ingeniería genética condiciona elementos tan básicos como el trabajo que puedes o no desempeñar, y por extensión, tu propio estatus en la sociedad. Al fin y al cabo, ¿qué empresa querría a un empleado con una genética empobrecida o incluso defectuosa, por más experiencia laboral que acumulara o preparación académica con la que llegara bajo el brazo? Es por eso que, en este universo, las familias pueden planear el porvenir de sus hijos manipulando su genética, un recurso ético y narrativo que da pie a interrogantes sobre el libre albedrío y la discriminación genética.

Vincent Freeman, el personaje central encarnado por Hawke, enfrenta las limitaciones impuestas por haber nacido con una deficiencia cardíaca. Pese a esa desventaja, desafía el sistema al suplantar la identidad de Jerome Morrow (Jude Law), un individuo de genes perfectos pero, a causa de un accidente, forzado a permanecer en una silla de ruedas. A partir de esta premisa, se construye una historia en torno a la propia condición humana y en qué puede resultar más determinante, si el lugar del que partimos o la voluntad que nos acompaña una vez empezamos nuestro viaje.
La parte más ‘oscura’ del ser humano
El realismo de Gattaca, en este sentido, no debe identificarse tan solo con la plausibilidad de que en algún día se aplique de forma generalizada la ingeniería genética para la reproducción humana. Y es que la película también apela a la desmedida ambición humana que puede contribuir a construir la distopía que plantea. Prueba de ello es que, para su estreno, como parte de la campaña de marketing se decidió publicar varios anuncios para que la gente llamara y modificara genéticamente a sus hijos. Miles de personas marcaron el número para solicitar este servicio.
Por otro lado, con una imagen personalísima del futuro, Niccol erige una estética ciertamente vintage para hablarnos del futuro, dado que la mayoría de edificios que aparecen pertenecen a un movimiento arquitectónico conocido como brutalismo, muy popular en la década de 1950. Por su parte, los tres intérpretes principales están a un nivel muy alto, reflejando todos los conflictos internos de cada uno de sus respectivos personajes con una melancolía solo equiparable a la de su banda sonora. Ethan Hawke y Uma Thurman, por cierto, comenzarían a salir juntos durante el rodaje, se casarían al año siguiente y tendrían dos hijos, si bien se acabarían divorciando en el año 2005.
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