El colectivo Moriarti (Jon Garaño, Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi), responsable de películas como Loreak, La trinchera infinita, Marco o la serie Cristóbal Balenciaga, ha presentado en el Festival de San Sebastián su último trabajo, la muy valiente Maspalomas, en la que se habla de la vejez y la homosexualidad en el colectivo LGTBI, un tema pocas veces explorado y que aquí se aborda con una enorme delicadeza.
La película aborda sin rodeos la vida sexual de los mayores homosexuales, despojando a la pantalla de eufemismos y tabúes, y apostando por una sinceridad que, según han afirmado los propios creadores, constituye una declaración de principios.
De qué va ‘Maspalomas’
El filme narra la historia de Vicente, un hombre mayor que, tras haber vivido su homosexualidad con libertad en Maspalomas, se ve forzado a regresar a su ciudad natal en Euskadi después de sufrir un ictus y quedarse sin recursos tras una separación.
La vuelta implica su ingreso en una residencia de ancianos, un entorno donde la identidad sexual se diluye y la represión reaparece, constituyendo una metáfora sobre “la vuelta al armario”, un proceso que, tal y como han afirmado en la rueda de prensa, descubrieron que afectaba a muchas personas mayores LGTBI al ingresar en las residencias: tenía que aparentar que eran heterosexuales por el enorme rechazo y la homofobia que generaba.

La residencia, en la que Vicente debe convivir con personas que simpatizan con Vox, se convierte en un microcosmos de la sociedad, donde la pérdida de derechos y la presión por la homogeneización se hacen palpables.
Para los cineastas, la residencia simboliza ese espacio donde se ejerce una “especie de violencia estructural” y donde los armarios, lejos de desaparecer, se reconfiguran constantemente.
De la libertad a la represión
La estructura de Maspalomas se divide en dos partes diferenciadas. La primera, ambientada en la localidad canaria, muestra sin tapujos la vida sexual y la libertad de su protagonista, con un tono más lúdico y desinhibido.
La segunda, tras el regreso a Euskadi, adopta una austeridad más reconocible en el cine de los Moriarti, reflejando la represión y el conflicto interno de Vicente. Esta dualidad permite a los directores explorar tanto la plenitud como la vulnerabilidad de la vejez homosexual, evitando los clichés y apostando por una mirada honesta y política sobre el presente.
El tratamiento de las escenas de sexo supuso uno de los principales retos para Arregi y Goenaga, ya que querían abordar ese tema sin tabúes. La película también reflexiona sobre la autocensura y la presión ideológica que domina nuestro presente.

El origen de Maspalomas se remonta a un viaje de Goenaga a la localidad canaria, donde percibió un aire de libertad sugerente, nuevo y hasta extraño. Más tarde, al conocer testimonios de personas mayores obligadas a ocultar su orientación sexual en residencias, vio en ello una “metáfora cruel de este tiempo en el que se pierden derechos”. Los directores piensan que la sociedad sigue estigmatizando tanto la vejez como la homosexualidad.
El actor José Ramón Soroiz, quien encarna a Vicente con una mezcla de arrojo y emoción, está espléndido.
Un acto de resistencia
El reparto, junto a una puesta en escena que alterna lirismo y crudeza, convierte Maspalomas en el trabajo más logrado de sus directores.
En el trasfondo de la película late una reflexión sobre la resistencia y la libertad en tiempos de retrocesos sociales. “Resistir es algo más que simplemente una opción”, han dicho subrayando el carácter político de una obra que no rehúye el conflicto ni la incomodidad.

La película, al igual que en su día La ley del deseo de Pedro Almodóvar, aspira a abrir un espacio en la mirada del espectador y a desafiar los estigmas que aún persisten en torno a la vejez y la diversidad sexual.
Maspalomas se presenta así como una obra que, desde la sinceridad y la valentía, reivindica el derecho al placer, la identidad y la visibilidad de los mayores LGTB, y lo hace con una contundencia irrefutable.
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