
Las grandes revoluciones de la historia pueden surgir, en ocasiones, de hechos muy pequeños en comparación. Tan minúsculos como que, a mediados del siglo XIX, un hongo se cuele en una patata, y luego en otra, y en otra, provocando una gran hambruna que acabaría siendo la causa principal para que los irlandeses y escoceses decidieran marcharse a Estados Unidos. Entre los descendientes de esos primeros migrantes, por cierto, podrían contarse presidentes tan importantes como George Washington (de ascendencia escocesa), John F. Kennedy o Joe Biden (con antepasados irlandeses).
En definitiva, a veces los incidentes a pequeña escala pueden tener efectos imprevisibles y decisivos para la historia de un país. Así, mientras Europa sufría la famosa crisis de la patata, en otro país, que hasta unas décadas antes había sido colonia española, estaba a punto de sufrir un violento incidente a raíz de un trozo de sandía.
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El incidente de la tajada de sandía
Era 15 de abril de 1856 cuando un hombre llamado Jack Oliver acababa de desembarcar en el puerto de Colón, en el recién proclamado Estado Federal Soberano de Panamá. Junto a otros tantos estadounidenses, se encontraba esperando a que la marea cambiara para poder continuar su viaje a Estados Unidos, cuando decidió comerse un trozo de sandía de un puesto de frutas con el que topó cerca de la playa Prieta.
“Las versiones sobre el suceso son contradictorias y tienden a exagerar los méritos y las culpas de cada uno de los participantes”, advierte el economista y doctor en sociología jurídica Juan Santiago Correa, en un artículo académico. “Lo que sí es claro”, continúa, es que Oliver, “en medio de un fuerte estado de embriaguez, acompañado de dos o tres personas, se negó a pagar un real, equivalente a diez centavos de dólar”, por el trozo de fruta que se acababa de comer.
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Esto no le gustó nada a José Manuel Luna, el frutero al que acababan de ‘robarle’ una tajada de sandía, por lo que, según los informes legales del caso, le advirtió: “Cuidado, no estamos en Estados Unidos, págame mi real y estamos en paz”. Para resultar más persuasivo, decidió empuñar un cuchillo en la mano. Así comenzó una trifulca que empeoró cuando Oliver sacó el revólver, y otro de los allí presentes se lo quitó tras un forcejeo y salió corriendo.
Esta acción desencadenó un tiroteo que alertó a los vecinos, que salieron con machetes para defenderse, y a otros estadounidenses, que no dudaron en defender a sus paisanos. Se incendiaron edificios, medió un regimiento de soldados y la guardia del gobernador, a quien, por cierto, dispararon en el sombrero. El caso es que, apenas una hora después, se puso fin a una pelea que dejó dieciocho muertos: dieciséis norteamericanos y dos panameños.
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Una cuantiosa indemnización
Curiosamente, señala Correa, Oliver no apareció “en las listas de heridos o muertos y es muy probable que hubiera continuado su viaje”. No fue consciente, tal vez, de que la pelea que había iniciado por un trozo de sandía que no quiso pagar era una de las primeras desavenencias entre Estados Unidos y Panamá, dos países que se encontraban estrechamente relacionados después de la firma de un tratado, pocos años antes, por los que los norteamericanos tenían derecho a tránsito a través del istmo del país caribeño y estaban construyendo un ferrocarril.
Del incidente de la tajada de sandía, ambos países trataron de echarse la culpa mutuamente, un desacuerdo en el que incluso intentaron mediar otros países europeos, como Reino Unido, Francia y Ecuador. Finalmente, Estados Unidos, tras invadir la zona menos de medio año después, exigió que, en compensación por el conflicto, se les cedieran algunas islas de la bahía del Estado caribeño para usarlas como bases navales, además de una indemnización. Su poder era tal, que un año más tarde, la República de Nueva Granada -donde se incluía Panamá- firmó un tratado donde admitía su culpa y aceptaba pagar un total de 412.394 dólares en lingotes de oro.
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