París, 25 may (EFE).- Un globo que pasó por encima de su cabeza y entró en la pista. Ese fue el último golpe de Stan Wawrinka en Roland Garros, el torneo en el que el suizo ganó su segundo Grand Slam, allá por 2015, y en el que su temporada de retirada cayó en primera ronda contra el neerlandés Jesper de Jong, rescatado de la fase previa, 6-3, 3-6, 6-3 y 6-4.
Veintiuna ediciones en sus espaldas, una segunda final en 2017, una semifinal en 2016, dos cuartos (2013 y 2019) y tres octavos (2010, 2011 y 2012), el helvético ha sido una de las figuras del torneo, algo ensombrecido por su compatriota Roger Federer.
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A sus 41 años y después de seis sin que sus resultados fueran alentadores, Wawrinka ha decidido poner fin a una carrera en la que figuran tres de los cuatro Grand Slam, porque además de aquel Roland Garros de 2015 ganó el Abierto de Australia de 2014 y el de Estados Unidos de 2016.
Tres años mágicos en los que la final de París de 2017 marcó el último momento álgido de su carrera, en la que atesoró 16 títulos y llegó a ser número 3 del mundo en un periodo marcado por el dominio incontestable de Novak Djokovic, Rafa Nadal y Federer.
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Esos tres jugadores fueron algunos de los que enviaron mensajes de felicitación a Wawrinka, proyectados en la pantalla de la pista Simonne Mathieu, donde recibió un trofeo conmemorativo de manos de la directora del torneo, Amelie Mauresmo.
"Vivir emociones como estas es lo que me ha llevado a alargar tanto mi carrera", dijo el suizo, que aseguró haber podido cumplir su sueño "gracias a torneos como Roland Garros", el de ser un jugador profesional.
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A la felicitación se sumaron Jannik Sinner, Carlos Alcaraz o el francés Gael Monfils, que también vive su último año profesional.
"Es duro decir adiós desde aquí. Ha sido algo excepcional para mi poder jugar en esta pista y me hubiera gustado seguir muchos más años. Pero aquí se acaba la historia", dijo, al borde de las lágrimas el jugador, nacido en Lausana el 28 de marzo de 1985, profesional desde 2002, una de las estampas más conocidas del circuito.
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Como sus victorias habían empezado a escasear había caído en el ránking, pero los organizadores de Roland Garros le reservaron una de sus invitaciones para que pudiera despedirse del torneo.
Wawrinka no quiso hacer un adiós muy sonado, porque como él mismo dijo todavía va a seguir jugando unos meses más, pero sí dejó trasparentar la emoción de poner punto final a su historia con uno de los torneos que más felicidad le ha otorgado.
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Con especial atención a aquel 2015 en el que la ausencia de Rafa Nadal por lesión dejaba una oportunidad a sus oponentes para apuntarse un torneo que el español casi había monopolizado.
Todo apuntaba a que por fin el serbio Djokovic podría sumar el Grand Slam que faltaba en sus vitrinas, pero en aquella final emergió un Wawrinka explosivo, que a base de golpes duros le derrotó en cuatro sets.
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Dos años más tarde volvió a plantarse en la final, pero esta vez no pudo plantar cara a un Nadal en plena forma, que le derrotó en tres sets.
Fue la revancha de la final del Abierto de Australia de 2014, cuando el suizo dio la sorpresa para derrotar al español, entonces número 1 del mundo, tras haber apeado en cuartos a Djokovic, número 2.
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Al serbio también le derrotó en la final del Abierto de Estados Unidos de 2016, de nuevo en cuatro sets, de nuevo con el número 1 en la espalda de su rival.
Durante años, Wawrinka ha sido considerado un elemento diferencial del circuito y su carrera, su humildad y su simpatía le han convertido en uno de los jugadores más queridos. EFE
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