Madrid, 27 abr (EFE).- El Museo del Prado presenta ‘El año del hambre de Madrid’ (1818), una obra de José Aparicio que pasó de ser el cuadro más famoso y apreciado del recién estrenado museo, un verdadero “icono pop”, a ser calificado de “horrendo” y “esperpento”.
El enorme cuadro, de más de 3x4 metros, representa a unos famélicos y casi moribundos madrileños que rechazan un trozo de pan ofrecido por las tropas francesas, prueba de la “constancia española” ante la invasión napoleónica.
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En su día, el cuadro más popular y admirado, y el más apreciado por Fernando VII, comenzó su caída en picado al considerarse incompatible con el discurso liberal tras la Revolución de 1868, hasta el punto de que fue proscrito y enviado en un periplo por museos e instituciones.
“De la fama y la aclamación al ostracismo museográfico y ser expulsado del Prado”, ha resumido el director del museo, Miguel Falomir.
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El retorno al Prado, de modo temporal y sólo hasta el 13 de septiembre, ofrece la oportunidad de reflexionar sobre los vaivenes del arte y de la crítica, la propaganda, la invención del gusto y el papel de los museos, ha explicado.
‘El año del hambre en Madrid’ representa el recuerdo de una catástrofe, la ambición política con la que fue concebido, los malentendidos en su recepción y la erosión de su prestigio.
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Aclamada como un gran hito artístico de su tiempo, jaleada en la prensa, multiplicada en estampas, celebrada en canciones y poemas, esta pintura de historia también sirvió como propaganda política y prueba de fidelidad incondicional al absolutismo reestablecido por Fernando VII, tras su regreso del exilio en Francia.
De hecho, la inscripción "Nada sin Fernando” grabada en una de las pilastras de la escena, reforzaba esta carga propagandística y convertía una catástrofe reciente en instrumento de legitimación para el monarca.
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El lienzo fue el gran protagonista en la apertura en 1819 del Museo Real de Pintura y Escultura, como se llamó inicialmente el Prado, y convertida en uno de sus principales iconos, por encima de obras como ‘Las meninas’, de Velázquez, y del propio Goya, de quien no se incluyeron más que dos retratos reales.
De hecho, documentos del archivo del Museo detallan cómo el cuadro de Aparicio estaba valorado en 60.000 reales, mientras que ‘Los fusilamientos de patriotas madrileños’, más conocido como ‘Los fusilamientos del 3 de mayo’, de Goya, no pasaba de los 8.000 reales y no estaba expuesto por ser considerado “casi un boceto”.
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Sin embargo, la extrema popularidad que alcanzó ‘El año del hambre en Madrid’ terminó por agriarse cuando otras sensibilidades comenzaron a aflorar y a desconfiar de una imagen demasiado elocuente, demasiado célebre, demasiado eficaz, han explicado los comisarios, Celia Guitarte y Carlos G. Navarro, que han reconstruido el periplo de la obra.
De hecho, la fama de esta obra se mantuvo constante hasta 1872, momento en que el recién nacionalizado Museo de Pintura y Escultura y el Museo de la Trinidad son anexionados lo que obliga a decidir en apenas unos años lo que se quedaba dentro y lo que forzosamente debía ir fuera del edificio de Villanueva.
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Es en ese momento cuando “el cuadro del hambre” sale del Museo y Goya se alza como uno de los emblemas del afianzamiento de la pintura española en el Prado.
Con su traslado al Ministerio de Fomento en 1874, 'El año del hambre en Madrid' se convirtió no solo en el primer depósito de pintura que el Prado realizó en su nueva etapa como museo nacional, sino también en el primero en teñirse de razones ideológicas.
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Hasta hoy, cuando el Museo del Prado recupera esta “horripilante” obra como prueba de que, e palabras del director, “nunca miramos un cuadro inocentemente, sino influidos por un contexto estético, social y político”. EFE
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