La terapia con animales que levanta el ánimo en las residencias de mayores: “Vuelven a sentirse valiosos para otros”

La compañía de los perros ayuda a la comunicación entre los residentes y fomenta su movilidad

Cada dos semanas, Luna visita una residencia de mayores en Madrid para llevar a cabo una sesión de terapia. Los residentes la cepillan, le dan de comer y juegan con ella, mejorando su estado de ánimo, su socialización y sus habilidades motoras.

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Juan José, alias JJ, lleva tres años y dos meses viviendo en la Fundación San Diego y San Nicolás. Cambiar su hogar de siempre por una residencia significó, para él, dejar atrás a sus mascotas. “He tenido muchos perros, más de lo que puedo contar: un bóxer, un dálmata, un gran danés... Me encantan los animales”, cuenta a Infobae. Cada dos semanas, JJ vuelve a recuperar esa parte de su vida con la visita de Luna, una perrita que, de la mano de la Fundación Sentido Animal, le ayuda a hacer terapia.

“Te entretienes y disfrutas de la compañía de un animal”, dice, sonriente. Durante una hora, JJ y sus compañeros se olvidan de los problemas de la edad y recuerdan, con cariño, cuando era él quien impartía los cuidados y no al que debían cuidar.

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Miriam Sainz, adiestradora, y Gloria Muñoz, terapeuta ocupacional, son quienes dirigen la sesión. Junto con Luna, logran que los residentes realicen ejercicios de rehabilitación física, comunicación o estimulación cognitiva. “Luna lo que ayuda sobre todo es a socializar un poco entre ellos. Aprenden también nuevas habilidades comunicativas y sociales; les ayuda también a mejorar el funcionamiento del tren superior, a caminar un poco más en las terapias...” explica Muñoz.

Perros contra el deterioro cognitivo y la soledad no deseada

JJ da de comer a Luna en un ejercicio.
JJ da de comer a Luna en un ejercicio. (Lydia Hernández Téllez)

La terapia con perros lleva tiempo implantándose en residencias de mayores como una forma de trabajar la actividad física, la estimulación sensorial y cognitiva, a la par que paliar el sentimiento de soledad. “Está muy demostrado que la interacción con animales puede impactar positivamente en la salud de las personas”, explica a Infobae Nazaret Hernández, directora de la Fundación Acavall, que lleva a cabo estas mismas terapias desde Valencia.

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Las personas mayores que viven en residencias son “una población vulnerable”, indica la especialista, tanto por lo delicado de su salud como por el contexto residencial en sí. “Significa, de alguna manera, una ruptura con el día a día que vivían estas personas cuando estaban en sus casas”, dice. “Hay veces que el día a día de las residencias implica para muchas personas no salir de allí. Entonces, sus oportunidades de contactar con otras personas y, en este caso, otros seres vivos, como son los animales, pues están bastante limitadas”, agrega.

Luna es acariciada por una de las residentes.
Luna es acariciada por una de las residentes. (Lydia Hernández Téllez)

Para muchos, la visita de un animal supone una motivación extra para trabajar en su salud y volver a recuperar una parte de la vida anterior. “El perro no es el terapeuta”, aclara Hernández, sino que “los profesionales de la salud aprovechan esa motivación para la estimulación cognitiva, emocional y física”.

La terapia es sencilla: se adaptan actividades y cuidados que requiere una mascota para que los mayores puedan hacerlos. “Juegan a tirarle la pelota, a tirar de la cuerda, les acarician, les cepillan... todo eso tiene una estimulación en la dimensión física”, dice Hernández. En otras ocasiones, se crean o acomodan juegos de toda la vida, como la oca o la ruleta, para facilitar la interacción con el animal y entre ellos mismos.

Moverse y levantarse para jugar no es el único objetivo. “Actividades tan sencillas como cepillar nos permiten poner a la persona en el lugar del cuidador y de ser valiosos para otros, volver a sentir que ellos son los que dan y no los que reciben”, explica.

Isabel, residente de la Fundación San Diego y San Nicolás, peina a Luna.
Isabel, residente de la Fundación San Diego y San Nicolás, peina a Luna. (Lydia Hernández Téllez)

Este trabajo, además, les ayuda también a activar la memoria. “Recuerdan su infancia o su madurez, sus momentos pasados, porque todo el mundo tiene algo que contacte con perretes”, dice Miriam Sainz desde la Fundación Sentido Animal. En el contexto de una residencia, esta respuesta es muy importante. “Muchas veces hay mucho aislamiento por parte de las personas mayores porque, aunque estén viviendo en conjunto, no hay mucho contacto entre ellas. Todo eso nos sirve para que haya comunicación espontánea”, dice la adiestradora.

De vivir en la calle a visitar residencias: la historia de Luna

Luna, perra de terapia.
Luna, perra de terapia. (Lydia Hernández Téllez)

No cualquier perro puede convertirse en un animal de intervención: tienen que cumplir una serie de requisitos. “Deben ser perros que no se exciten mucho, que tengan una cierta estabilidad emocional”, dice Hernández. “También vamos a necesitar que les gusten mucho las personas, porque continuamente están conociendo gente nueva”, agrega. Estos animales también deben dejarse acariciar y ser capaces de hacer un buen aprendizaje.

Tampoco hace falta una raza en concreto. “Labradores o golden retriever suelen estar más presentes, pero perros mestizos, grandes o incluso los tipificados como potencialmente peligrosos pueden ser grandísimos perros de intervención”, asegura.

Con estos criterios, la Fundación Sentido Animal eligió a Luna. “La habían encontrado en la calle y llevaba tres días en una protectora”, cuenta su adiestradora. Con un poco de trabajo, la especialista comprobó que la perrita era ideal para una sesión con personas mayores. “Era muy adaptativa, hacía cualquier cosa que le proponías y, sobre todo, le encantaba la gente. Es una perrita muy sensible”, afirma. Para los mayores que la reciben, como JJ, Luna se ha convertido en una nueva amiga. “Es una perrita muy simpática y pasamos un día excelente con ella”, celebra.

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