Adiós a las campanas extractoras tal y como las conocíamos: esta es la nueva alternativa que atrapa los olores antes de que se dispersen

Las cocinas abiertas han convertido los olores de la comida en un problema que puede llegar hasta el salón o los dormitorios. Miguel Gómez, creador de contenido especializado en reformas, explica por qué una campana convencional puede ser eficaz contra el humo, pero no tanto contra los olores

Una olla echa vapor sobre una cocina eléctrica bajo una campana extractora, junto a un radiador y una ventana.
La campana tradicional, la que cuelga sobre los fogones, se basa en un principio simple: el aire caliente sube (Imagen Ilustrativa Infobae)
Guardar

No debe haber mucha gente que disfrute de que su casa huela a pescado. Seguramente alguna haya, por haber, pero cualquiera estará de acuerdo -o, según quién, debería estarlo-, en que es un olor que sería preferible no tener incrustado en las fosas nasales. Pero el punto no es el pescado ni señalar a quien pudiera plantearse elegir un ambientador eau de surströmming para dejar en la mesilla de noche.

Para ayudar a deshacerse de ese olor a pescado y a cualquier otra cosa, en las cocinas se utilizan las campanas extractoras. Si además se abre la ventana y se cierra la puerta, el olor queda contenido y al rato se disipará. El tema es que cada vez son más comunes —y seguramente tenga mucho que ver con el precio del metro cuadrado— las cocinas abiertas o cocinas salón que, al no tener puerta que las aísle de otras estancias, permiten el paso del aire cargado de unidades de olor a los metros cúbicos del resto de la casa.

PUBLICIDAD

En este caso, el arreglo no es poner otra campana ni dejar de cocinar: Miguel Gómez, creador de contenido especializado en reformas de cocina, explica en una publicación reciente en su perfil de Instagram (@forma_cocinas) que la solución está en la ubicación del extractor.

No es cuestión de potencia, sino de ubicación

La campana tradicional, la que cuelga sobre los fogones, se basa en un principio simple: el aire caliente sube. Cuando algo se cocina, el vapor y el humo ascienden de forma natural hacia el techo, donde espera la campana. Es un sistema que trabaja bien con el humo, pero se queda corto con el olor, que no tiene por qué seguir ese mismo trayecto hacia arriba.

PUBLICIDAD

Gómez, que comparte sus explicaciones a través del canal @formas_cocina, lo resume sin rodeos: “El humo y el olor no se comportan igual”. Y hay que darle la razón. El humo está hecho de partículas visibles y calientes que, al ser ligeras, ascienden con cierta lógica predecible. El olor, en cambio, se compone de moléculas volátiles e invisibles que, apenas se liberan, se dispersan en todas direcciones sin respetar ningún patrón.

Una campana extractora de superficie (VisualesIA Scribnews)
Una campana extractora de superficie (VisualesIA Scribnews)

La alternativa que gana terreno, según los profesionales del sector, es la campana de superficie, integrada directamente en la placa de cocción. En lugar de esperar a que el aire caliente suba varios centímetros hasta la zona de succión, este sistema actúa justo en el punto donde se cocina, sin darle tiempo al olor a dispersarse. El campo de acción es más pequeño que el de una campana de techo o de pared, cierto, pero mucho más certero en su radio inmediato.

Gómez lo demuestra con un ejemplo sencillo: pone un gambón y una loncha de beicon sobre la plancha y deja que se vea la diferencia. “Si yo cojo esta gamba ya huele y va hacia todas las direcciones. El humo, sin embargo, se va a canalizar directamente en nuestra campana como estáis viendo”, explica. Y añade la clave de todo el sistema: “Ahora bien, si eso lo sabemos, esta campana crea un campo, y eso hace que el olor, en vez de irse para allá, haga así con el aire porque viaja en la partícula”, detalla, mientras traza con la mano el recorrido invisible que sigue el extractor incorporado en la encimera.

Una vez que el aire entra en el sistema, todavía queda una fase por delante: el filtrado, que se hace en dos pasos. Los filtros metálicos retienen la grasa y las partículas más grandes, mientras que los filtros de carbón activo se encargan de la parte menos agradecida, absorber el olor propiamente dicho. Ninguno de los dos elimina el problema del todo -esto conviene tenerlo presente-, pero entre ambos consiguen reducirlo de forma considerable.

Toda ventaja tiene su letra pequeña, y aquí llega en forma de mantenimiento. Al estar integrada en la encimera, la limpieza de este tipo de campanas resulta más laboriosa que la de un modelo convencional: hay que retirar rejillas o tapas visibles, lavar los filtros de grasa -muchos aptos para el lavavajillas, por suerte- y meterse en el interior con productos desengrasantes suaves.

Como trabaja tan cerca del foco de cocción, la grasa se acumula con mayor facilidad que en una campana de techo, así que toca limpiar con más frecuencia. Los filtros de carbón activo, en cambio, no se lavan bajo ningún concepto: cuando llega su momento, simplemente se cambian por otros nuevos.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD