La ansiedad podría tener su origen en la cantidad de azúcar que comiste en la infancia

Un estudio apuntan que los adultos que consumieron menos dulces siendo niños podrían tener menos riesgo de problemas de salud mental

Un niño comiendo galletas (Magnific)
Un niño comiendo galletas (Magnific)
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Lo que comemos durante los primeros años de vida podría influir en nuestra salud mental mucho más tiempo del que imaginamos. Así lo sostiene una investigación con más de 46.000 personas que ha descubierto una relación entre un mayor consumo de azúcar durante la gestación y la primera infancia y más riesgo de desarrollar ansiedad en la edad adulta.

El estudio, publicado en Translational Psychiatry y dirigido por la Universidad de Surrey (Inglaterra), analizó a más de 40.000 personas nacidas en el Reino Unido entre 1951 y 1956, aprovechando una circunstancia excepcional que permitió comparar distintos niveles de consumo de azúcar durante los primeros 1.000 días de vida: el periodo de posguerra y el sistema de racionamiento. Quienes estuvieron expuestos durante más tiempo a la restricción alimentaria presentaron un 33% menos de riesgo de ansiedad décadas después. La asociación con la depresión también apareció, aunque fue más débil y menos consistente.

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La investigación plantea así una cuestión de fondo: ¿puede la alimentación durante una etapa tan temprana del desarrollo dejar una huella duradera en el cerebro y modificar nuestra vulnerabilidad frente a los trastornos mentales?

Los primeros mil días de vida

La investigación se centra en un periodo que comienza en la concepción y se extiende hasta aproximadamente los dos años de edad. Son los llamados primeros 1.000 días, una etapa en la que el cerebro experimenta un crecimiento extraordinario y en la que factores como la nutrición pueden tener efectos duraderos sobre el desarrollo.

Para estudiar esta posible relación, los investigadores dividieron a los participantes en siete grupos según el tiempo que estuvieron sometidos a la restricción de azúcar. Quienes acumularon unos 270 o 425 días de exposición no mostraron diferencias claras respecto al grupo que nunca estuvo racionado. De hecho, La asociación con un menor lriesgo de ansiedad comenzó a aparecer a partir de unos 635 días y fue más marcada entre quienes estuvieron expuestos durante prácticamente todo ese periodo temprano.

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El resultado más destacado corresponde al grupo que acumuló unos 1.000 días de restricción. En comparación con quienes no experimentaron ningún racionamiento, su riesgo de ansiedad fue un 33% menor y el de depresión, un 29% menor.

Un niño comiendo donuts (Magnific)
Un niño comiendo donuts (Magnific)

Una de las preguntas inmediatas es si estas personas simplemente mantuvieron durante toda su vida una dieta con menos azúcar. Los datos no apuntan en esa dirección. El consumo de azúcar en la edad adulta fue prácticamente idéntico entre los diferentes grupos. Tampoco hubo diferencias relevantes en la preferencia por los alimentos dulces, salvo una pequeña variación en el grupo con mayor exposición al racionamiento.

Cuando los investigadores tuvieron en cuenta además el consumo de azúcar en la edad adulta, la asociación con la ansiedad no desapareció. De hecho, se hizo algo más intensa. Esto sugiere que, al menos en los datos analizados, el resultado no puede atribuirse simplemente a que quienes estuvieron expuestos al racionamiento siguieran comiendo menos azúcar durante el resto de su vida.

Qué puedo ocurrir en el cerebro

Para buscar una posible explicación biológica, el equipo analizó imágenes de resonancia magnética de 5.990 participantes. Encontró diferencias en varias regiones cerebrales entre los grupos, con un conjunto de áreas especialmente concentradas en el cerebelo y el tronco del encéfalo. Estas estructuras intervienen en procesos que van más allá de la coordinación del movimiento y participan también en determinadas funciones cognitivas y en la regulación de respuestas emocionales.

Los investigadores plantean que una menor exposición al azúcar durante periodos críticos podría haber influido en el desarrollo y la conectividad de determinados circuitos cerebrales. Sin embargo, esta explicación todavía es una hipótesis: el estudio observa asociaciones entre nutrición temprana, estructura cerebral y salud mental, pero no demuestra por sí solo una cadena causal.

La ansiedad aparece más tarde

Uno de los datos menos evidentes del estudio está en la edad de aparición de los diagnósticos. Entre las personas expuestas al racionamiento durante unos 1.000 días, la mediana de edad del diagnóstico de ansiedad fue de 61,3 años, frente a los 55,6 años del grupo de referencia.

En el caso de la depresión, las cifras fueron de 59,1 frente a 54,6 años. Esto apunta a que la posible asociación no se limita a una menor probabilidad de desarrollar estos trastornos. También podría estar relacionada con un retraso en el momento de aparición. No obstante, los autores advierten de que los registros diagnósticos anteriores a 1997 son incompletos, por lo que los casos ocurridos durante las primeras décadas de vida podrían estar infrarrepresentados.

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Una pista sobre el desarrollo cerebral

El estudio también investigó si la inflamación podía explicar la relación, pero los análisis realizados con proteína C reactiva no encontraron una vía clara entre la restricción temprana, la inflamación y la salud mental. Además, los investigadores reconocen varias limitaciones. No disponen todavía de datos suficientes para estudiar posibles mecanismos epigenéticos y algunas variables relacionadas con el estilo de vida se midieron únicamente en un momento determinado.

Por eso, el resultado no significa que reducir el azúcar durante el embarazo o la infancia sea una estrategia demostrada para prevenir la ansiedad. Su importancia está en otra parte: aporta nuevas evidencias de que la nutrición durante los primeros años de vida puede estar relacionada con la salud mental muchas décadas después.

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