
Muchos nos preguntamos dónde se encuentra la casa ideal. Aunque cada uno tiene sus estándares y sus condiciones, en algunas ocasiones la vida que queremos nos pide cambiar de ciudad o, incluso, de país. Esto mismo ha sido lo que ha hecho que Mandy y Lloyd viajasen por todo el mundo en los últimos cuatro años y medio en busca de su residencia soñada. Pero lo que ha sorprendido a sus seguidores es que, después de vivir en Australia, Tailandia o Vietnam, hayan escogido una granja abandonada en los Alpes japoneses.
La joven pareja, junto a su hija pequeña Lyla, ha emprendido una nueva aventura al comprar una akiya por apenas 22.000 dólares estadounidenses (unos 18.900 euros aproximadamente). “Una familia que persigue una vida que se siente un poco más lenta, un poco más intencionada y mucho más aventurera”, es como ellos mismos se describen en su página web. Por lo que la semilla de este proyecto comenzó a germinar mucho antes de poner un pie en la propiedad.
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Hace un par de años, mientras residían en Tailandia y Mandy estaba embarazada de Lyla, la pareja descubrió la existencia de las akiya, el término japonés utilizado para designar los millones de viviendas rurales abandonadas en el país asiático. En un principio, la idea de comprar una de estas propiedades parecía un sueño lejano. “No estábamos realmente en condiciones de comprar una en ese momento”, recuerda Lloyd, debido a contratos de alquiler a largo plazo y a su falta de experiencia previa en Japón.
Sin embargo, a principios de este año, decidieron alquilar una autocaravana para recorrer el país y evaluar si realmente se veían viviendo allí. La respuesta fue un rotundo sí. Utilizando el portal de Akiya Mart, localizaron una propiedad rural que se ajustaba a sus deseos: un lugar remoto pero rodeado de pistas de esquí y con fácil acceso a una gran ciudad. Durante los cinco meses en el proceso para adquirir la propiedad, con numerosas complicaciones legales, sumado a la barrera del idioma, “hubo bastantes momentos en los que pensamos que esto realmente no iba a salir adelante”, admite la pareja.
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“El comienzo de algo extraordinario”
La realidad al recibir las llaves en pleno verano y temporada de lluvias fue un verdadero choque de realidad. Al llegar, se encontraron con un jardín totalmente cubierto por la maleza, “como una selva en la parte delantera”, y una casa repleta de insectos y telarañas. Sin servicios básicos garantizados para su primera noche, tuvieron que recurrir a pedidos de emergencia en Amazon con aspiradoras, colchones y productos de limpieza para poder pasar la noche.
A pesar de la suciedad acumulada de lo que sospechan fue el “refugio de un soltero”, la casa de estilo tradicional japonés posee un encanto y potencial innegables. Cuenta con amplias habitaciones con suelos de tatami que planean reemplazar debido a su estado deteriorado, una cocina espaciosa con un gran ventanal y un baño típico japonés diseñado como un cuarto húmedo completo. “Un viejo y olvidado hogar en las montañas puede convertirse en el comienzo de algo extraordinario”, afirma la filosofía de la familia, que planea renovar el espacio habitación por habitación.
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La mudanza también les ha permitido integrarse en la comunidad local. Su vecino de al lado, el señor Matsumoto, quien solía ser el antiguo dueño y aún mantiene sus herramientas en el cobertizo de la propiedad, les dio una cálida bienvenida regalándoles verduras frescas como tomates, pepinos y okra de su propia cosecha. Además, en el interior de la granja, la familia ha descubierto pequeños tesoros históricos dejados atrás por los anteriores propietarios, incluyendo antiguos kimonos tradicionales y un pergamino con una pintura clásica de las montañas. “Podríamos rescatar solo esta parte... y así conservar algo del carácter original de la casa”, comenta Mandy entusiasmada al abrir el pergamino.

Con paciencia, optimismo y mucho trabajo físico, Lloyd y Mandy han comenzado a dar vida a su nuevo hogar. Saben que el camino de la restauración será largo y lleno de errores, pero se mantienen firmes en su propósito. Para ellos, este proyecto va más allá de reconstruir paredes y techos: “No se trata solo de renovar una casa. Se trata de construir una vida. Una llena de libertad, experiencias significativas y el coraje de elegir un camino diferente”, concluyen.
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¿Qué cambiarían si pudieran dar marcha atrás?
Pese a la felicidad que sienten por emprender su camino en su nuevo hogar, durante este trayecto han pasado por algunas cosas que les hubiera gustado saber antes de comprar la akiya. Un primer descubrimiento es que la compra de una propiedad no tiene relación con el estatus de visado; cualquiera puede adquirirla, pero esto no otorga la residencia ni permite abrir una cuenta bancaria local.
No obstante, todo el proceso se puede realizar a distancia con un poder de representación y sin necesidad de una cuenta bancaria japonesa, utilizando plataformas como Wise para transferir los fondos. Además, si se planea alquilarla en Airbnb, es crucial verificar la zonificación, ya que el alquiler a corto plazo está limitado por ley a 180 días anuales.
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La búsqueda y la estructura de la casa también presentan desafíos. Los listados oficiales locales (akiya banks) son difíciles de traducir. De este modo, la pareja recomienda a cualquiera que esté en su lugar usar preferiblemente portales como Mokomoko. Por otro lado, las casas construidas antes de 1981 no cumplen con las normativas de resistencia sísmica modernas, lo que afecta a los seguros y la reventa.
Del mismo modo, estas viviendas tradicionales carecen de aislamiento térmico convencional; sus paredes son muy delgadas para priorizar la ventilación y evitar el moho. Aunque esto previene la humedad, hace que los inviernos sean sumamente fríos. Por lo que tendrán que cambiar eso durante la pequeña reforma de la casa.
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Igualmente, el húmedo verano japonés provoca un crecimiento selvático de la vegetación, acompañado de una gran cantidad de insectos y de fauna silvestre —como monos, osos y “perros mapache”— atraída por los desechos de comida. Mientras, la barrera del idioma complica las reformas, ya que los contratistas locales no se comunican mediante mensajería con traductores, sino llamadas telefónicas directas. Aun así, la pareja sostiene que “las mayores oportunidades de la vida a menudo comienzan al otro lado de la incertidumbre”.
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