
Hace 100 años, la esperanza de vida en España apenas superaba los 41 años debido a la alta mortalidad infantil. Hoy, nuestro país encabeza la lista de países más longevos de la Unión Europea y es el tercero a nivel mundial con una esperanza de vida media que ronda los 84 años: 81,38 años para los hombres y los 86,53 años para las mujeres
Sin embargo, vivir más años no significa necesariamente vivirlos mejor. Un estudio de noviembre de 2025 revelaba que la salud de los españoles comenzaba a resentirse a partir de los 65, reduciéndose así su calidad de vida. Esta tendencia, que está suscitando cada vez más el interés de la ciencia, ha abierto una gran cuestión: por qué la longevidad está ligada, en muchas ocasiones, a sufrir más enfermedades.
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Melike Dönertaş y Linda Partridge, genetistas del Instituto Leibniz y de la University College London, respectivamente, han analizado en un reciente estudio publicado en la revista Nature Reviews Genetics una vieja hipótesis, la “sombra de la selección”, que ayuda a explicar por qué una vida larga tiene un coste biológico.
El trabajo de Handan Melike Dönertaş y Linda Partridge, publicado en Nature Reviews Genetics, ha analizado varios conjuntos de datos genéticos de gran tamaño y se apoya además en estudios que abarcan a cientos de miles de personas. La revisión sostiene que la selección natural pierde fuerza en la vejez y que ese debilitamiento deja margen para que prosperen procesos ligados a enfermedades asociadas a la edad.
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La idea que examinan no es nueva. Se formuló a mediados del siglo XX y parte de un principio básico de la evolución: la presión selectiva favorece sobre todo los rasgos que aumentan la capacidad de reproducirse y sacar adelante a la siguiente generación. Cuando esa función ya se ha cumplido, el estado físico del organismo pesa mucho menos en términos evolutivos. De ahí surge la llamada sombra de la selección: una zona de la vida, la vejez, en la que la criba natural actúa con menos intensidad.

Qué es la sombra de la selección y por qué afecta a la vejez
Ese marco teórico tiene dos consecuencias directas para la salud en edades avanzadas. La primera es que las mutaciones genéticas perjudiciales que solo se manifiestan cuando una persona ya es anciana no son eliminadas con eficacia por la evolución, porque para entonces la reproducción ya ha tenido lugar.
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La segunda es que se conservan genes útiles en la juventud aunque resulten dañinos más tarde. El artículo pone un ejemplo concreto: una variante genética que eleve el riesgo de cáncer en la vejez puede mantenerse si antes favorece la reproducción durante los 20 o 30 años.
Las autoras sostienen que los avances en genómica comparada, los estudios genéticos humanos a gran escala y los biomarcadores multiómicos del envejecimiento permiten comprobar con mucho más rigor predicciones evolutivas que antes eran difíciles de testar. En su artículo, las investigadoras escriben: “Los avances en genómica comparada, los estudios genéticos humanos a gran escala y los biomarcadores multiómicos del envejecimiento permiten ahora una comprobación rigurosa de las predicciones evolutivas”.
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Vivir más, reducir la morbilidad
El análisis no se limita a los seres humanos. Dönertaş y Partridge comparan cómo envejecen distintas especies, entre ellas la rata topo de larga vida, para identificar mecanismos biológicos con los que algunos animales parecen sortear parcialmente esa sombra evolutiva.
Esa comparación puede orientar la investigación sobre envejecimiento saludable en humanos. La lógica es que, si otras especies han desarrollado recursos biológicos para amortiguar los efectos tardíos de la selección débil, esos mecanismos pueden ofrecer pistas sobre cómo modificar el envejecimiento o sus consecuencias.
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Partridge, de University College London, plantea además un cambio de objetivo. “También replantea la meta: no simplemente prolongar la esperanza de vida, sino aliviar en parte los costes en la vida tardía de una biología que la selección natural optimizó para la vida temprana, de modo que una mayor parte de la vida se pase con buena salud”, indica la profesora Partridge.
El desgaste de las células
Las autoras recuerdan que existe una amplia variabilidad en la longevidad humana. Aun así, parten de una base general: envejecemos y acabamos muriendo porque las células se desgastan con el tiempo.
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En la segunda mitad de su revisión, las investigadoras apuntan que quizá sea posible desplazar en cierta medida las prioridades del organismo. “La sombra de la selección que permitió que evolucionara el envejecimiento ofrece ahora un marco para revertir sus consecuencias”.
Ese planteamiento enlaza la teoría evolutiva con los estudios mecanísticos y con la genómica humana. El objetivo, según las autoras, es que la investigación deje de limitarse a catalogar cambios asociados a la edad y pase a actuar sobre sus causas más altas en la cadena biológica, con la intención de comprimir la morbilidad y ampliar la vida saludable.
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