
Ir al veterinario es una de las situaciones que más estrés puede generar en muchos perros, incluso en aquellos que en otras situaciones se muestran tranquilos y sociables. El miedo puede aparecer desde el momento en que el animal reconoce el entorno clínico, percibe olores asociados a experiencias previas o anticipa manipulaciones que no siempre comprende. Sin embargo, especialistas en educación canina insisten en que este problema no es inevitable y que puede trabajarse con técnicas de refuerzo positivo.
El adiestrador canino Juan Manuel Liquindoli en uno de sus vídeos explica que uno de los puntos de partida fundamentales es aprender a interpretar correctamente las señales del animal. “Primero, volvernos especialistas en saber leer el lenguaje corporal del perro”, señala. En su intervención, insiste en que muchas veces los tutores no detectan los primeros signos de incomodidad: “Muchas veces estamos en situaciones donde el perro está dando señales de que tiene miedo y no nos damos cuenta”.
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Según el especialista, el error más común es reaccionar cuando el animal ya está desbordado. En cambio, propone actuar mucho antes: “No espero que esté temblando y que no dé más del miedo. Antes empiezo a trabajarlo”. Esta idea se repite como eje central de su enfoque: la prevención y la lectura temprana del estrés como herramientas esenciales para evitar que la experiencia veterinaria se convierta en un episodio traumático.

La clave es leer el lenguaje corporal
Uno de los pilares del trabajo con perros que temen al veterinario es la observación del lenguaje corporal. Orejas hacia atrás, tensión muscular, intentos de evitar el contacto visual, jadeo excesivo o intentos de huida pueden ser señales tempranas de incomodidad. Y detectarlas a tiempo permite intervenir antes de que el miedo escale. “Hoy es más fácil y hay más acceso a la información. Aprendamos sobre el lenguaje corporal de los perros para detectar en qué situaciones tienen miedo y poder intervenir”, explica.
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Además de la observación, el adiestrador subraya la importancia de respetar los tiempos del animal y no forzar situaciones. “Respetar los tiempos del perro y las distancias. A veces nos queremos apresurar y esto va en contra”, añade. En la práctica, esto implica permitir que el perro se acerque progresivamente al entorno veterinario sin obligarlo a enfrentarse de golpe a la consulta.
Otro de los recursos clave es la exposición gradual. En lugar de acudir directamente a una visita médica completa, se puede comenzar con acercamientos progresivos a la clínica, sin procedimientos invasivos. Esta estrategia permite que el perro vaya asociando el lugar con experiencias neutrales o positivas.
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También cobra especial importancia el uso del refuerzo positivo. Snacks, palabras tranquilizadoras y recompensas por comportamientos calmados ayudan a generar nuevas asociaciones emocionales. “Cuando el perro recibe refuerzo por comportamientos calmados, como permanecer quieto o aceptar tocar el veterinario, se fortalece su confianza”, explica el educador.
El trabajo no se limita al entorno veterinario. En casa, los expertos recomiendan realizar ejercicios de manipulación suave para que el perro se acostumbre a ser revisado sin presión: patas, orejas o el cuerpo en general pueden ser tocados de forma progresiva y siempre respetuosa. Esto reduce la sensibilidad del animal en contextos clínicos.
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Asimismo, la constancia es clave. Con práctica regular y un enfoque basado en la educación canina en positivo, muchos perros pueden cambiar su percepción del veterinario y pasar de la ansiedad a una mayor tolerancia. No se trata de eliminar por completo el estrés de forma inmediata, sino de construir una relación distinta con la experiencia, basada en la confianza y la previsibilidad.
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