
Hay relaciones que se convierten en una fuente constante de desgaste y, aun así, resulta difícil abandonarlas. Ocurre en las parejas, pero también en las amistades, en vínculos familiares o incluso en determinados entornos laborales. Desde fuera, muchas veces la reacción parece sencilla: si hace daño, irse. Sin embargo, para quien está dentro, romper ese lazo suele ser mucho más complejo de lo que aparenta.
La dificultad para soltar no responde necesariamente a una voluntad de permanecer en el sufrimiento. Tampoco es una cuestión de debilidad o falta de carácter. La psicología lleva años estudiando cómo los vínculos afectivos moldean nuestra manera de interpretar el dolor, la soledad y la necesidad de pertenencia. En muchos casos, la mente desarrolla mecanismos que empujan a mantenerse en situaciones dañinas incluso cuando existe conciencia del problema.
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Ese choque interno entre lo que se sabe racionalmente y lo que se siente emocionalmente explica por qué tantas personas permanecen durante años en relaciones que deterioran su bienestar. La psicóloga Mireia Rosa (@menteconmireia en TikTok) describe este proceso como una convivencia de distintas partes emocionales que compiten entre sí y que dificultan tomar distancia.
“Cuando me vienen pacientes a terapia y me dicen que no entienden por qué se están quedando en un sitio que les está haciendo daño, se lo explico de la siguiente manera”, señala la especialista. Según explica, dentro de cada persona conviven distintas dimensiones emocionales que reaccionan de forma diferente ante una relación conflictiva.
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Lo racional y lo emocional
“Primero encontramos nuestra parte adulta y sana, esa parte que es muy consciente de que esto que nos están haciendo no está bien y que no es justo”. Para Rosa, esa dimensión racional es la que permite identificar el daño y entender que existe un problema real. “Es la parte que nos hace ver la realidad y nos hace luchar”, añade.
Sin embargo, esa conciencia no siempre basta para romper el vínculo. La psicóloga sostiene que, frente a esa mirada racional, aparece otra parte mucho más vulnerable y emocional. “Después encontramos nuestro niño o niña interior, esa parte más vulnerable que seguramente ha estado herida en algún momento y que nos hace creer que tenemos que aferrarnos a esto, porque no vamos a encontrar nadie que nos quiera o vamos a estar solos”.
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Ese miedo a la soledad o al abandono se convierte, según los especialistas, en uno de los grandes motores de permanencia en relaciones dañinas. No se trata únicamente del temor a perder a una persona concreta, sino también de la sensación de vacío que puede surgir después de la ruptura. Muchas veces, el cerebro interpreta la pérdida afectiva como una amenaza emocional difícil de gestionar.
A ello se suma otro elemento que complica todavía más la situación: la idealización. “Y después encontramos nuestra parte más fantasiosa, esa parte que idealiza, nos hace idealizar a la otra persona y todo lo que hemos vivido y nos acerca un poco a la idea de quedarnos porque ha sido tan bonito que no lo podemos soltar”, explica Rosa.
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La memoria emocional suele seleccionar los momentos positivos y minimizar los episodios de dolor, especialmente cuando la relación ha estado marcada por etapas intensas de afecto o conexión. Esa tendencia a recordar “lo bueno” contribuye a mantener la esperanza de que la situación cambie o vuelva a ser como antes.
“Cuando se juntan estas tres partes, digamos que nuestro niño interior y la parte que idealiza minimizan un poco la parte racional que nos hace ser conscientes”, resume la psicóloga. El resultado es un conflicto interno constante: una parte identifica el daño, mientras las otras empujan a permanecer. “Y esto es lo que hace que nos cueste soltar y salir”.
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