
El 24 de abril de 2017 fallecía Sebastián Palomo Linares a los 69 años en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid, tras una operación de corazón que terminó complicándose de forma irreversible. A su lado, hasta el último momento estuvo su pareja, Concha Azuara, una jueza con la que había recuperado la ilusión en el amor en la etapa final de su vida.
Se conocieron en 2013 durante la entrega de unos premios y, desde entonces, iniciaron una relación que se prolongó durante aproximadamente cuatro años. Su historia avanzaba con paso firme, hasta el punto de que el torero tenía intención de casarse con ella. La diferencia de edad —de casi tres décadas— nunca fue un obstáculo entre ellos.
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Sin embargo, esa relación no fue bien recibida por el entorno familiar del diestro. Especialmente por sus hijos, fruto de su matrimonio con Marina Danko: Sebastián, Miguel y Andrés. La ruptura del matrimonio y el inicio de esta nueva etapa sentimental marcaron un antes y un después en la relación paterno-filial, que ya venía deteriorada desde años atrás.

Cuando se produjo su fallecimiento, esa distancia era más que evidente. Sus tres hijos —Sebastián, de 43 años; Miguel, de 36; y Andrés, de 28— asumieron el control de la situación desde el primer momento, en contraste con el papel que había desempeñado Concha Azuara durante los días previos, donde fue su principal apoyo en el hospital.
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La figura de la jueza quedó así en una posición delicada. Azuara, que entonces tenía 44 años, apenas uno más que el hijo mayor del torero, se vio desplazada en decisiones clave tras la muerte del diestro, en un contexto ya marcado por el distanciamiento y la falta de entendimiento entre ambas partes.
Lo que debía haber sido un duelo compartido terminó derivando en un conflicto abierto. Las tensiones, lejos de suavizarse con la pérdida, estallaron con fuerza en los días posteriores, dando paso a un enfrentamiento que marcaría para siempre el recuerdo de aquel adiós.
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Una relación marcada por la tensión
A partir de ese momento, la situación se volvió insostenible. Las diferencias entre Concha Azuara y los hijos del torero no solo no se suavizaron, sino que se intensificaron con el paso de los días, dejando escenas de enorme tensión.
El epicentro del conflicto fue El Palomar, la finca en la que Palomo Linares había pasado gran parte de su vida y que siempre consideró su refugio personal. Allí, en ese enclave cargado de simbolismo, comenzaron a surgir los primeros desencuentros serios tras su fallecimiento. No se trataba únicamente de cuestiones emocionales, sino también de decisiones prácticas relacionadas con sus pertenencias y su legado.
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Fue en ese contexto cuando saltó una de las polémicas más delicadas: la desaparición de varios objetos personales del torero. Aquella situación dio pie a insinuaciones de robo que enrarecieron todavía más el ambiente. Las acusaciones cruzadas, aunque nunca llegaron a materializarse en un proceso judicial público, contribuyeron a alimentar un clima de desconfianza total entre ambas partes.
La tensión alcanzó tal nivel que Concha Azuara tomó una decisión que evidenció la gravedad del conflicto: no acudir al funeral de Palomo Linares. Su ausencia no pasó desapercibida y fue interpretada como la confirmación definitiva de la ruptura con la familia del diestro. Desde entonces, la jueza permanece en un segundo plano, dedicada a su vida profesional y seguramente recordando a quien fue su gran amor.
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