
Genética, alimentación, ejercicio físico, entorno social, buenos hábitos y descanso: estos son los seis pilares que la ciencia de la salud identifica como fundamentales para la longevidad. De todos ellos, el descanso suele dejarse un poco en último lugar, no como una decisión consciente sino como consecuencia del ritmo acelerado de vida, que a menudo relega esas ocho horas de sueño a un tercer plano.
La siesta, un hábito olvidado
Un estudio de la Unidad del Sueño del Hospital Vall d’Hebron, financiado por una empresa catalana, sitúa la media de descanso en Cataluña en solo seis horas diarias (en España es de 6 horas y media, según el Estudio Sanitas sobre la Salud del Sueño).
Solo un 17% de los participantes en el estudio catalán afirma disfrutar de una calidad de sueño excelente, mientras que el 83% restante reconoce algún tipo de trastorno del descanso. La psicóloga experta en trastornos del sueño Nuria Roure apunta que un pequeño cambio en los hábitos diarios puede estar directamente asociado a una mayor esperanza de vida. Ese cambio es la siesta, un hábito frecuente en la infancia que, salvo en los fines de semana, suele abandonarse en la edad adulta.
La bibliografía científica respalda que el sueño bifásico, es decir, dormir en dos fases a lo largo del día, se asocia con una mayor longevidad. Según explica Nuria Roure, este patrón de descanso facilita que el cerebro se regenere y llegue a la noche más preparado para un sueño profundo y reparador. La especialista advierte que la siesta no debe superar la media hora, ya que un periodo mayor puede afectar negativamente al descanso nocturno.
El neurocientífico Andrew Huberman analiza cómo los ritmos hormonales y las rutinas diarias afectan el bienestar mental y la capacidad de aprendizaje. Descubre la importancia de regular la luz y el sueño para optimizar el funcionamiento de tu cerebro.
Más allá de echarse una siesta después de comer: alcanzar un sueño reparador por la noche requiere adaptar el cuerpo a ese momento de reposo. Mantener horarios regulares para acostarse y levantarse contribuye a que el organismo interiorice el “reloj biológico” y se prepare de forma automática para el descanso.
El entorno también resulta determinante. Asociar la cama exclusivamente al sueño y evitar utilizarla para actividades ayuda a que la mente relacione ese espacio únicamente con el descanso. Antes de dormir, las rutinas relajantes, como la lectura o la meditación, pueden ayudar. Sin embargo, conviene evitar los dispositivos electrónicos, que activan el cerebro y dificultan el inicio del sueño.
La actividad física diaria es otra aliada del buen descanso, al igual que limitar las siestas en periodos de insomnio o problemas para dormir. En cuanto a la alimentación, se recomienda evitar cenas copiosas o pesadas, ya que una digestión complicada puede alterar el ciclo del sueño.
El estudio de la Unidad del Sueño del Hospital Vall d’Hebron refleja las dificultades para cumplir las recomendaciones sobre descanso en la vida cotidiana. La mayoría de los adultos duerme menos de lo aconsejado y solo una minoría declara disfrutar de una calidad de sueño excelente.
Así, incorporar pequeños cambios en el día a día puede favorecer la longevidad y el bienestar. La siesta, los horarios regulares y un ambiente adecuado para el descanso se perfilan como estrategias sencillas y efectivas.
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