Mavi Doñate rescata el diario de su abuelo, que pasó por tres prisiones franquistas: “Pocos en mi generación hemos sido conscientes de la herida que tenían”

La periodista firma ‘Cuéntame el olvido’, una narración a cuatro manos con los escritos de su abuelo, donde reflexiona sobre por qué los españoles que sobrevivieron a la Guerra Civil prefirieron ahorrar a sus nietos su sufrimiento

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La periodista Mavi Doñate junto a su libro. (Cedida)
La periodista Mavi Doñate junto a su libro. (Cedida)

“Me llamo Gabriel Herranz Fuertes. De profesión labrador, nací el 18 de marzo de 1911 en un pueblo de Guadalajara y ahora jubilado y como superviviente de la Guerra Civil, escribo este manuscrito para recoger mis memorias y sacarlas a la luz pública. Durante cuarenta años han estado en silencio. [...] No escribo por ideales, ni por venganza. Lo escribo por distracción, pero también por necesidad para que la juventud venidera se dé una idea de lo horroso que fue aquello”.

A Gabriel le capturaron unos soldados franquistas en 1937. En plena Guerra Civil, fue encarcelado y juzgado por “adhesión a la rebelión”. La base eran los testimonios de ocho vecinos de su pueblo que aseguraban que tenía “exaltadas ideas comunistas” y que, a pesar de que su conducta en su pueblo era “buena”, también era de “extrema izquieda”. El fiscal solicitó para él la pena de muerte, pero terminó condenado a treinta años de prisión. Cumplió cuatro. Pasó por las cárceles de Soria, Zaragoza y El Dueso en Santoña (Cantabria).

“Las comidas eran muy sucias. A las dos de la tarde nos daban un de alubias tan duras como balines. Por la noche, otro de lentejas que tenían piedras y semillas y unos doscientos gramos de pan. Otros días ni siquiera esto. A las alubias les echaban «huesarrangos» de animales. Un día, en el puchero vimos una pata que parecía de burro pequeño y al que le habían dejado hasta la herradura. En el caldo salían también alpargatas y, lo más común y habitual, ratones. Una vez, a mí me cayó uno en el plato. Lo tiré al cubo de la basura y me comí las judías“, narraba al recordar la cárcel de Soria.

Vivió en condiciones infrahumanas hasta 1941, cuando adquirió la libertad vigilada y consiguió regresar a casa. Y no fue hasta la muerte del dictador Francisco Franco y el fin de la dictadura que decidió escribir el recuerdo de aquellos años. Entonces, no imaginaría que una de sus nietas sería periodista y publicaría su historia.

Noventa años después del comienzo de la Guerra Civil, la corresponsal de RTVE Mavi Doñate se sumerge en su memoria familiar a través de Cuéntame el olvido (Plaza & Janés, 2026). El libro recoge los escritos de su abuelo, con el que firma a cuatro manos la historia que los españoles prefirieron callar y no narrar a sus nietos.

Pregunta: ¿Por qué has decidido abrir la historia de tu familia?

Respuesta: Tenía el cuaderno de mi abuelo desde hace bastante tiempo, pero es cuando llego a París en 2021 cuando de alguna manera me impacta lo que vuelvo a leer y su historia me pide a gritos contarla. Me reconecta con mi pasado, con mi familia, y me une a descendientes de españoles exiliados que conocen y hablan de lo que pasaron sus padres o abuelos.

P: ¿Cómo fue leer las páginas en las que tu abuelo habla del hambre y las miserias de las cárceles por las que pasa?

R: Impactante y emotivo. Su historia es la de muchos que pasaron lo mismo. Su cuaderno es un documento valioso porque de forma personal describe, sobre todo, la supervivencia en aquellas cárceles franquistas. En aquellas prisiones masificadas y terribles, la vida de los desafectos al bando nacional durante la guerra y primera posguerra no valía nada. También me sentí afortunada porque dentro del horror yo he podido disfrutar de mi abuelo, y él lo pudo contar. Muchos murieron fusilados, por torturas y epidemias.

P: ¿Por qué crees que él decidió narrar lo que sufrió?

R: Mi abuelo Gabriel lo dice en su escrito. Quiere que sea un testimonio para las generaciones que vienen, para que aquel horror no vuelva a repetirse. También “por entretenimiento”, y esto entiendo que es querer sanar el trauma por medio de la escritura. Creo que pocos en mi generación hemos sido conscientes de la herida que tenían nuestros abuelos, que se vieron arrollados por este capítulo tan cruel de nuestra Historia, y sobre todo los que perdieron la guerra. En las casas no se hablaba mucho, y creo que este diario fue para él una especie de terapia.

P: Por lo que narras, parece que Gabriel fue capaz de dejar de lado el dolor pasado y los años de la cárcel. ¿Pudo dejar el trauma apartado?

R: Mis abuelos llegan a Zaragoza a finales de los años 60, con esa migración económica interna que deja vacíos muchos pueblos pequeños de las Castillas y de Aragón. Solo pasa por delante de la que era la cárcel de Torrero en 1985 cuando muere su hermano porque el cementerio está al lado. Mi tío me cuenta que se derrumbó porque de golpe le vuelven todos los recuerdos del horror. Dejó el dolor, y como era una persona inteligente, se propuso siempre que intentaría ser feliz, pero de las guerras odiaba hasta la palabra porque al oírla notabas que algo le pellizcaba el estómago.

P: ¿Cómo fue poner sobre la mesa el tema con los descendientes de los que le acusaron? ¿Crees que tu abuelo guardó algún tipo de rencor?

R: Él escribe que les perdonó y que, incluso los peores, fueron también víctimas de esa sinrazón que se apoderó de todo. Nunca percibí en él rencor, quizá sí protección, una barrera, ante los que él sabía que lo habían señalado. Por eso era sumamente prudente y pensaba mucho antes de hablar. Para mí, las entrevistas a los descendientes de los acusadores han sido hasta ahora las más difíciles de mi carrera. La mayoría son personas a las que aprecio, que he crecido con ellos verano tras verano, y era ponerles ante un pasado no grato. No he tenido ningún problema en el trato, incluso ha sido una sorpresa cómo han reaccionado al leerlo. Muchos se han emocionado, me confiesan que les ha removido, pero también me han dado las gracias por contarlo y esto es un regalo. En el libro planteó una pregunta: ¿Estamos preparados 50 años después de Franco para conocer lo que hicieron nuestros abuelos en la Guerra Civil y en la posguerra? Pues ya voy teniendo respuestas y son maravillosas.

P: Los españoles que no vivimos la Guerra Civil, ¿hemos llegado a comprender alguna vez lo que fue?

R: Nadie que no haya sufrido una guerra puede llegar a comprender lo que es, y más si es tan fratricida como fue la nuestra. Y creo que la gran mayoría en aquellos pueblos pequeños, sin recursos y alejados de las grandes ciudades, tampoco entendieron al principio lo que pasaba. Una amiga me contó que su abuelo le decía que él no supo lo que había ocurrido para que pasase de bailar en la plaza a irse a pegar tiros al frente dos días después. Por eso, en el libro no he enjuiciado las aparentes miserias de esos verdugos sociales. Que cada cual saque su conclusión, pero es necesario hacerlo desde la honestidad de preguntarse si los valores morales de cada uno estarían en un primer plano en una guerra ante el miedo, la violencia, la supervivencia diaria. Lo extraordinario es que la guerra no nos saque lo peor.

P: ¿Crees que es un relato necesario para los jóvenes de esta generación?

R: Saber de nuestro siglo XX siempre es necesario por lo reciente y convulso que fue. No sé si ahora en los institutos se estudia más y mejor de la II República a la Transición democrática, pero no conocer lo que les ha pasado a nuestros abuelos y bisabuelos no es sano para crecer democráticamente. Sin lecturas partidistas, y sin reavivar odios, creo que a día de hoy, hay más riesgo que beneficio en dar carpetazo al pasado, aunque este sea oscuro y complejo.