
La crisis de biodiversidad que enfrentamos en la actualidad tiene múltiples causas. Una de las principales de ellas es la introducción de especies invasoras, la gran mayoría de ocasiones por la actividad humana o consecuencias derivadas de ella.
Estas alteran los ecosistemas, desplazan a las especies autóctonas por competencia de espacio y alimento o depredación directa, generan un serio impacto económico y pueden incluso provocar riesgos para la salud. Por todos estos motivos, controlar su expansión y erradicar su presencia se convierten en tareas fundamentales para la protección de la biodiversidad nativa.
El problema es que, en muchas ocasiones, llevar a cabo esta tarea resulta muy complicado o incluso imposible, ya que suelen reproducirse rápido, tienen una amplia adaptabilidad a nuevos entornos y son muy resistentes. El cangrejo rojo americano, el siluro o el mejillón cebra son algunos de los ejemplos que demuestran que España enfrenta un gran reto en este sentido.

Ante su expansión y la dificultad para su erradicación, en los últimos años han surgido campañas que buscan fomentar el consumo de especies invasoras como forma de aprovechamiento del recurso y bajo la idea de gestión sostenible de un problema ambiental. Los investigadores, sin embargo, niegan que esto sea realmente una solución.
El invasivorismo, una idea que perpetúa el problema
Un equipo internacional de científicos liderado por la Estación Biológica de Doñana (EBD-CSIC) y con participación de investigadores de Suiza, Países Bajos y República Checa ha publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences un artículo sobre esta cuestión, abordando el siguiente dilema: “¿Pueden los intereses monetarios que surgen de la explotación de especies invasoras coexistir con los esfuerzos para conservar la biodiversidad que amenazan? Creemos que la respuesta, en la mayoría de los casos, es no".
El invasivorismo hace referencia al consumo de especies invasoras. Los autores señalan que no solo no es una solución fiable, sino que también puede llegar a perpetuar o agravar la problemática si ganan fuerza los intereses económicos.

“Suele presentarse como una estrategia win–win (de beneficio mutuo), basada en la idea de que el consumo de una especie invasora genera riqueza al tiempo que se minimizan sus impactos”, explica Fran Oficialdegui, investigador de la Estación Biológica de Doñana – CSIC y autor principal de este artículo. “Pero la realidad es mucho más compleja y, en muchas situaciones, cuando el problema se convierte en negocio, surge una resistencia a acabar con el mismo”.
El investigador señala que no existen ejemplos relevantes que demuestren que esta técnica puede ser efectiva para controlar la expansión. “Convertir una especie invasora en un recurso valioso puede generar más incentivos para mantenerla o incluso aumentar su abundancia y su área de distribución que para reducirla”.
El caso del cangrejo de Kamchatka
Ya se han producido casos que demuestran que la creación de mercados en torno a estas especies puede entrar en conflicto directo con los objetivos de conservación. Es el caso, por ejemplo, del cangrejo de Kamchatka (Paralithodes camtschaticus), introducida por la Unión Soviética en el mar de Barents en los años 60.

Esta especie ha sido explotada y comercializada de forma intensa desde entonces —en España se vende como patas rusas— y, cuando empezaron a observarse síntomas de sobreexplotación, en lugar de aprovecharlo para minimizar los impactos de la invasión, se establecieron limitaciones a la pesca para garantizar la sostenibilidad de la actividad comercial.
“Es muy probable que escenarios similares al del cangrejo de Kamchatka se den en la península ibérica cuando, una vez asentada la explotación comercial de la jaiba azul (Callinectes sapidus), haya declives en su población”, plantea Oficialdegui. La EBD-CSIC menciona otras especies en su comunicado, como el pez león, el cangrejo rojo de las marismas, el coipú o la carpa asiática.
Ni una solución mágica ni una estrategia de gestión
En determinados contextos, según los autores del artículo, la explotación comercial de las especies invasoras podría ser una opción aceptable, especialmente cuando ya son muy abundantes y están ampliamente distribuidas, por lo que no existirían alternativas viables de control o erradicación. “Eso no significa que el invasivorismo sea una solución mágica”, destaca Oficialdegui. “En realidad, no es ni siquiera un intento de solución, dado que no puede considerarse una estrategia de gestión en sí mismo”.

Estos planteamientos requieren un conocimiento ecológico, enmarcado en un contexto socio-económico, que permita plantear objetivos de reducción de distribución y abundancias, evaluables mediante indicadores apropiados. Oficialdegui señala que “nada de esto forma parte de las campañas encaminadas a comercializar especies invasoras, que pueden hacer más mal que bien a la conservación de la biodiversidad”.
De esta manera, los científicos destacan que “abordar las invasiones biológicas requiere compromiso a largo plazo, conocimiento científico y políticas coordinadas”; esto es opuesto a “las soluciones simples”, que “resultan atractivas, pero rara vez resuelven problemas ambientales complejos” como el de la introducción de especies invasoras, uno de los escollos fundamentales en la protección de la biodiversidad.
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