
El tratamiento de semaglutida, comercialmente conocido como Ozempic y Wegovy, así como la tirzepatida (Mounjaro, Zepbound), se ha convertido en una de las formas más recurrentes para perder peso y controlar la diabetes tipo 2 en los últimos años. Sin duda, estos medicamentos se han hecho popularmente conocidos por la forma en la que actúan contra la obesidad, una condición que afecta actualmente al 15,2% de la población española, según los últimos datos publicados por el Ministerio de Sanidad en 2023.
Sin embargo, los científicos han comprobado que los pacientes que recurren a este medicamento para este fin no consiguen perder peso en los mismos tiempos, ni enfrentan los mismos efectos secundarios. El impacto en pérdida de peso puede ser notable: en estudios clínicos, la media de reducción del peso corporal con semaglutida supera el 10%.
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En cambio, los resultados individuales difieren considerablemente: mientras algunos pacientes bajan más de un 25%, otros apenas pierden peso e incluso pueden aumentarlo. Lo mismo ocurre con los efectos secundarios, que van de leves molestias digestivas a náuseas o vómitos intensos. Así lo ha expuesto el equipo de 23andMe en un estudio publicado en la revista Nature, en el que se arroja luz sobre el verdadero impacto de la genética en estos tratamientos.
A la búsqueda de la clave genética: una pequeña variación, una gran diferencia
Para responder a la pregunta sobre cómo la genética influye en la respuesta a estos medicamentos, primero, es importante recordar que los medicamentos agonistas del receptor GLP-1 (como la semaglutida) y su “primo” tirzepatida son versiones sintéticas de hormonas del intestino que se liberan al comer. Según explican los autores del estudio, estas hormonas son las responsables de que el páncreas suelte insulina, enlentecen el vaciado gástrico y, crucialmente, suprimen el apetito a nivel cerebral.
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De esta manera, los investigadores de 23andMe realizaron una encuesta a más de 27.000 personas que habían utilizado al menos uno de estos fármacos para bajar de peso. Este grupo, mayoritariamente mujeres (82%) con una edad media de 52 años, reportó haber perdido un promedio de 11,3 kg tras aproximadamente ocho meses de tratamiento. Los resultados detectaron que aquellos que usaron la tirzepatida tuvieron una mayor bajada de peso que los que escogieron la semaglutida.
Más allá de factores obvios como el tipo de medicamento, la dosis, el tiempo en tratamiento o ciertas condiciones de salud (como la diabetes tipo 2), el gran hallazgo fue que variantes genéticas específicas influyen significativamente tanto en la eficacia como en los efectos secundarios de estos fármacos. Mediante un análisis genético GWAS -un estudio de todo el genoma de ADN-, el equipo identificó una variante puntual en el gen GLP1R (el mismo que codifica el receptor del medicamento).
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Así, las personas que tenían esta variante perdieron, en promedio, 0,76 kg adicionales por cada copia del alelo presente. Esta variante es más frecuente en poblaciones de ascendencia europea y del Medio Oriente. Pero la historia no termina ahí: otras variantes próximas a este gen se vincularon igualmente a una mayor probabilidad de experimentar náuseas o vómitos con estos medicamentos. Concretamente, se presentaba en quienes usaban tirzepatida; una variante en el gen GIPR (receptor de GIP) aumentaba el riesgo de vómitos, efecto que no apareció con semaglutida.
Aplicando en la práctica esta nueva información, se podría evitar que muchas personas pasen meses en tratamientos ineficaces o incómodos, y ahorraría recursos al sistema sanitario. Es crucial destacar que, aunque estos factores genéticos explican solo una parte de la diferencia entre pacientes, contribuyen a afinar la predicción y el asesoramiento médico. Así, el futuro de la lucha contra la obesidad y el sobrepeso podría ser más “a la carta”, utilizando el perfil genético para guiar decisiones y, posiblemente, desarrollar nuevos medicamentos.
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Tu dieta también podría predecir el éxito del tratamiento con Ozempic
Asimismo, otra investigación publicada en la revista Frontiers in Clinical Diabetes & Healthcare, el 17 de septiembre de 2025, sugiere que los patrones de comportamiento alimentario pueden influir en la efectividad de uno del tratamiento. La investigación, liderada por científicos de la Universidad de Gifu en Japón, siguió a 92 personas con diabetes tipo 2 durante un año después de iniciar el tratamiento con GLP-1 (en diferentes presentaciones como liraglutida, dulaglutida y semaglutida).
Además de medir su evolución clínica, se indagó en sus hábitos de alimentación mediante cuestionarios validados. Los investigadores analizaron cómo tres patrones de conducta —comer por estímulos externos (como olores o aspecto atractivo de la comida), comer por emociones (como estrés o tristeza) y restricción consciente de comida— se relacionaban con los resultados del tratamiento. Los resultados fueron claros: a los 12 meses, el tratamiento redujo significativamente los niveles de azúcar (HbA1c), el peso y el porcentaje de grasa corporal.
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No obstante, el descubrimiento más llamativo fue que las personas que tendían a comer más por estímulos externos lograron la mayor pérdida de peso. Además, este grupo mostró un mejor control de azúcar en sangre. En contraste, quienes comían motivados por emociones no experimentaron mejoras destacables ni en el peso ni en el control glucémico a largo plazo. Del mismo modo, la tendencia a la restricción alimentaria solo se modificó de forma breve y tampoco influyó en el resultado clínico.
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