
En 2005, en el noroeste de Sudáfrica, Marius Els recogió a un hipopótamo de cinco meses que acababa de sobrevivir a una inundación. Lo llevó a su granja, en Klerksdorp (norte del país), una extensión de 160 hectáreas donde ya convivían más de veinte especies de animales. Allí decidió construirle un espacio propio: mandó excavar un lago artificial de 18 metros de profundidad y 200 de largo.
Lo llamó Humphrey. Aquel animal no fue uno más dentro de la finca. Desde el principio, ocupó un lugar distinto: “Humphrey es como un hijo para mí, es como un humano”, decía Els, exmayor del ejército sudafricano.
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En las fotografías tomadas a principios de 2011 (como la de arriba) aparece sonriente, relajado, subido sobre el lomo del hipopótamo. Para entonces, el animal ya había crecido hasta alcanzar cerca de 1.200 kilos. “Si decide quitarme de encima, entonces me tira como a un caballo”, explicaba el hombre. Aun así, le permitía acercarse, que lo tocara y subirse a él. Al principio parecía que la cercanía pudiera sustituir a la naturaleza.
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Las señales de alerta
El comportamiento de Humphrey no era una incógnita. En una ocasión, un hombre y su nieto de siete años que navegaban en canoa por el lago tuvieron que subirse a un árbol cuando el hipopótamo embistió la embarcación. Els acudió al lugar con una manzana. “Tenía hambre”, justificó.
Pero no fue el único episodio de violencia. El animal mató a varios terneros de la granja y escapó varias veces. Llegó incluso a perseguir a golfistas en un club cercano. Los avisos se estaban acumulando.
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En casa, su esposa Louise había expresado sus dudas sobre la convivencia. También lo hacían los vecinos, que le recordaban que los hipopótamos son territoriales, impredecibles y responsables de entre 400 y 500 muertes al año de seres humanos en África. Más que leones, elefantes o cocodrilos.
Pero Els lo negaba. Lo asumía, pero lo relativizaba. “Piensan que solo se puede tener una relación con perros y gatos, pero tengo una relación con el animal más peligroso de África”, insistía. La distancia entre lo que sabía y lo que hacía se fue estrechando con los años.
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crédito @danielillescas/TikTok
La rutina
Durante seis años, la escena se repitió casi sin cambios. El hombre y el animal compartían el agua del lago, los paseos, la cercanía. Una convivencia construida sobre la repetición y la confianza. “Hay una relación entre Humphrey y yo, y eso es lo que algunas personas no entienden”, razonaba.
Mientras tanto, Humphrey seguía creciendo. Su cuerpo, su fuerza y su comportamiento no se detenían. Como cualquier hipopótamo adulto, defendía su espacio en el agua y reaccionaba ante lo que interpretaba como una intrusión.
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En noviembre de 2011 la rutina se rompió. Un sábado, el cuerpo de Marius Els, de 41 años, fue encontrado horas después sumergido en el lago que él mismo había construido. Presentaba múltiples mordeduras. “El hombre había sido mordido varias veces por el animal y también había estado sumergido en el río por un período desconocido”, explicó Jeffrey Wicks, portavoz de los servicios de emergencia que acudieron a la finca.
No hubo testigos directos del ataque. Los expertos apuntaron a un comportamiento territorial. En su hábitat, los hipopótamos establecen zonas de dominio y reaccionan con rapidez ante cualquier presencia. Su mordida puede superar los 8.000 newtons de presión, suficiente para causar daños letales en segundos. Del destino del animal no se supo más.
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