
La embajada de Irán en Madrid ha publicado este martes en su cuenta oficial en la red social X un mensaje con vocación histórica en plena escalada de tensión en Oriente Medio. Bajo el título “Irán-España; una antigua relación en el espejo del tiempo”, la legación diplomática difundió varias fotografías de encuentros entre dirigentes iraníes y presidentes del Gobierno españoles de distintas etapas democráticas. En las imágenes aparecen Felipe González, José María Aznar, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez junto a presidentes iraníes. El gran ausente es José Luis Rodríguez Zapatero.
La selección no es menor ni casual en el contexto actual. Este lunes, la embajada iraní publicó también en X un mensaje en el que respaldaba la decisión del Gobierno español de no permitir el uso de las bases de Rota y Morón por parte del Ejército estadounidense para operaciones militares contra Irán, una postura que el Ejecutivo ha enmarcado en el respeto al derecho internacional y a los compromisos adquiridos. En ese clima de controversia, la embajada iraní subraya la continuidad de las relaciones bilaterales con España desde la Transición, proyectando una imagen de diálogo estable con gobiernos de distinto signo político.
Sin embargo, la ausencia de Zapatero en ese recorrido fotográfico ha suscitado preguntas. No consta una ruptura diplomática entre Madrid y Teherán durante su mandato, ni un incidente bilateral grave que explique un eventual veto simbólico. La explicación parece estar más vinculada al contexto político de aquellos años que a una crisis formal.
El factor sanciones
El mandato de Zapatero coincidió con uno de los momentos de mayor tensión internacional en torno al programa nuclear iraní. El presidente de la República Islámica era entonces Mahmud Ahmadineyad, cuya retórica y política exterior endurecieron la relación de Irán con Occidente. Entre 2006 y 2010, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó varias resoluciones imponiendo sanciones a Teherán, posteriormente ampliadas por la Unión Europea.
España, como Estado miembro de la UE y aliado en el marco de la OTAN, respaldó esas medidas. En abril de 2010, en una reunión en Washington al margen de la cumbre de seguridad nuclear convocada por Barack Obama, Zapatero abordó la cuestión iraní con el entonces presidente ruso, Dmitri Medvédev. Ambos coincidieron en la necesidad de aplicar sanciones, aunque Moscú defendía que fueran “razonables”. España se alineó con la posición europea y pidió a Rusia que facilitara el apoyo de China a las medidas restrictivas.

No se trató de sanciones unilaterales españolas, sino de la aplicación coordinada de decisiones adoptadas en el marco multilateral. Pero el clima político de aquellos años fue de presión internacional sobre Irán, no de acercamiento. A diferencia de otros presidentes españoles, Zapatero no realizó una visita oficial a Teherán ni protagonizó una reunión bilateral de alto perfil con Ahmadineyad que dejara una imagen simbólica comparable a las difundidas ahora por la embajada iraní.
De la continuidad diplomática al diálogo discreto
Las relaciones diplomáticas entre España e Irán se remontan al siglo XIX, pero adquieren una continuidad especialmente significativa desde la instauración de la democracia española. Tras la aprobación de la Constitución de 1978 y en paralelo a la Revolución Islámica de 1979, Madrid optó por mantener abiertos los canales diplomáticos con Teherán, a diferencia de otros países occidentales que redujeron o suspendieron contactos tras la caída del sha y la crisis de los rehenes en Estados Unidos. Desde entonces, ambos países han mantenido embajadas operativas y un diálogo político estable, aunque de perfil discreto.
Durante las décadas de 1980 y 1990, la relación entre España e Irán tuvo un marcado componente económico y energético, con la República Islámica como proveedor relevante de crudo para el mercado español y con intercambios comerciales que, pese a las oscilaciones políticas, se mantuvieron estables. Ese sustrato de pragmatismo económico facilitó que, ya en el cambio de siglo, se produjeran contactos políticos de alto nivel.
En octubre de 2000, siendo presidente del Gobierno, José María Aznar realizó una visita oficial a Irán. El viaje se desarrolló en una etapa de relativa apertura internacional iraní y respondió a una agenda centrada en la cooperación económica y el diálogo político. La visita evidenciaba que, más allá de las diferencias estratégicas, Madrid y Teherán mantenían una interlocución institucional normalizada.
El escenario internacional se tensó pocos años después con el agravamiento del contencioso sobre el programa nuclear iraní. En ese contexto, en agosto de 2006, Felipe González, ya fuera de la Presidencia del Gobierno, viajó a Teherán y se reunió con Mahmud Ahmadineyad. Aquella visita, de carácter privado, no tenía la naturaleza institucional de la de Aznar, pero simbolizaba que los canales políticos no se habían cerrado del todo pese al endurecimiento del clima internacional.
La siguiente imagen relevante no llegaría hasta septiembre de 2013. Entonces, Mariano Rajoy se reunió en Nueva York con el presidente iraní Hasán Rohaní durante la Asamblea General de Naciones Unidas. El contexto había vuelto a mutar: la llegada de Rohaní abría una etapa de mayor disposición negociadora por parte de Teherán, que culminaría en el acuerdo nuclear de 2015 y en una fase de distensión entre Irán y las potencias occidentales.
También Pedro Sánchez mantuvo un encuentro con Rohaní el 24 de septiembre de 2019, igualmente en el marco de la Asamblea General de la ONU. Para entonces, el acuerdo nuclear atravesaba dificultades tras la retirada estadounidense, pero la Unión Europea defendía su mantenimiento y la vía del diálogo como instrumento para evitar una mayor desestabilización regional.
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En todos estos periodos, el vínculo entre Madrid y Teherán ha oscilado siempre entre el pragmatismo y los compromisos internacionales españoles con la Unión Europea y la OTAN. Los sucesivos gobiernos han procurado preservar canales de diálogo político y comercial con la República Islámica, sin renunciar por ello a alinearse con sus socios europeos en cuestiones sensibles como el programa nuclear, la estabilidad regional o las denuncias relativas a los derechos humanos.
La publicación de la embajada iraní recupera esa continuidad diplomática en un momento de alta tensión internacional. Pero la fotografía incompleta —con la ausencia de Zapatero— refleja también cómo las relaciones bilaterales no se explican solo por la existencia formal de embajadas abiertas, sino por los ciclos políticos, el contexto geopolítico y la oportunidad de las imágenes.
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