Con los precios de la vivienda disparados, una escasez de oferta que ahoga el mercado de alquiler y la sensación de que la constante subida del número de compraventas está cerca de llegar a su tope, el fantasma de la crisis de 2008 está más presente que nunca en el inmobiliario. Pese a que los titulares que anuncian precios, operaciones e hipotecas en máximos de hace 19 años han resucitado el miedo al pinchazo, los expertos de Funcas señalan que la tensión actual responde más a una “burbuja de expectativas” que a un riesgo sistémico real.
En un reciente informe firmado por José García Montalvo, los investigadores del centro de análisis concluyen que la situación actual no es análoga a la vivida en 2007, sino que es la propia percepción de sobrevaloración la que está contribuyendo al crecimiento desmedido de la demanda en el mercado. Sin embargo, Funcas advierte de que el miedo a que el escenario de crisis se repita puede convertirse “en profecía autocumplida” si las expectativas siguen desbordadas.
Es cierto que algunos indicadores recuerdan al periodo previo a la crisis, pero las diferencias estructurales son profundas. Entonces, el auge se sustentaba en un acceso al crédito muy laxo y en una oferta de vivienda nueva que superaba ampliamente la demanda. Hoy, el crecimiento del mercado se apoya en fundamentos reales: aumento del PIB, creación de empleo, llegada de inmigrantes y tipos de interés bajos.
Los indicadores de riesgo no apuntan a una crisis
El déficit de vivienda es un factor crucial: cada año se forman unas 230.000 familias, mientras que se construyen apenas 100.000 unidades nuevas, acumulando un déficit de unas 700.000 viviendas. Además, la ratio préstamo-valor de las hipotecas promedio es del 65%, y solo un 10,9% de los créditos supera el 80%, muy por debajo del apalancamiento que generó vulnerabilidad en 2007. Por otra parte, los indicadores de riesgo del Banco de España se mantienen en niveles similares a los del año 2000, lejos del riesgo sistémico que provocó la crisis de hace casi dos décadas.

Sin embargo, uno de los hallazgos más destacados del informe es el papel central de las expectativas en el comportamiento de los hogares. El 89% de los encuestados considera que la vivienda está sobrevalorada, y un 30% estima que la sobrevaloración supera el 50%. Pero la percepción del aumento de precios en la ciudad de residencia duplica las cifras oficiales: los encuestados calculan un incremento medio del 25,2%, frente al 12,8% registrado a nivel nacional.
Este desajuste potencia el fenómeno del FOMO (fear of missing out, miedo a quedarse fuera en inglés), por el que muchos compradores anticipan que los precios seguirán subiendo y priorizan adquirir vivienda antes de que se disparen aún más, más que por considerar la propiedad como inversión. Esta dinámica psicológica se ha convertido en un motor clave de la demanda en 2025.
De la especulación a la compra por miedo
La encuesta de Funcas revela un cambio profundo en el perfil y las motivaciones de los compradores. Solo un 10,4% adquiere vivienda con fines de inversión, frente al 45% que lo hacía en 2005. En paralelo, crece la compra destinada al alquiler y la necesidad de acceder a una vivienda propia. Aun así, los motivos de compra siguen estando diferenciados según el nivel socioeconómico: los estratos altos temen perder valor de reventa, mientras que los medios y bajos priorizan asegurar una vivienda ante la dificultad de acceder al mercado de alquiler o propiedad.
Del estudio también se desprende una mayor dependencia en la ayuda familiar para la compra, en paralelo con el cambio de prioridades. En concreto, un 25% de los compradores declara haber recibido algún tipo de apoyo económico. Este dato guarda estrecha relación con la importante proporción de su dinero que los ciudadanos destinan a vivienda. Entre quienes planean comprar próximamente, el esfuerzo financiero de la hipoteca puede alcanzar el 33,5% de sus ingresos.
‘Vibecesión’ o recesión emocional
A pesar de la tensión de precios y la elevada percepción de sobrevaloración, los indicadores macroeconómicos y financieros no reflejan un escenario de burbuja como en 2007. El crecimiento de los precios no atribuible a fundamentos económicos es limitado, muy por debajo del 45% que resultaba inexplicable en el ciclo anterior. Sin embargo, la percepción de riesgo sigue siendo alta: el 41,2% de los encuestados considera que comprar vivienda implica un gran riesgo, especialmente entre hogares con menores recursos.
Para nombrar esta desconexión entre indicadores y sensación ciudadana, el informe introduce el concepto de “vibecesión” o recesión emocional. Aunque la accesibilidad a la vivienda en España se sitúa en la media europea, según Eurostat, la percepción social es de creciente dificultad. La reducción de la oferta de alquiler y la desigualdad de ingresos explican parte de esta brecha entre la economía y la percepción ciudadana.
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