
María Matilde Muñoz Cazorla, una turista española de 72 años, desapareció en la isla de Lombok (Indonesia) el 2 de julio de 2025. Nacida en Ferrol y residente en Mallorca, era una mujer jubilada que viajaba frecuentemente por el continente asiático. Desde hacía cuatro años se hospedaba, en sus visitas a Lombok, en el mismo establecimiento: el Hotel Bumi Aditya de Senggigi.
Tras su desaparición, su familia y amigos denunciaron contradicciones en las versiones dadas por el personal del hotel en el que se hospedaba. Principalmente, el hecho de que parte de las pertenencias de Muñoz - su ropa, sandalias, libros y una mochila; pero ni rastro de su pasaporte, ni de su teléfono móvil ni sus tarjetas bancarias - apareciesen en la basura del establecimiento levantó sospechas de un posible encubrimiento.
Ignacio Vilariño, sobrino de la víctima, denunció desde España la inacción de las autoridades locales, reclamando apoyo diplomático para esclarecer el caso; pero la investigación no comenzó hasta el 13 de agosto, más de un mes después de la desaparición, y debido a la presión del entorno de la víctima con el apoyo de la Embajada española en Yakarta.

Los asesinos se llevaron 156 euros en metálico, un teléfono móvil y dos tarjetas de crédito
Casi dos meses más tarde, el 30 de agosto, las autoridades del país encontraron su cadáver, enterrado en una playa local. Un día después, dos hombres confesaron haber cometido el asesinato: Suhaeli U., un empleado del hotel de 34 años de edad; y a Heri Ridwan, alias Ge, de 30 años y exempleado del mismo hotel.
Ese mismo 31 de agosto, la Policía de Lombok Occidental emitía un comunicado en el que informaba sobre dicha confesión: los dos detenidos habían reconocido haber planeado acceder a la habitación de Muñoz con la intención de robar sus pertenencias - se llevaron 156 euros en rupias metálico, dos tarjetas de crédito y un teléfono móvil - si bien no de quitarle la vida.
Según su relato, se produjo una discusión acalorada entre ellos y la víctima, a la que uno de ellos empujó provocando que cayese al suelo y perdiese el conocimiento al impactar su cabeza contra este. La autopsia, sin embargo, revela que uno de los hombres asfixió a María Muñoz con sus propias manos. Envolvieron entonces su cuerpo en una sábana y lo llevaron a la sala del generador del hotel, donde permaneció oculto durante mes y medio hasta que, tras la presión de la familia de Muñoz para que se investigase el caso, decidieron moverlo, ya en avanzado estado de descomposición, a la playa de Senggigi, a menos de un kilómetro de distancia, donde finalmente fue encontrado en un hoyo poco profundo.

Hoy, 25 de febrero de 2026, ha trascendido que un tribunal indonesio ha condenado a 18 años de cárcel a los dos acusados. La sesión, que ha tenido lugar este miércoles en el tribunal de Mataram, supone la conclusión de un juicio que comenzó el pasado 17 de diciembre. La sentencia se corresponde con la pena solicitada por Made Saptini - la fiscal - a principios de este mes. La Fiscalía los acusaba de homicidio, de asesinato premeditado y de robo con violencia; delitos que pueden acarrear entre condenas de 15 años de cárcel y la pena de muerte.
Si bien la Policía mantuvo durante su investigación la acusación contra los dos condenados, la familia de María Muñoz ha denunciado en varias ocasiones que los testimonios de Abi y Mala - otros dos empleados del hotel que figuran en la lista de diez testigos convocados por la Fiscalía y que prestaron declaración el miércoles 7 de enero - presentan incongruencias. “Solo nos asomamos por la ventana (de la habitación de Muñoz). No vimos nada. No notamos nada sospechoso”, declaró Mala - Nurmala Hayati -, hace más de un mes. Solo queda demostrada, sin embargo, la implicación de Suhaeli y de Heri, que han sido ya condenados por el asesinato de María Muñoz.
El sobrino de la víctima, Ignacio Vilariño ha expresado en EFE que su familia está “satisfecha” con la condena. Aunque hubiera deseado cadena perpetua o incluso la pena capital, la familia está “algo contenta” porque tiene “en cuenta lo que son 18 años en una cárcel de Indonesia, sin dinero”. “En Indonesia, 18 años son muchos. Es una muerte en vida prácticamente, así que dentro de lo malo, nos sujetamos un poco a eso”, ha comentado, destacando que sabe que “podía haber sido peor”.
“El miedo” de la familia era que el juez redujese la petición del fiscal, algo que finalmente no ha sucedido. Sí lamentan, sin embargo, que no hayan sido encausadas “la recepcionista y su ayudante, dos personas intocables”.
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