Sebastián La Rosa, médico experto en longevidad: “Si eres una persona nocturna se debe a tus malos hábitos, no es por tu genética”

El especialista advierte que los extremos en los horarios de sueño responden más a rutinas adquiridas que a diferencias genéticas reales

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Sebastián La Rosa, médico experto
Sebastián La Rosa, médico experto en longevidad, habla sobre los malos hábitos (Composición Infobae)

El reloj biológico, conocido científicamente como ciclo circadiano, regula numerosas funciones vitales, como el sueño, la vigilia y la secreción hormonal. Este sistema interno determina, en gran medida, los momentos del día en que las personas sienten mayor energía o somnolencia.

A pesar de los avances en el estudio de los ritmos circadianos, muchas dudas persisten en la sociedad sobre las razones que explican por qué algunas personas son más activas por la mañana y otras por la noche. En este contexto, el debate sobre la influencia de los hábitos frente a la genética cobra especial relevancia.

Aunque en la conversación social sobre el ciclo circadiano suelen surgir dudas acerca de la existencia de distintos tipos de relojes biológicos, el médico experto Sebastián La Rosa aclara que “la mayoría de las personas más nocturnas se hicieron así por malos hábitos, no por genética”. Esta afirmación pone el foco en la relevancia del comportamiento adquirido, por encima de una supuesta determinación genética absoluta.

Rutinas modernas y su efecto en el sueño

La visión de La Rosa se apoya en investigaciones recientes que muestran cómo factores como la exposición a la luz artificial, el uso prolongado de pantallas y la irregularidad en los horarios de descanso pueden modificar los patrones de sueño. El entorno moderno, con jornadas laborales extendidas y acceso a dispositivos electrónicos durante la noche, favorece el desarrollo de costumbres que pueden alterar el ritmo natural del organismo.

A la hora de analizar la diversidad de rutinas entre personas, La Rosa explica que sí existen diferencias reconocidas, relacionando los términos populares como “lechuzas” y “alondras”, que designan a quienes tienen tendencias nocturnas o matutinas respectivamente. Estas denominaciones, presentes tanto en el lenguaje cotidiano como en la literatura científica, reflejan la variedad de preferencias horarias.

Una niña utiliza su teléfono
Una niña utiliza su teléfono móvil en la cama (AdobeStock)

Aunque reconoce que “los cronotipos existen, pero no tienen tanta diferencia horaria como vos te imaginas”, añade una precisión: “no hay alguien a quien sí le convenga acostarse a las dos de la mañana y levantarse a las diez y media”. De este modo, el especialista descarta la posibilidad de que los extremos en los hábitos de sueño resulten beneficiosos para la salud, ya que el cuerpo humano está programado para responder a los ciclos de luz y oscuridad del ambiente.

El impacto de las rutinas personales aparece, entonces, como un factor clave. La costumbre de trasnochar, frecuentemente asociada a la adolescencia o a ciertas profesiones, puede consolidarse si se repite durante un periodo prolongado. La Rosa señala que, aunque las diferencias individuales existen, no alcanzan niveles tan marcados como suele creerse.

Genes, hábitos y la posibilidad de cambio

Al enfrentar la inquietud sobre si la genética determina totalmente el perfil de sueño, el especialista enfatiza que no todos los individuos son idénticos, pero las diferencias tampoco son extremas: “No somos todos iguales, pero tampoco somos tan diferentes”. Esta perspectiva invita a reconsiderar la importancia de los hábitos y su papel en la formación de los ritmos circadianos personales.

Para quienes han adoptado rutinas inadecuadas durante largo tiempo, La Rosa concluye: “tu cronotipo está en tus genes, es medible, es algo que podemos identificar”. Así, aunque la genética establece ciertos parámetros, el entorno y las decisiones cotidianas desempeñan un papel fundamental en el ajuste o desajuste del reloj interno.

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Modificar los hábitos, como establecer horarios regulares para acostarse y levantarse, reducir la exposición a la luz artificial por las noches y priorizar el descanso, puede contribuir a restablecer un equilibrio saludable. El desafío radica en reconocer la influencia del propio comportamiento y buscar estrategias que permitan alinear el ritmo biológico con las exigencias de la vida diaria, sin perder de vista los límites definidos por la biología.