Grison confiesa a Cocituber por qué no quiso quedarse con la churrería de su padre: “Hacíamos un millón de pesetas en un fin de semana”

El esfuerzo diario y las exigencias del oficio marcaron el final de una historia familiar en la churrería

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Marcos Martínez 'Grison'  (Francisco
Marcos Martínez 'Grison' (Francisco Guerra / Europa Press)

En España, los negocios familiares han sostenido durante generaciones la vida económica y social de muchos barrios. Heredar uno de estos negocios suele considerarse una oportunidad, aunque no siempre asegura continuidad ni prosperidad.

La experiencia de heredar un negocio familiar puede estar llena de desafíos imprevistos. El relato de Grison, en una charla con Cocituber (@cocituber), ilustra cómo una churrería con décadas de historia puede venirse abajo en cuestión de meses. “Mi padre la llevaba de puta madre, sacábamos pasta y fue traspasarla y se fue a la mierda la churrería”, recuerda Grison sobre el momento en que la estabilidad del negocio se quebró y todo cambió de rumbo.

No solo su padre, sino también su abuelo habían dedicado su vida al negocio: “Cuarenta y pico, cincuenta años de churrería, tío”, mencionó, subrayando la longevidad de la actividad familiar en el Soto. Esa tradición, sin embargo, terminó abruptamente. “No, murió con mi padre, de hecho”, admitió cuando se le preguntó si consideró seguir con la churrería.

Primeras experiencias

Las exigencias del oficio eran considerables y marcaban el día a día de la familia. Grison compartió cómo, siendo apenas un joven, se vio forzado a compaginar la vida social nocturna con las obligaciones del local: “¿Tú sabes lo que es a las tres de la mañana dejar el cubata e irte a pelar patatas con toda la torrija? Que yo no sabía dónde estaba”, rememoró, aludiendo al agotamiento y ritmo frenético.

Churros tradicionales en una churrería
Churros tradicionales en una churrería (Adobe Stock)

Las condiciones laborales tampoco ayudaban: “A cuarenta y pico grados ahí en la, en la caldera diciendo: ‘¿Dónde estoy, colega?’”, relató sobre el calor insoportable, mientras observaba cómo su padre se sacrificaba intensamente por sacar adelante la churrería. Aun así, esa experiencia forjó un carácter resiliente en quienes formaron parte del negocio.

A pesar de la dureza del trabajo, los ingresos podían ser muy elevados en algunas épocas. “Lo mismo nosotros sacábamos un millón de las antiguas pesetas, seis mil euros, el fin de semana”, rememoró Grison, dejando claro que el esfuerzo tenía su recompensa económica, aunque no siempre suficiente para compensar el desgaste acumulado.

El sacrificio de la profesión

El relato de Grison refleja la complejidad que supone mantener una tradición familiar en un entorno cambiante. Por un lado, la churrería representó durante años un símbolo de esfuerzo colectivo y unión familiar, una rutina que se transmitía de generación en generación.

Sin embargo, la presión por sostener el negocio y las largas jornadas laborales pasaron factura. La rutina diaria comenzaba de madrugada, y no daba tregua a quienes asumían la responsabilidad. La vida personal quedaba supeditada a las necesidades del local, sin posibilidades reales de descanso o desconexión.

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El cierre de la churrería no solo supuso el fin de una etapa, sino también la ruptura de una costumbre profundamente arraigada. La sensación de pérdida se mezcló con el alivio de dejar atrás una carga difícil de sobrellevar. Grison evidenció que, aunque el esfuerzo traía recompensas económicas, el desgaste físico y mental era permanente.

Las anécdotas compartidas muestran cómo la dedicación familiar se convirtió en una mezcla de orgullo y sacrificio. La historia deja entrever la dificultad de preservar el legado familiar cuando las circunstancias personales y sociales cambian, y cómo, a pesar del apego, llega un momento en que es necesario cerrar un ciclo, aceptando el final de una tradición.