
Cuando una relación termina, no solo se rompe un vínculo afectivo, sino que se quiebra también gran parte de las dinámicas que componían el día a día de esa persona. De pronto, la rutina deja de tener sentido, los planes se vuelven frágiles y los espacios compartidos se llenan de silencios incómodos. Así, se intenta aprender de nuevo a habitar los días sin el otro y a reconstruir una cotidianidad que ya no es la misma.
El proceso de una ruptura obliga, además, a revisar las propias ilusiones. Aquellas expectativas que se habían depositado en el futuro común (viajes, proyectos, estabilidad...) quedan suspendidas en el aire. Surgen las dudas, las preguntas sin respuesta, el cuestionamiento constante de lo vivido y de lo que pudo haberse hecho de otra manera. También aparece el miedo: a equivocarse de nuevo, a no ser suficiente, a no volver a amar con la misma intensidad...
En medio de ese escenario de reconstrucción emocional, hay un obstáculo silencioso que dificulta avanzar: el deseo de que la otra persona se arrepienta de su decisión, de que se dé cuenta de lo que ha perdido, de que reconozca el daño causado. Ese anhelo, aunque a veces se disfraza de justicia emocional, suele convertirse en una trampa que impide cerrar la herida.
El “ego herido”
“Para sanar una ruptura, también es necesario renunciar al deseo de que el otro algún día se dé cuenta”, afirma la psicóloga Laura Abellán (@menteyraices en TikTok). Esto no se refiere necesariamente a querer retomar la relación, sino a que “el otro se arrepienta, que sienta lo que hizo, que entienda el daño y, por supuesto, que reconozca lo que ha perdido, que crea que nunca encontrará alguien igual”.

Según Abellán, este deseo suele ser uno de los últimos en desaparecer tras una ruptura, ya que entra en juego el “ego herido”: “Esa parte nuestra que necesita que el otro nos dé el valor que sentimos que no nos dio o que valide la herida que nos hizo porque sentimos que así podremos cerrarla”.
El problema es que, mientras se mantiene esa expectativa, la persona no termina de liberarse emocionalmente. “Mientras seguimos esperando ese darse cuenta, seguimos atados”. La paz interior queda entonces supeditada a una reacción ajena. “Nuestra paz queda condicionada a alguien que quizá nunca tenga esa conciencia emocional o que no la exprese”.
Esto, según explica Abellán, no es solo una conducta dañina, sino que también carece de sentido desde el punto de vista psicológico: “Nuestra sanación, en realidad, no depende de algo externo”. Creer que el reconocimiento del otro traerá alivio es “una trampa”, ya que “la sanación real, la que te va a hacer sentirte bien de nuevo y no volver a caer en una relación así, viene del amor propio, no del amor externo”.
La sanación llega cuando la validación es interna
Renunciar a ese deseo no es fácil. Implica aceptar una posibilidad que duele: que el otro nunca llegue a comprender el daño causado. Sin embargo, también supone un cambio de perspectiva: “Es entender que, lo haga o no lo haga, ¿qué más da?”.
Para Abellán, el verdadero inicio de la sanación llega cuando se deja de buscar validación fuera. “Sanar empieza cuando dejamos de necesitar que sea el otro quien nos valide. ‘¿Qué más da que tú no me veas si yo sé perfectamente quién soy y todo lo que valgo? Y sé perfectamente que perderme a mí es perder oro’”.
Así, la psicóloga señala que durante el proceso de sanación después de una ruptura, resulta fundamental el autocuidado y la valoración propia. “Quien tiene que reconocer nuestro valor somos siempre nosotros mismos. El cierre ocurre cuando descubres que lo que esperabas de otros, en realidad, siempre ha estado en ti”.
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