Estas son las diferencias de la depresión en adolescentes y en adultos, según un médico especialista en psiquiatría

El diagnóstico temprano y la observación de cambios en la conducta resultan claves para detectar la depresión en cada grupo etario

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El doctor Javier Quintero habla
El doctor Javier Quintero habla sobre la depresión en distintas edades (Composición Infobae)

Las diferencias entre la depresión en adultos y en niños y adolescentes se reflejan no solo en sus síntomas visibles y manifestaciones externas, sino en la forma en que cada grupo puede verbalizar lo que les ocurre.

Según ha comentado en un vídeo subido a TikTok (@drjquintero) Javier Quintero, especialista en psiquiatría, es determinante considerar que “en las personas adultas, la depresión suele manifestarse como tristeza persistente o pérdida clara del interés por la vida diaria”, mientras que en la población más joven prevalecen cambios conductuales.

Más allá de la típica sensación de tristeza, en los adultos es común percibir otras señales. Quintero subraya que “en adultos, es frecuente la astenia. Esto es un cansancio que no se recupera tras el descanso y, también, las alteraciones en el sueño y en el apetito”. Estas manifestaciones frecuentemente pueden ser comunicadas por quienes las padecen, ya que “el adulto suele poder poner en palabras lo que le pasa, el cómo se siente, ese sentimiento de vacío, de culpa o desesperanza”.

Dificultad para expresarse

En contraste, la depresión en niños y adolescentes tiende a expresarse desde otro ángulo porque, como explica Quintero, “es mucho más frecuente que se exprese a través de la conducta. Lo vamos a observar como irritabilidad o cambios en el comportamiento”. Estos cambios también pueden afectar su vida escolar y salud física, puesto que “en niños y adolescentes, son mucho más frecuentes las somatizaciones. Esto es, molestias físicas repetidas que incluso muchas veces les lleva a faltar a clase”.

Representación de situación depresiva (Freepik)
Representación de situación depresiva (Freepik)

La dificultad para verbalizar las emociones marca otra diferencia clave: “los niños y los adolescentes no siempre van a poder expresar con palabras cómo se sienten y lo vamos a observar más en su comportamiento, incluso en su rendimiento académico”.

La posibilidad de identificar estos signos varía según la edad y el contexto. En los adultos, la capacidad para reconocer y comunicar el malestar suele facilitar el diagnóstico y a su vez, la búsqueda de ayuda profesional.

Observación y seguimiento

En cambio, en la infancia y la adolescencia, la observación por parte de familiares y docentes resulta clave, ya que muchas veces los jóvenes no encuentran las palabras para describir su estado emocional. Los cambios en la rutina habitual, la disminución del interés por actividades que antes disfrutaban, el aislamiento social o el descenso en el rendimiento escolar pueden ser señales de alerta para padres y educadores.

Además, las somatizaciones mencionadas por Quintero, como los dolores de cabeza, molestias estomacales o fatiga persistente, pueden llevar a consultar inicialmente a especialistas en medicina general o pediatría antes de considerar una evaluación en salud mental. Por eso, la coordinación entre profesionales y el entorno del menor adquiere relevancia en el proceso de detección y acompañamiento.

Una campaña muestra el laberinto que atraviesan las personas con trastorno depresivo mayor. (Europa Press)

Aunque los síntomas pueden variar, el impacto en la vida cotidiana es significativo en ambos grupos. Quintero incide en la importancia de la detección precoz, ya que un diagnóstico oportuno favorece el acceso a tratamientos y estrategias que pueden mejorar el pronóstico y la calidad de vida de quienes padecen depresión, independientemente de la edad.

La falta de un diagnóstico adecuado puede prolongar el sufrimiento y dificultar el acceso a intervenciones eficaces. En niños y adolescentes, la intervención temprana también ayuda a prevenir complicaciones futuras, como problemas en las relaciones sociales o dificultades académicas. En adultos, un tratamiento adecuado contribuye a restablecer la funcionalidad y reducir el riesgo de recaídas, promoviendo una mejor adaptación a las demandas cotidianas.