
Los perros se han consolidado como los nuevos hijos de las parejas jóvenes. Y, por tanto, recibir una educación equilibrada desde temprano es un pilar fundamental tanto para su bienestar como para el nuestro. Sin embargo, dicha educación conlleva unos pasos que muchas veces creemos que están bien, cuando en realidad son todo lo contrario.
“Hay una cosa que todos lo hacéis mal”. Así de contundente es la adiestradora canina Olga, conocida en redes sociales como Educaconolga sobre los que muchos dueños hacen a la hora de calmar a su mascota durante episodios de miedo o agresividad. Y es que, la mayoría de propietarios optan por proporcionarle “otro estímulo y lo acariciáis”, sin ser conscientes de que esta práctica puede reforzar comportamientos indeseados.
La experta explica que esta acción equivale a “recompensar dicha actitud”. Es decir, “le estáis diciendo al perro que muy bien, sigue haciéndolo así”. “El simple hecho de que tú lo acaricies, eso ya es un refuerzo”, lo que favorece que el animal “aprenda que eso es lo que tiene que hacer por lo que sea”.

Consecuencias de reforzar la agresividad
Como resultado de acariciar a un perro en un estado de alerta agresiva, se transmite que su comportamiento está siendo el adecuado. El perro interpreta la atención o el alejamiento de la persona como una recompensa y asimila que reaccionar de manera agresiva le brinda atención o logra que la persona se aparte.
Por tanto, las caricias pueden consolidar su conducta agresiva y dificultar su posterior corrección. Además, la agresividad suele surgir como respuesta al miedo o la inseguridad, y no debe afrontarse con premios improvisados. Entre las razones se encuentra:
- Obtención de objetivos: el animal consigue que la persona se retire o que el estímulo desaparezca.
- Validación de emociones: la caricia confirma que su miedo o frustración es correcto.
- Escalada de la agresión: si el perro aprende a que gruñir funciona, el problema puede evolucionar hacia mordiscos.

Manejo y prevención de conductas agresivas
Los especialistas recomiendan:
- Respetar el espacio del animal: no forzar interacciones mientras esté nervioso o estresado.
- Educar desde la infancia: proporcionar reglas y límites equilibrados desde cachorro para fomentar comportamientos adecuados. Ni demasiado permisivo ni demasiado estricto, la educación temprana influye directamente en la conducta futura.
- Jugar y canalizar energía: utilizar juguetes y ejercicios de asociación positiva para enseñar que la calma trae recompensas, evitando premiar episodios de agresividad.
- Reacciones firmes, pero calmadas: si el animal muerde o araña, no gritar ni recompensar, sino indicarle con firmeza que ese comportamiento no es aceptable.
Bienestar emocional por encima de la obediencia
Antonio Álvarez De Villena, especialista en comportamiento canino, ha explicado en sus redes sociales que un perro agresivo, “por encima de todo, es un perro que lo está pasando mal”. El estrés, “por las nubes” y un “sistema nervioso completamente alterado, desregulado emocionalmente”, hace que estos animales presenten este comportamiento.
En concordancia con Olga, para él, en momentos de agresividad, no es adecuado realizar ni administrar premios o castigos. “Un individuo así necesita bajar los niveles de estrés. Necesita empezar a ver que el mundo no es un lugar tan hostil como lo que él creía”, ha concluido, enfatizando en la importancia de que el animal “empiece a sentir que tú le entiendes”.
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