
Los primeros años en la vida de una persona son cruciales, y por ello, los niños son altamente sensibles a cualquier cambio o disparidad. El hecho de que alguien les esté esperando a la salida del colegio no es un acto más de su rutina diaria; puede marcar un antes y un después en su percepción de sí mismos y de la realidad que les rodea. En el caso de que sí haya alguien que les reciba en la puerta, tienen una sensación de protección y seguridad; sin embargo, cuando se enfrentan a ausencias o retrasos, pueden experimentar sentimientos de desprotección que afectan su autoestima.
“El menor puede sentirse ansioso, triste, confundido o incluso enfadado. Es posible que piense que se han olvidado de él o que algo malo ha ocurrido, especialmente si es pequeño y no tiene una noción clara del tiempo”, explica Montse Díaz, docente de Psicología en la Universidad Alfonso X el Sabio y creadora de contenido en Neuropsicoteca. La experta señala que la vergüenza también puede formar parte de esta experiencia. “Si ve que todos los demás ya se han ido, puede sentir vergüenza. Si esta situación se repite con frecuencia, puede generar una sensación de abandono”, asegura la especialista.
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Este tipo de situaciones, cuando se convierten en algo habitual, pueden hacer que el niño se sienta infravalorado por su familia. Según Alba María García, neuropsicóloga clínica en Center Psicológica, en Madrid, “la sucesión de estos episodios puede crear inseguridad emocional y baja autoestima, especialmente si el niño interpreta que no es una prioridad para sus padres”.
La edad influye en la percepción de la espera

Este tipo de situaciones tienen un impacto diferente según la edad del niño. No es lo mismo llegar tarde a recoger a tu hijo de 3 que a tu hijo de 10 años. De hecho, entre los 3 y los 6 años, los niños tienen una comprensión limitada del tiempo y una fuerte necesidad de seguridad. Es por esto por lo que en estas edades esa ausencia puede tener mucho más peso en su autoestima a largo plazo. “Cuando son más pequeños, la espera puede resultar mucho más angustiante porque no tienen un sentido claro del tiempo y dependen completamente de la presencia de un adulto para sentirse tranquilos”, explica Díaz.
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A medida que los niños crecen, especialmente después de los 7 años, comienzan a comprender mejor las situaciones de espera y son más tolerantes ante los retrasos. Sin embargo, Díaz advierte que hasta los 12 años siguen siendo vulnerables a la impuntualidad, temiendo ser olvidados o sentirse poco importantes. Incluso en la adolescencia, esta preocupación persiste. “Los adolescentes también pueden sentirse heridos si perciben que no se respeta su tiempo o si los retrasos son frecuentes”, puntualiza Díaz.
¿Cómo explicar un retraso al niño?

A pesar de que un retraso pueda ser algo puntual y no se haga a menudo, es imprescindible dar una buena explicación para que el menor no guarde resquicios de la situación. “Cuando se dé un retraso, es esencial explicar el motivo de manera afectuosa, reconociendo las emociones del niño. Esto puede hacer una gran diferencia en cómo el niño lo vive y recuerda”, explica la neuropsicóloga.
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Estas son dos frases que la experta recomienda cuando se trata de casos puntuales:
- “Siento mucho haber llegado tarde, sé que esperabas verme antes y entiendo que eso te haya hecho sentir mal, no fue mi intención hacerte esperar tanto, a veces pasan cosas que no podemos controlar, pero siempre voy a venir por ti”
- “Si alguna vez tardo, recuerda que siempre vengo. Puedes esperar con la profe y pensar en lo que haremos luego”
Finalmente, cabe mencionar que no hace falta inventarse excusas innecesarias que puedan confundir más al niño. Es mejor ser sinceros, advertir de que son cosas que pasan y que no tiene nada que ver con la importancia que le damos como persona. “La puntualidad es una forma de cuidado emocional. Si no se puede cumplir con la hora acordada, lo crucial es gestionarlo con comprensión. Los centros escolares pueden colaborar ofreciendo espacios seguros y apoyo emocional para los niños que deben esperar”, concluye García.
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