
Tras el estallido de la Guerra Civil, fueron decenas de miles los españoles que tuvieron que exiliarse, entre otros países, a Francia, Estados Unidos, Argentina o México. Este último fue el destino final de Rafael Altamira, que emigró al país centroamericano junto a su mujer, Pilar Redondo, con el deseo y la esperanza de, tarde o temprano, poder volver a su natal Alicante. Así lo expresó en 1935, a sus 70 años, a la prensa de la época: “Cuando se me aparte de la vida oficial, me retiraré al rincón de mis amores más gratos: a El Campello”. No obstante, como tantos otros, su deseo no se cumplió: 16 años más tarde, en 1951, fallecía en Ciudad de México.
Nacido en Alicante, Altamira fue un firme defensor de la educación como motor de cambio y formó parte del movimiento regeneracionista que buscó modernizar España. Humanista, historiador, pedagogo, jurista, crítico literario y escritor, su ideología liberal -aunque no fue un político activo-, su vinculación con la Institución Libre de Enseñanza y su compromiso con la justicia y el progreso lo hicieron estar en la órbita del republicanismo. Por eso, tras la victoria de Franco en 1939, como muchos otros intelectuales, científicos y académicos que habían defendido valores democráticos o habían colaborado con la Segunda República, se vio obligado a abandonar España. Su primer destino fue Holanda, donde permaneció hasta 1940, cuando la invasión nazi le obligó a refugiarse en Bayona, Francia. Con el avance de la Alemania de Hitler, Altamira se exilió finalmente en México, donde ya estaba parte de su familia.
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México, bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas, acogió a numerosos exiliados españoles, y Altamira encontró allí un refugio seguro para continuar su labor intelectual hasta su fallecimiento en 1951. Su exilio simbolizó la pérdida de una generación de grandes pensadores que, desde el extranjero, siguieron influyendo en la cultura y la historia de España.
Su obra Historia de España y de la civilización española (1900-1911) marcó un antes y un después en la manera de estudiar el pasado del país, incorporando una visión más global e integradora. En el ámbito jurídico, su prestigio lo llevó a formar parte del Tribunal Permanente de Justicia Internacional de La Haya entre 1921 y 1930, donde trabajó por la consolidación del derecho internacional como instrumento de paz.
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Su compromiso con la justicia le valió dos nominaciones al Premio Nobel de la Paz. La primera en 1933, siendo la propuesta firmada por gran cantidad de intelectuales españoles y europeos. La segunda en 1951, pero su fallecimiento el 1 de junio de ese mismo año le impidió recibir el galardón. Ahora, 74 años después, su cuerpo ha regresado a España en un acto de justicia que cumple su última voluntad.
Reconocimiento de Felipe VI
Después de varios años de gestión e intentos, el Ayuntamiento de El Campello consiguió por fin la repatriación de los restos de Rafael Altamira y su mujer Pilar Redondo el pasado mes de diciembre. Ahora, desde este lunes, reposan en un monumento funerario construido en el cementerio municipal de El Campello, cumpliendo así en con el deseo del jurista y escritor de descansar junto a las orillas del Mediterráneo.
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El acto de inhumación, presidido por el Rey Felipe VI, se ha celebrado 74 años después de su fallecimiento. Han asistido familiares de Altamira y diversas autoridades, como el ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres; el president de la Generalitat, Carlos Mazón; la delegada del Gobierno en la Comunitat Valenciana, Pilar Bernabé, o el expresident Ximo Puig.
El evento ha comenzado con la interpretación de una pieza de Bach por músicos solistas de ADDA Sinfónica, quienes más tarde han clausurado el acto con los himnos de la Comunitat Valenciana y de España. Además, se ha proyectado un vídeo que repasa la biografía y trayectoria de Altamira.
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Por su parte, María Luz Altamira, nieta del escritor, ha expresado el “profundo significado” que esta inhumación tiene tanto para la familia como para el legado de su abuelo. Durante su intervención, ha recordado uno de sus primeros encuentros con Altamira, a quien conoció en Bayona cuando era niña. Sus padres la llevaron a visitarlo mientras él ya se encontraba en el exilio, un recuerdo que ha compartido con emoción.
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