
Ya sea en el mar, en la piscina o en la propia ducha, el agua tiene un curioso efecto sobre la yema de nuestros dedos que es universal. Que se nos arruguen los dedos tras estar mucho tiempo en contacto con el agua es inevitable y hasta hace relativamente poco la ciencia no tenía del todo claro por qué ocurría esto. Las primeras teorías apuntaron a que era nuestra piel, el órgano más grande del cuerpo, la que absorbía el agua, aunque los estudios tumbaron la idea.
En la década de 1930, las investigaciones descubrieron que las personas que habían sufrido algún tipo de daño en los dedos no experimentaban esas arrugas cuando se mojaban. Por tanto, debía haber algo más que piel: nuestro sistema nervioso autónomo. Hay una parte de nuestro cuerpo que funciona de manera autónoma, involuntaria, como la acción de respirar, bombear el corazón o parpadear. El sistema nervioso autónomo también controla la expansión y contracción de los vasos sanguíneos, como explica el profesor Guy K. German, investigador y profesor asociado de ingeniería biomédica en la Universidad de Binghamton en Nueva York.
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German recuerda que, si nos exponemos demasiado tiempo al sol y sin protección, nuestra piel puede ponerse roja, al igual que cuando hacemos alguna actividad física. Sin embargo, en estas situaciones quien actúa no es nuestra dermis, sino el sistema nervioso autónomo por la contracción de los vasos sanguíneos, responsable de que los dedos se nos arruguen tras darnos un baño.
Pero, ¿a qué se debe esta contracción? El investigador estadounidense explica que, al entrar en contacto con el agua, los conductos sudoríparos de la piel se abren y permiten que esta fluya por todo el tejido cutáneo, que a su vez disminuye la cantidad de sal de nuestro organismo. Así, las fibras nerviosas comunican al cerebro que los niveles de sal están cayendo para que, así, se contraigan los vasos sanguíneos. El estrechamiento de los vasos sanguíneos provoca una reducción del volumen de la piel (las arrugas hacen que se repliegue sobre sí misma), pero no de la superficie.
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Este suceso es completamente normal y ocurre al cabo de unos minutos del contacto con el agua, pero si las arrugas aparecen demasiado rápido desde el inicio del contacto, se aconseja consultar con un médico. Detrás de ello, puede haber una alteración de las glándulas sudoríparas.
Dedos arrugados y pálidos
Después de una refrescante ducha o unos chapuzones en el mar, los dedos arrugados no son la única señal de que hemos estado en contacto con el agua. Junto con esos gruesos pliegues de la piel, los dedos tienden a volverse más pálidos. Es justo lo contrario de lo que ocurre cuando nos metemos en una bañera con el agua muy caliente, que nuestra piel se enrojece debido a la dilatación de los vasos sanguíneos.
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Todo ello explica por qué las personas que han sufrido algún tipo de daño en los nervios pueden no tener arrugas en los dedos. Y es que es posible que los vasos sanguíneos no reciban el mensaje de la entrada de líquido en el tejido cutáneo, se esté el tiempo que se esté bajo el agua.
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