
Quedan menos de seis años para lograr la meta de hambre cero en 2030, una medida acordada en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y las perspectivas son desalentadoras. Según el Índice Global del Hambre 2024, la puntuación mundial es de 18,3, solo ligeramente inferior a la de 2016, que se situaba en 18,8, lo que refleja una “parálisis” en esta lucha. Además, este índice evidencia cómo el hambre y la desigualdad de género “se entrelazan de forma crítica”, dejando a las mujeres y niñas en una posición de vulnerabilidad extrema.
“Al ritmo actual, el mundo no alcanzará niveles bajos de hambre hasta el año 2160, lo que supone un retraso de 130 años respecto a los compromisos internacionales”, explica Alberto Casado, director de Incidencia de Ayuda en Acción, la organización encargada de traducir este informe elaborado por WHH y Concern Worldwide y publicado este jueves. En él también se destaca que la discriminación y la violencia de género están agravando la inseguridad alimentaria, impidiendo que las mujeres accedan a recursos básicos como alimentos y tierras.
Según los datos de este índice, hasta 43 países enfrentan niveles alarmantes o graves de hambre, con países como Somalia, Yemen o Chad sufriendo los mayores niveles de malnutrición y subalimentación. En África Subsahariana, la región con los niveles de hambre más elevados, “el progreso ha sido prácticamente nulo desde 2016, mientras que en América Latina y el Caribe, los niveles de hambre han empeorado debido al aumento de la inflación alimentaria y las condiciones de deuda extrema”.
Además, los conflictos prolongados en regiones como Gaza y Sudán han desencadenado crisis alimentarias sin precedentes, y en otros lugares, como Haití y la República Democrática del Congo, “la inseguridad alimentaria se ha agravado por la inestabilidad política, la violencia y los impactos climáticos”, añade el informe, una herramienta diseñada para medir de manera integral el hambre y comparar los niveles de hambre entre países y que se publica anualmente desde 2006.

Brecha de seguridad alimentaria
Bajo este alarmante contexto, la desigualdad de género juega un papel crucial, ya que las mujeres y niñas son las más afectadas por la inseguridad alimentaria. Tal es así que algunos estudios muestran cómo en algunas regiones la brecha de seguridad alimentaria entre hombres y mujeres puede llegar a ser de hasta 19 puntos porcentuales, de forma que ellas son más propensas a padecer hambre. “Esta situación es aún más crítica en países afectados por conflictos, donde las mujeres que viven en pobreza, en áreas rurales, con empleos informales o que son refugiadas o migrantes, enfrentan riesgos adicionales y mayores barreras para acceder a alimentos”.
El cambio climático también ha intensificado aún más las dificultades para las mujeres, que son responsables en gran medida del trabajo agrícola y la alimentación familiar. “Las sequías, las inundaciones y otros fenómenos meteorológicos extremos obligan a muchas mujeres a recorrer mayores distancias para obtener agua o buscar alimentos, lo que incrementa su carga de trabajo y les deja menos tiempo para cuidar de su propia nutrición o la de sus familias”, señala Pilar Lara, integrante del equipo de Incidencia y con trayectoria en trabajos con perspectiva de género. A su vez, las políticas agrícolas y financieras continúan ignorando las profundas desigualdades de género que subyacen en los sistemas alimentarios, perpetuando un ciclo de pobreza y malnutrición”, añade la experta.
De ahí la importancia, destaca la ONG, de que los países reconozcan tanto las diferentes necesidades y situaciones de vulnerabilidades que afrontan las mujeres como que consideren “la redistribución equitativa de recursos y la representación igualitaria en los procesos de toma de decisiones”. “La falta de participación de las mujeres en la política alimentaria a todos los niveles limita el impacto de las medidas actuales, dejando a gran parte de la población femenina sin las herramientas necesarias” para enfrentar los desafíos que les afectan directamente.

“El hambre global no se resolverá sin abordar la desigualdad de género”, indica Lara, que recuerda que las mujeres también son “agentes esenciales de cambio en la producción y distribución de alimentos”, por lo que “su empoderamiento es crucial para construir sociedades más resilientes frente a las crisis alimentarias”.
Incorporar la perspectiva de género
Casado, por su parte, incide en las recomendaciones políticas que lanza el informe, que implican incorporar la perspectiva de género en las políticas alimentarias. “Las inversiones públicas deben enfocarse en mejorar el acceso de las mujeres a los servicios básicos, promoviendo una distribución equitativa del trabajo y de los recursos dentro de las comunidades. También hay que incorporar el enfoque de género en todos los marcos legales y programas”, pues de lo contrario, advierte, “las mujeres seguirán siendo relegadas a una posición de desventaja, y los esfuerzos por reducir el hambre serán insuficientes”.
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